Archivo por meses: mayo 2024

Hablo como si fuera libre con Xavier Rius

Con mi casa pagada y mis tres hijos criados, ayer hablé con Xavier Rius como si fuera libre. Aunque discrepamos en casi todo, fue muy generoso con su tiempo y con sus preguntas sobre mi vida y milagros y sobre mi libro de memorias «La prensa libre no fue un regalo».

¿Huevos o narices? Licencias periodísticas para un titular, que no cambian el sentido de la frase. Apostaría que dije «narices».
Repasaré mis respuestas, pero creo que yo no dije «un par de huevos» sino «le ha echado un par de narices». No soy tan mal hablado, pero el sentido es el mismo.

Hablar con quienes estás de acuerdo en casi todo es agradable, pero puede resultar aburrido. Responder a preguntar de un discrepante amable y educado, aunque provocador, es enriquecedor.

Xavier Rius con mi libro de memorias «La prensa libre no fue un regalo»

Te obliga a pensar tus respuestas y aprendes mucho sobre la necesidad y la bondad de la concordia entre discrepantes. Dice Xavier Rius que ésta ha sido la entrevista más larga de su vida.

La entrevista más larga de su vida… Gracias por la paciencia.

Le agradezco que me escuchara y me dejara hablar para su exitoso canal de youtube. Quienes me conocen saben que yo no me callo ni debajo del agua. El que avisa no es traidor.

Resumen del libro

La mirada médica de un escritor (y tenista)

Los médicos escritores conocen de cerca el dolor ajeno. Por eso, cuando escriben ficción, no se fijan tanto en el estilo, en la técnica o en la trama sino que nos transmiten los sentimientos y emociones que han compartido con sus pacientes en el ejercicio de su profesión. Como diría el Lazarillo: «Ha sufrido tanto que ve cosas que otros no ven». Esa es la mirada humana del médico, la mirada del doctor Gregorio García Arranz (mi colega del tenis) que yo advino en su novela «Detrás de la esperanza». Por eso, su escritura nos penetra, nos zarandea, pero también nos conforta y nos sosiega. Ayer presentamos su obra en el Aula Ramón y Cajal del Colegio de Médicos de Madrid.

Maestro y becario. Con el doctor Gregorio García Arranz (libro en mano) celebrando mi última derrota frente a él. El que gana enseña y el que pierde aprende.

Con el autor, Dr. Gregorio García Arranz, y el historiador Isidro González García, autor del prólogo de la novela «Detrás de la esperanza».


Médicos y tenistas ocupan el Aula Ramón y Cajal del Colegio de Medicos de Madrid.

Copio y pego algunas notas que me sirvieron ayer de guía para glosar su novela.

Presentación de la novela del doctor Gregorio García Arranz

Detrás de la esperanza.

Jueves, 23 de mayo de 2024 en el Colegio de Médicos. C/ Santa Isabel 51. Madrid

Buenas tardes

Gracias, Gregorio, por tu invitación. ¿Por qué estoy aquí?

  1. Me gustó su novela.
  2. El doctor García Arranz se digna jugar conmigo al tenis siendo él un maestro con la raqueta y yo un becario, pues empecé a jugar cuando me jubilé en el diario 20 minutos. Gregorio es generoso y cumple con el espíritu universitario, según el cual “quien ha sido enseñado, debe enseñar”
  3. Él me acompañó en la presentación de mi libro de memorias («La prensa libre no fue un regalo») en el Ateneo y no podía negarme yo a presentar el suyo.

y 4. Sobre todo, porque es un buen amigo.

Además, ¡qué lugar tan espléndido para presentar la novela de un médico/escritor, el aula que lleva el nombre (nada menos) que de don Santiago Ramón y Cajal, un médico/ escritor que dio nombre al hospital madrileño donde nuestro doctor García Arranz ha pasado media vida profesional como otorrinolaringólogo.

