En un país tan ingrato con sus héroes, resulta emocionante y consolador comprobar el cariño y la admiración que despierta la memoria de Julián García Vargas.Agradecimiento debido.

Se nos vio el plumeroNoticiaJosé Antonio Martínez SolerjamsAñádenos en Google
- Por amistad, no soy objetivo. Ayer escuché todos los piropos imaginables que los oradores dedicaron a mi amigo Julián: coherente, valiente, humano, afable, cariñoso, solidario, adelantado a su tiempo, cálido, intelectual entero, buena persona, etc. Se quedaron cortos. Enrique Barón, que le trajo a nuestro Cambio 16 en 1971 y a Doblón en 1974, le definió muy bien: «Un radical prudente». Un radical en sus convicciones democráticas que nunca levantaba la voz. Hablaba tan bajito como José Luís Leal (ex ministro de Economía). En nuestros almuerzos mensuales, había que pedir silencio a los demás para poder escucharles. Sabía escuchar. Y convencer. Eso sí.
Sus hijos Roldán y Ulises, con quienes hicimos excursiones con mi hijo Erik por la sierra de Gudarrama cuando eran niños, compartieron con nosotros recuerdos emocionantes. Su padre, con gran sentido práctico y buen humor, iba a las manifestaciones antifranquistas vestido de traje. Nunca le pegaron los «grises». Ellos saben que, en la soledad de su despacho de ministro de Defensa, lloró más de una vez al conocer los asesinatos de ETA contra 102 de sus militares. Ha sido un personaje clave para modernizar el Ejército, que pasó de ser «de ocupación» a ser operativo y eficaz en misiones de paz con la ONU. No en vano, ha sido el ministro más querido por los militares. Sentimiento recíproco. Aunque lo intentó, para que no desentonaran con otras tropas, no pudo convencer a los legionarios que iban a Bosnia para que se abrocharan los dos botones superiores de sus camisas. Solo se abrocharon uno. Ya es algo. Julián escribía a lápiz. Era un melómano, aficionado a la poesía. También pintaba y amaba la naturaleza. Ha sido una de las mejores personas que he conocido en mi vida. DEP.
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