Con un nudo en la garganta, he leído la hermosa despedida de Manuel Saco a nuestro Tomás Bárbulo. El 19 de junio cenamos con él y el núcleo duro de los amigos. El último abrazo. ¡Cuánto dolor, Tomás!


Los amigos le despediremos en el viernes, 17 de julio, en el Tanatorio Norte de Madrid (detrás del Ramon y Cajal). Horario de 12:00 a 17:00h. .
Para Tomás Bárbulo, el día de su partida
Manuel Saco
Hace unos cuatro meses, cuando Tomás me comunicó su decisión, con un semblante desencajado por el dolor, casi con un hilo de voz, me pidió que, llegado el momento, este momento, concertara una despedida (no sé si le llamó obituario, como en los viejos periódicos) con sus dos hijos y los amigos, como para darle solemnidad a un duelo sin sentido, o como para que yo pidiera disculpas en su nombre por el mal trago que nos estaba haciendo pasar. Nunca imaginé que un amigo me pediría tal cosa algún día, que oficiase de cura ateo en sus exequias, con una plegaria imposible, con la promesa de un cielo que él y yo sabíamos que no existe.
Solo comunicó su decisión a sus dos hijos y a mí. Le pregunté que por qué a mí, y me contestó que porque sabía que ni se me pasaría por la cabeza intentar convencerle de que reconsiderase su decisión, que aguardase un tiempo más para meditarlo, o que quizá me sacase de la chistera el viejo tópico de que la vida es algo que merece la pena ser vivida, a pesar de que tu cuerpo y tu mente ejerzan el terror desde la mañana a la noche, un terror, por cierto, invalidante que últimamente convertía su sonrisa en una mueca de dolor, y su voz en un susurro casi inaudible.
Había convivido durante tanto tiempo con ese suplicio, que la idea de la muerte se convirtió en un tema recurrente en nuestras conversaciones desde el principio de nuestra amistad, hace de esto más de 35 años. La muerte, no como un problema, sino como una solución. Porque coincidíamos en que la felicidad no es otra cosa que la ausencia de dolor, físico y mental, y que lo demás es pura retórica.
Recuerdo una vez en la que yo bromeaba con él que, llegado mi momento fatal, me gustaría ser un cadáver aseado, para que la gente viese que mi elegancia alcanzaba hasta el lecho de muerte. Que así iba a dejarlo por escrito. Se me quedó mirando, como si mi banalidad hubiese herido la sensibilidad de un experto como él, y se rio de mí a carcajadas: «Pues a mí me importa un bledo mi cadáver», me contestó. Quizá no es que fuese menos presumido que yo, sino que la convivencia con el martirio cotidiano había hecho de su cuerpo un enemigo al que había que combatir, hasta considerar a la muerte como la puerta al paraíso de la nada, donde ya no se padece ni hace falta presumir ante los amigos y parientes.
Y, sin embargo, intentó hasta el último momento ser, en cierto modo, un cadáver aseado, acabar con su sufrimiento mediante una eutanasia donde el tránsito es menos dramático, una muerte sin el rastro de amargura que deja el suicidio entre sus seres queridos. Pero un comité de gente piadosa, que seguramente goza de muy buena salud, llamada Comisión de Garantía y Evaluación, dictaminó que no se podía acceder a su solicitud de muerte asistida, porque una persona como él, mentalmente ágil, con la facultad del habla intacta, y capaz de caminar sin ayuda mecánica de ningún tipo, no cumplía suficientemente con los requisitos de intensidad de tormento que marca la ley.
Su decisión de acelerar el trance hacia ese paraíso, donde el dolor pierde al fin la batalla, se vio acosada, semanas antes, por el caso famoso de Noelia Castillo, que recordaréis, torturada durante años por la maquinaria de una religión que no sirve para vivir con dignidad ni para morir en paz. El hostigamiento y el bombardeo de noticias sobre un alma gemela que solo quería irse de este mundo con decoro como él, donde la prensa y la televisión desempeñó un papel lamentable en muchos casos, hurgó todavía más en el tormento en sus últimos días.
El sábado 28 de marzo yo le escribía por Whatsapp: «Qué tremendo el circo montado alrededor de Noelia. Vaya papelón el de los medios de comunicación. Ahora comprendo que no quieras compartirlo con nadie, y menos con los creyentes en ese dios psicópata». Al día siguiente me contestaba: «Sí, lo de Noelia es lamentable. No hay un columnista que se haya abstenido de aportar su granito de mierda a una historia de la que no tiene ni puta idea. Sé que cuando yo estire la pata habrá mil versiones sobre por qué lo he hecho. Lo único que pido es que esos comentarios no salpiquen a mis hijos. Lo demás me importa poco. Como dice un verso de Borges, «lego la nada a nadie»».
Os leo el poema de Borges elegido por Tomás, como una suerte de legado, de testamento literario, para todos nosotros:
“No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.”
Me dedicaba este guiño literario de despedida, instintivo, quizá, para un periodista y escritor de éxito como él, mi compañero cómplice en los diarios La Gaceta de los Negocios y El Sol.
No me resultó fácil mantener una conversación con él según nos acercábamos a la fecha fatal. En una de las últimas, me quedé mudo durante un rato que pareció eterno, tragando saliva, intentando aparentar una entereza de la que nunca estuve seguro. Así que nos escribíamos Whatsapp, para disimular el desasosiego. Tras uno de mis lapsus, le escribí: «Perdona que se me haya quebrado la voz. No soy tan fuerte como se necesita en estos casos. Quisiera decirte la suerte que supuso para mí conocerte, pero todo suena a literatura. No olvides llamarme cuando estés a punto de irte. Para decirte que te quiero, esas palabras que tanto nos cuesta decir a los amigos, como si sobraran. Un abrazo.».
Y así fue. Unos días antes de su muerte, nos convocamos para dar un largo paseo de despedida por el parque del Retiro. Fue un encuentro extraño, sin solemnidad, como si estuviésemos planeando un próximo viaje a Marruecos, al Aaiún de su niñez. Hablamos de su último libro de aventuras, al borde mismo de la aventura de su muerte. Tomás quizá pensaba que, en su partida, me legaba en herencia la nada. Pero en realidad me legó dos cosas: la alegría de haber tenido la fortuna de ser su amigo, y la angustia de habernos perdido para siempre.
Descansa, por fin, en tu paraíso.

Manuel Saco y Tomás Bárbulo, el pasado martes 14 de julio en el parque de El Retiro, en Madrid.
Gracias, Manolo, por tu emocionante despedida de nuestro querido Tomás. Como soy un mes más viejo que tú ya puedes ir preparando mi obituario, o como quieras llamarlo, para cuando me llegue el día de las alabanzas. Pocos me conocen como tú, con quien de nada me sirve disimular. Me descubriste en 1971, cuando fundamos Cambio 16. Y con Tomás, cuando fundamos juntos los diarios La Gaceta de los Negocios y El Sol.
Estoy leyendo Aaiún y había juntado fotos de recuerdo para unirlas a la critica de su novela. Y para presumir de su amistad tan generosa.





Sergio Fanjul ha publicado hoy la noticia en El Pais. Me acosté ayer con la alegría del triunfo de España frente a Francia y me despierto hoy conmocionado por un mensaje de Saco que me ha llenado de tristeza. Me hubiera gustado decirle a Tomás que le quiero y le comprendo. Claro que él ya lo sabía. Adiós, Tomás.