Con esta novela, mi amigo Gregorio ha entrado ya en la noble biblioteca de los médicos escritores. Siempre se ha dicho que, quizás por sus recetas ilegibles, garabateadas a mano, los médicos no saben escribir. O escriben fatal. De eso, nada. Tenemos grandes escritores, españoles y extranjeros, que han practicado con éxito la medicina y la literatura. Y el doctor García Arranz ya debe estar entre ellos por los relatos breves que ha publicado. Si aún no es miembro, con esta novela puede entrar, por la puerta grande, en la ASEMEYA (la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas).

No voy a repasar aquí la lista de los escritores médicos. Ya lo hizo Cherubini en su obra “Medici scritori del XV al XX secolo”. Solo citaré unos pocos, entre los grandes, como Pío Baroja, Gregorio Marañón, Luis Martín Santos, Felipe Trigo, Oliver Sacks, Somerset Maughan, Carlo Levi, Rabelais, Schiller, Arthur Conan Doyle o Anton Chejov.

¿Por qué triunfan tantos médicos con su literatura? ¿Por qué será? Algunos lo atribuyen a “la mirada humana del médico” o a “la mirada médica”. Son hombres y mujeres que están en contacto directo con el dolor ajeno. Lo ven de cerca. Y cuando escriben no se fijan tanto en el estilo narrativo, en las florituras de la técnica, en la trama de sus novelas, sino que nos transmiten los sentimientos y las emociones de sus personajes, que ellos mismos han compartido antes con sus pacientes. Su escritura nos penetra, nos zarandea, pero también nos conforta y nos sosiega.

Por eso, os recomiendo que compréis y leáis la novela de Gregorio. Decía Balzac que “el estilo, como las uñas, es más fácil tenerlo brillante que limpio”. Gregorio ha elegido el camino más difícil: el de un estilo limpio, sencillo, claro. Su obra está apoyada hábilmente por las muletas de personajes famosos de la propia historia de España: Cánovas, Sagasta, Silvela, Primo de Rivera, Abd el-Krim, El Raisuni, el conde de Romanones, Antonio Maura o el general Sanjurjo. Sus personales se mueven entre el desastre del 98 y el desastre del 36. ¡Menudos 40 años! Derrotas militares en Cuba y Filipinas, depresión nacional por la pérdida de las últimas colonias del ya decrépito Imperio español, la generación del 98, auge del terrorismo y el anarquismo, magnicidios  de Cánovas, Canalejas y Dato, bombas contra Alfornso XIII, agitaciones campesinas andaluzas contra los terratenientes, anticlericalismo, la cuestión obrera, el separatismo, militares contra políticos, golpes de Estado… y guerra civil.  A la época elegida por Gregorio no le falta de nada.

El título “Detrás de la esperanza” me parece algo ambiguo. Cuando terminas de leer la novela, piensas que el protagonista no solo va detrás de la esperanza (desde luego, nunca la pierde), sino que va amarrado a ella, que no la suelta por nada del mundo. Tiene una fuerza interior que le ayuda a superar todas las dificultades que le plantea la vida: pobreza, malos tratos, tragedias, guerras, amores sublimes y rotos, traiciones, amistades, duelos, lealtades, desamor, la fuerza del destino, los sueños truncados…

En el fondo, los valores que destacan en esta novela, las actitudes ante el amor y la muerte, ante el bien y el mal, podrían encajar muy bien en una autobiografía del autor. Gregorio no se esfuerza en disimular esos valores que le son propios.

En uno de los pasajes misteriosos de la novela, que el autor llama “encuentros”, y que son conversaciones soñadas con los muertos, uno de “sus” muertos le dice al protagonista:

“Tu camino y el mío se encontraron aquel día. Tú ganaste, pero podría haber ganado yo. El mal y el bien están en continua lucha (…) ambos son necesarios para que se mantenga el equilibrio y la continuidad de la existencia humana, no en balde están en ella desde su origen”.

El diálogo imaginado del protagonista con “sus” muertos es un artificio arriesgado, una licencia muy bien llevada, que me recuerda a «Pedro Páramo», la grandísima obra de Juan Rulfo. Esos “encuentros” aumentan la intriga fantasmal del relato y el misterio irresoluble del más allá que encierra esta obra. El doctor García Arranz es atrevido al innovar, pues bebe también de las fuentes surrealistas del mal llamado “realismo mágico”.  No puedo contar mucho más sin destripar la intriga que nos obliga a leer esta obra de principio a fin.

Antes del Índice, Gregorio cita esta frase del gran Michel de Montaigne:

“No hice tanto por mi libro como mi libro hizo por mí”. Le creo.

Y se cita a sí mismo con esta otra: “Una persona se hace vieja cuando deja de soñar y de luchar por hacer realidad sus sueños”. En esta frase está la clave de su novela y la explicación de su titulo.

Jesús, que así se llama el protagonista, no deja de soñar y de perseguir sus sueños. El autor adorna a su personaje principal con características de hombre noble y compasivo que yo reconozco en Gregorio. La infancia del protagonista en un pueblo pobre de Castilla la Vieja, cerca de Peñafiel, determina su pulsión para buscarse la vida fuera de la miseria, de los malos tratos, de la dureza del campo y acariciar sueños de grandeza. Para esa etapa, el autor bebió de una fuente singular: los recuerdos de su abuela.

Decía Rainier María Rilke que “la infancia es la patria verdadera del hombre”. Quizás, por eso, el doctor García Arranz no abandona las raíces infantiles castellanas del protagonista y nos lleva repetidamente hacia ellas. Va y viene de la madurez a la infancia. Don Macario, maestro del pueblo y admirador de Giner de los Ríos y de su Institución Libre de Enseñanza, y don Rosendo, el cura, son personajes importantes en la formación del carácter del joven Jesús. Le contagian su amor por la lectura y le cambian su vida. Gregorio se retrata en él.

En el examen de ingreso, un monje le pregunta por los valores que representa don Quijote. Jesús le responde:

“La entrega en la defensa de los necesitados, la supremacía del espíritu sobre la materia, la bondad…”

El monje le interrumpe: “Y Sancho, naturalmente, representa todo lo contrario, ¿verdad?”

El joven Jesús le responde:

“No, señor, Sancho representa al hombre sencillo, vulgar, movido por la necesidad y a veces también por la ambición y por las pasiones humanas”.

Gregorio nace y pasa su infancia, hasta cumplir los diez años, en Melilla y allí se consolida – ¡cómo no! – la brillante carrera militar del protagonista. Ha investigado mucho sobre la pérdida de las últimas colonias del ya decadente imperio español, especialmente sobre la guerra de Filipinas.

Sin embargo, donde más brilla su investigación es en la guerra de África, sobre todo en los desastres olvidados y vergonzosos del Barranco del Lobo en 1909 y de Anual en 1921. Conoce al dedillo el triste protectorado español en el norte de Marruecos, plagado de corrupción política y militar y de intereses turbios de la élite económica española. Mi paisana almeriense Carmen de Burgos, Colombine, fue la primera mujer corresponsal de guerra que cubrió las vergüenzas y heroicidades de la triste guerra de África. Por eso, Franco, militar africanista, borró su nombre y su obra de la faz de España.

Gregorio describe, como si fuera un experto militar, las luchas contra Abd el Krim y los rifeños hasta el desembarco de Alhucemas ordenado por el dictador Miguel Primo de Rivera. Celebro los conocimientos minuciosos que ha adquirido sobre la estrategia militar, el armamento, el heroísmo, la muerte en batalla y las frustraciones personales y traiciones de los mandos “africanistas” del Ejército español. El autor los retrata como llenos de soberbia y cuyo desprecio del enemigo nos llevó a varios dramáticos desastres y matanzas de soldados pobres. Los hijos de los ricos, previo pago de una cuota, no iban a la guerra. La vida de los pobres tenía un precio muy bajo.

Más tarde, hacia el final de la novela, aquellos militares “africanistas” nos llevarían, entre otras razones, a la mayor tragedia de nuestra historia reciente: la guerra civil española del 36 al 39 y la larga y ominosa Dictadura de Franco.

Sus descripciones de Marruecos me han interesado mucho por una extraña coincidencia. Siendo yo muy joven, tuve que investigar al detalle, en los diarios de la hemeroteca de Madrid y en el Archivo Histórico Militar, toda la guerra del norte de África para escribir los “pre guiones de la serie de TVE “España, siglo XX”. Con 21 y 22 años, fui el escritor fantasma de José María Pemán, el poeta del régimen franquista, que era quien firmaba (y cobraba, muy bien, por cierto) los guiones que yo le servía en borrador. De ahí que los generales Fernández Silvestre, Dámaso Berenguer o el “expediente Picasso”, nombres que Gregorio cita en su novela, me resulten tan familiares.

Debo felicitar a los asesores militares que han hecho del autor un candidato idóneo para ingresar en la Academia General de Zaragoza, donde estudia la princesa Leonor, heredera del trono. El conocimiento y el despliegue de las estrategias y las tácticas bélicas, así como de las armas, desde el gas mostaza al “paqueo” de la fusilería, o la descripción minuciosa de las operaciones más peligrosas para conquistar una cota o destruir un nido de ametralladoras dan a esta obra un aire que va de la novela histórica a la película de acción. Salvando las distancias, se nota también que el doctor García Arranz, ha leído en su adolescencia, como muchos de los que gozamos ahora de la jubilación, aquellos famosos tebeos de “Hazañas bélicas” que competían con los de “El Capitán Trueno”.

Cuando describe las enfermedades y la asistencia médica de don Hilario, el médico del pueblo, desde “el garrotillo”, en tierras de Castilla, a las heridas de guerra en Filipinas y África, y hasta los partos en la mesa de la cocina, se nota que el autor es médico y sabe de lo que habla.

Toda la obra rezuma cierta bonhomía, el amor vence al desamor, y, pese a tantas tragedias y sufrimientos, la novela es un canto a la vida, una celebración optimista de la esperanza en un futuro mejor. Jesús no es un malvado como don Juan Tenorio, salvado por la mínima por el amor de doña Inés. Jesús es, al fin y al cabo, un buen hombre lleno de contradicciones. ¿Y quién no?

Poco antes del final, Gregorio nos habla del legado que deja su protagonista, al terminar de escribir la historia de su vida en la celda misteriosa en la que está recluido:

“¿A quién debo agradecer mi liberación?”, pregunta Jesús a su presunto libertador. Este le responde:

“Al amor de los que te han querido y a ti mismo; pues no olvides que ese amor sobre todo ha sido fruto del que tú has dado (…) Y ellos se beneficiarán de tu legado”.

“No sé a qué legado te refieres”, le replica Jesús. El misterioso visitante le responde:

“Nos referimos a tu entusiasmo por la vida, a tu lucha por el bien y la justicia y a no darte por vencido. A tu humildad ante los humildes y a tu orgullo ante los poderosos. A tu generosidad, a tu ilusión, a pensar aquello de que ´cada día que nace es el primero del resto de nuestra vida´. Todo eso se quedará con nosotros”.

¿Puede haber mejor retrato machadiano de un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno?

Por toda la novela “Detrás de la esperanza” del doctor Gregorio García Arranz, que presentamos y celebramos hoy en este Ilustre Colegio de Médicos, transita el espíritu cervantino, la realidad poliédrica que se nos muestra en forma de molinos o de gigantes, según se mire. En sus páginas, Gregorio mezcla sabiamente el quijotismo y el sanchismo (me refiero al de Sancho Panza y no a otro, no sean mal pensados). Lo hace con gran habilidad, como gran cervantino que es. Lo hace sutilmente, casi sin ser notado. Y teniéndome yo por humilde cervantino, ¿cómo no voy a quererle? Aunque me gane al tenis.

Enhorabuena y muchas gracias, Gregorio, por el regalo que nos haces con tu novela y gracias a todos por escucharme.

Con Luis Menor, invicto campeón del último torneo de tenis (Homenaje a Teo), ayer, junto al busto de Ramón y Cajal. Luis me eliminó con un 6-0, 6-0. Combate desigual entre el número 1 y el último de ese ranking, que me tocó por sorteo. La suerte no siempre acompaña a los audaces, por mucho que lo haya dicho Virgilio.

Netanyahu, enemigo de los juidíos del mundo

Desde las muertes de Rabin y Arafat, premios Nobel de la Paz, nadie ha hecho más daño a los judíos del mundo que el actual primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Intencionadamente, en pos del genocidio palestino, ha echado azufre a las ascuas medio apagadas del antisemitismo. Por sus matanzas (estilo Guernica) de civiles inocentes, mujeres y niños en su mayoría, el fiscal del Tribunal Penal Internacional (TPI) pide que tanto él como su ministro de Defensa y los líderes terroristas de Hamas sean perseguidos por crímenes de guerra y contra la Humanidad.

Cartel de Netanyahu, ganado a pulso, que circula por las redes.
«¿Ha visto el mundo este crimen?

El Holocausto pavoroso de 6 millones de judíos, asesinados por los nazis de Alemania, cambió el rumbo de un pueblo errante y aumentó las simpatías mundiales hacia el futuro Israel.

Judíos en un campo de concentración nazi.

Las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial decidieron cobijar a los judíos supervivientes en tierra de filisteos (Philistina) donde pudieran crear un Estado propio y convivieran en paz con sus vecinos que habitan esos lugares desde hace miles de años.

Palestina, antes de la creación (allí) del Estado de Israel.

Los palestinos, que no fueron culpables del Holocausto, están pagando muy caro el genocidio de Hitler… y, ahora, el genocidio de Netanyahu. Los judíos inocentes, que son muchísimos por todo el mundo, que no comparten los instintos genocidas ni los actos criminales de Netanyahu, también están recibiendo injustamente los golpes del antisemitismo creciente, un monstruo durmiente despertado y alimentado por los fanáticos ultraderechistas de Israel y por los terroristas fanáticos de Hamas.

Raimundo Lida, mi maestro cervantino, me llamó judío… y me gustó. En España, según la RAE, «judío» puede ser todavía un insulto. Eso dice Martín Caparrós en su artículo, que copio y pego al final.

Emocionado y contento, en enero de 1986, di en exclusiva en Buenos Dias (TVE) la noticia del reconocimiento por España del Estado de Israel. Diez años antes, mi maestro Raimundo Lida, que perdió a su familia en el Holocausto, me saludó, por mi apellido Soler, como si yo fuera un judío más. Me gustó. Le dije que, por fin, tenía juntas mis tres mitades andaluzas: cristiana, musulmana y judía. Aquel erudito maravilloso, que me hizo por siempre cervantino, se echó a reír.

Emocionado y contento, escuché decir hoy al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que España reconocerá al Estado de Palestina, como ya han hecho ciento y pico países de la ONU. EE.UU,

Rabin y Arafat estrechan sus manos en presencia del presidente Bill Clinton. Una escena que presencié con piel de gallina.

Recordé un día inolvidable de 1995 cuando, como corresponsal de RTVE en EE.UU., cubrí la firma en la Casa Blanca del Acuerdo Oslo entre Isaac Rabin y Yasir Arafat. Ambos tocaban con la punta temblorosa de sus dedos la paz posible (paz por territorios) entre dos estados que se reconocerían mutuamente su derecho a existir. Pronto, un fanático ultraderechista judío, asesinó a Rabin y Arafat murió presuntamente envenenado según su viuda. Otro sueño roto hace 30 años. Mi país, Noruega e Irlanda han dado hoy un paso generoso en la dirección correcta hacia la paz y hacia la justicia.

Ojalá les sigan otros. Cruzo los dedos, con el corazón roto.

Cartel de manifestantes en defensa de la democracia (ya casi teocracia) que peligra en Israel.

Como suscriptor de El País, puedo leer los artículos siempre ingeniosos y estimulantes de Martín Caparrós Rosenberg, otro judío. Este me gustó especialmente y espero que me permita copiarlo y pegarlo en mi blog. Es por una causa noble. Ahí va:

La palabra judío

En castellano la palabra judío todavía puede ser un insulto. Lo sostiene, entre otros, el ‘Diccionario’ de la RAE

MARTÍN CAPARRÓS ROSENBERG18 MAY 2024 – 05:40 CEST ¿Qué significa ser judío? Yo debo serlo: mi madre lo es porque su madre lo fue porque su madre lo fue. Así que soy judío, aunque, en la práctica, me define más ser escritor o hincha de Boca. Pero lo soy, aun si no termino de saber qué es eso. Ser judío, dijo algún judío, es preguntarse qué significa ser judío.

No es, sin duda, una religión, y esa es su originalidad. Nadie diría soy católico porque sus antepasados lo fueron. Diría, si acaso, soy español, soy mexicano, soy croata, y católico si creyera en su dios. Los judíos no: para ser uno, alcanza con ser hijo de una. No es una decisión, es una herencia; no es una creencia, es una tradición.

Ser judío es, para mí, una manera de leer la historia, recordar un recorrido de milenios por todo tipo de vicisitudes, recordar tantos filósofos y músicos y sastres y obreros que lo fueron, recordar que a mi bisabuela Gusztawa Rosenberg la asesinaron los alemanes en Treblinka, y recordar con orgullo que los judíos fueron uno de los muy pocos pueblos que vivieron siglos sin Estado ni reyes ni dinero ni cárceles. Esa era su distinción, su diferencia —que les valió persecuciones y matanzas. Todavía, en castellano, la palabra judío puede ser un insulto. Lo sostiene el Diccionario de la RAE: una de sus acepciones es “persona avariciosa o usurera”. Y los señores académicos la mantienen y muchos hispanoparlantes lo creen. Como se creen, ahora, que judío e israelí son sinónimos.

Fue una pena: a mediados del siglo pasado, cuando la masacre superó todo lo previsible, la respuesta de algunos judíos consistió en perder su diferencia, armar un Estado, armarlo, parecerse a los otros. Yo lamento que se haya creado ese país: hubiera sido mejor seguir mezclándonos, moviéndonos, descreyendo de ejércitos y jefes. Pero entonces no parecía posible, y ahora somos muchos los que lamentamos que Israel —como Irán, Arabia, El Salvador— haya sido secuestrado por una camarilla de extrema derecha y que, so pretexto de haber sido víctimas, haga víctimas a otros.

Soy judío, decía. Y eso, pese a lo que suponen muchos ignorantes, no supone que defienda a Israel. Por eso lamento también que tantos españoles y ñamericanos se crean —o pretendan creer— que judío e israelí son la misma cosa y, peor, que israelí y Gobierno israelí también lo son. Son muchos los israelíes y somos muchos los judíos que no compartimos sus políticas —como fueron muchos los norteamericanos que no quisieron pelear contra Vietnam, muchos los españoles que no apoyaron los asesinatos franquistas.

Por eso me duele que la violencia del Estado de Israel sirva para refrescar el antisemitismo clásico. Me duele, por ejemplo, la ligereza con que tantos periodistas atribuyen el apoyo norteamericano a Israel a un supuesto “lobby judío”, tan poderoso y rico que obliga al Gobierno de EE UU a defender a sus correligionarios. Es la versión actual de esa panfletería que, durante siglos, pretendió que todos los judíos eran ricos, avaros, prestamistas rapaces, mentirosos: la vieja “conspiración judeo-masónica”, el Diccionario de la RAE. ¿No es más simple entender que Estados Unidos necesita una avanzada en una de las regiones más explosivas del planeta y que por eso sostiene a Israel desde hace casi 80 años? ¿O que cuando vende innúmeras armas a Israel el que gana fortunas es el famoso complejo industrial-militar norteamericano, sus fabricantes de armas —todos muy gentiles—, que forman un lobby tanto más poderoso que cualquier junta judía? ¿O que por eso el desdichado presidente Biden sigue perdiendo votos pero no detiene la masacre de Gaza?

Parece que no: que nos resulta más familiar hablar de esos “lobbies judíos”, oscuros y siniestros, en la mejor tradición del antisemitismo europeo. El Gobierno ultra de Netanyahu mata por la misma razón que muchos otros: para aferrarse a su poder. Es lo que hizo el general Galtieri cuando quiso invadir las Malvinas o el cabo Hitler cuando quiso hacerse con Europa. Más allá de que ese hombre sea judío o mahometano o hincha de River Plate, lo que importa son sus ambiciones, su política, su idea del mundo —que se parece mucho más a las de Trump, Orban o Bukele que a las de millones de judíos.

Yo —ya queda dicho— soy judío: no tengo nada que ver con señores como Netanyahu, de la misma forma en que soy español y rechazo a Abascal, argentino y rechazo a Milei. Pero a muchos les conviene mantener la confusión: que el Gobierno israelí no lo hace por ultraderechista, que lo hace por judío. La falacia es el producto de siglos de discriminación: sería bueno aprovechar esta desgracia para empezar a corregirla.

Gracias, Martín, por tu artículo.

¿Quién dice que 55 años no es nada?

Al regresar de nuestra escapada romántica a León, celebramos el 55 aniversario de nuestra boda (56, si contamos el año 1968, en pecado) en El Tinglado de Boadilla del Monte. Nuestros hijos, nietos y el tío Antonio nos sorprendieron con flores y globos… y una comida espléndida.

Celebramos el 55 aniversario de nuestra boda en El Tinglado de Boadilla del Monte con hijos y nietos… y el tío Antonio..
Tal como éramos hace 55 años.

No tengo palabras para describir mi emoción al verme rodeado por toda mi familia, después de tantos años desparramada por Estados Unidos y España.

Ante la quema de libros del gran Juan de Juni, anteayer en el Museo de León.

Uno de los incentivos para ir a León en nuestro 55 aniversario (además de la comida contundente de esa tierra) ha sido volver a ver de cerca la talla original de Juan de Juni, algo que os recomiendo. No tiene comparación con la copia que yo hice en tallasmadera.com.

Esta es mi copia en madera de cerezo, inspirada en la Quema de libros por la Inquisición. Juan de Juni la talló en madera de nogal. ¡Nada menos! Que me perdone el maestro.
Lijando mi talla con mucho cuidado. Rompí dos dedos a sendos inquisidores. Con la cola blanca ni se nota.

Pero estoy contento por haber intentado lo imposible: copiar al gran maestro del siglo XVI. Ayer comprobé cuantos fallos he cometido por mi acto de soberbia y descubrí algunos trucos de Juan de Juni con tablas añadidas (invisibles) para conseguir su perspectiva espectacular. Me impresionaron todas sus obras en madera de nogal, en especial las tallas de la sillería de San Marcos. Una lección de humildad de la que estaba muy necesitado.

La Westley y yo en el coro de San Marcos, rodeados por las mejores tallas del mundo.
Confesionario de piedra en el claustro de San Marcos. Aquí, los pecados retumban…
Después de caminar por el Barrio Romántico y el Barrio Húmedo de León, recurrimos al mini tren turístico para ver todos los monumentos por fuera. Volveremos a León… sin muletas y antes del 60 aniversario.

Xavier Rius recomienda mis memorias. ¡El no va más!

Acabo de ver y escuchar a Xavier Ruis, el azote de los supremacistas catalanes, hablar con entusiasmo de mis memorias en su canal de youtube. ¡Wow! Quienes conocen mi vanidad insaciable comprenderán por qué estoy tan contento. Mariano Guindal, que me inspiró para contar mi vida, tras leer la suya (espectacular), recomendó mi libro («La prensa libre no fue un regalo») a Xavier Rius. Este enorme comunicador le hizo caso y hoy ha publicado un resumen de mi vida en unos minutos que me saca los colores. Gracias, Xavier. Estoy deseando conocerte personalmente para darte un abrazo emocionado. Hoy he fracasado en mi clase de talla de madera (nudos puñeteros, vetas traicioneras), pero tú me has subido la moral. Después de escucharte, me siento alguien. Así comienza una nueva sección de libros en su nuevo canal de youtube: «Es un honor inaugurar la sección de libros del nuevo canal con las memorias de José Antonio Martínez Soler, un histórico de la Transición, al menos la periodística.» ¡Ahí queda eso!

Xavier Rius con mis memorias «La prensa libre no fue un regalo» (Marcial Pons)

Xavier Rius, con cientos de miles de seguidores a sus espaldas, me honra con sus palabras. Y me emociona.

Esto dice de él en su perfil: «Periodista y consultor de comunicacion. Cuarenta años picando piedra. Primero en La Vanguardia y luego en El Mundo. Socio fundador y director editorial del diario online e-noticies.es. Ahora también en Youtube. Cualquier duda sobre comunicació me contactan. Los consejos son gratis».

Gracias infinitas, Xavier. Y gracias también a mi amigo Mariano Guidal por haberle recomendado mi libro (y por la espléndida barbacoa del viernes en su casa).

Mar Díez Varela, Mariano Guindal, Mi hijo David Martínez Westley (un chef recién recuperado de EE.UU.), Ana Westley y Carlota Guindal. David se encargó de dar el punto y cortar los «tomahawk». Mmmm!

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Ha muerto la Prego, la voz de la Transición

En el día de las alabanzas, cuando ha muerto mi colega Victoria Prego, la voz de la Transición, a quién tanto quería, me entristece no haber podido despedirme de ella. La conocí en mi casa (1977, entonces en obras) hace casi medio siglo. Venía como esposa de Ángel Santacruz, de mi equipo de Internacional en El País, con quien ha tenido dos hijos.

Con la Prego en el Congreso, en el 40 aniversario de la Constitución del 78. Siempre la recuerdo compartiendo risas.

Ella había trabajado en El Alcázar y yo, en el Arriba. ¡Menudas escuelas de anti periodismo de extrema derecha! De allí salimos ambos debidamente vacunados contra el virus del franquismo. En aquellos tiempos, estábamos de acuerdo en cómo salir pacíficamente de la Dictadura: más reformas y menos rupturas, dentro de lo posible. No obstante, me pareció que ella era más de izquierdas que yo… o, quizás, más peleona. Lo que no puedo olvidar es que nos reíamos mucho.  Toya tenía gran sentido del humor y buen ingenio gallego para hacerte reír… y pensar.

Noticia de El Independiente, cuya editora ella presidía.

Luego triunfó con sus documentales geniales sobre la Transición en TVE y yo presumía de su amistad y celebraba su profesionalidad y brillantez. Sin embargo, el 11-M del 2004, siendo ella adjunta a Pedro J. Ramirez, director de El Mundo, y valiente como había sido, eché de menos su voz en favor del periodismo solvente y digno que su jefe estaba pisoteando, con la teoría de la conspiración de ETA en el 11-M, al servicio del mentiroso Aznar.

En 2004, me sorprendió el silencio de la Prego en El Mundo. La crisis actual comenzó el 11-M de 2004. Estos tres psicópatas (F.J. Losantos, J.M. Aznar y P.J. Ramírez) lanzaron la siniestra teoría de la conspiración de ETA en la masacre de Atocha y deslegitimaron la victoria electoral de Zapatero. Desde entonces, las derechas no aceptan la alternancia, base de la Democracia. De aquellos polvos, estos lodos…

Quise llamarla entonces para que me explicara como podía convivir su conciencia noble con aquellas mentiras tan palpables en El Mundo desde 2004 a 20015. No lo hice. Y me arrepiento. Seguro que tendría alguna explicación relacionada con la edad, el miedo, el íctus, un susto casi mortal, etc. De lo que estoy seguro es de que la Prego habrá sufrido compartiendo, en silencio, con Pedro J. aquella etapa de miseria moral y deshonestidad profesional de su director.

Victoria, número 2 de El Independiente y presidenta de la empresa editora. Sin perder su sonrisa.

Como tantos colegas de nuestra provecta edad (no sé por qué), ella evolucionó desde la izquierda hacia la derecha. Estaba en su derecho. En mi opinión, en la vida profesional y personal de Victoria Prego pesa más lo bueno que lo malo. Porque, con razón o sin ella, siempre fue una buena persona. Por eso, merece descansar en paz.  Adiós, Toya. DEP.