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Recarte injuria a Abril Martorell

“Hay circunstancias en las que callarse es mentir”, dijo Unamuno al escuchar el grito legionario de “Viva la muerte” y “Muera la inteligencia”. Esa frase ha golpeado mi cabeza al leer, el domingo (10/4/16) en ABC, la reseña de un libro de Emilio Contreras sobre la caída de Adolfo Suárez. El periodista almeriense recoge, sin contrastar con ninguna otra fuente, unas declaraciones de Alberto Recarte sobre el vicepresidente del Gobierno, Fernando Abril Martorell, que considero, cuando menos, cobardes, absurdas e injuriosas.

Fernando Abril Martorell, vicepresidente del Gobierno Suárez.

Fernando Abril Martorell, vicepresidente del Gobierno Suárez.

Este es el párrafo del ABC que leí, no sin pesar, un par de veces:

“Un día de finales de abril de 1980 Fernando Abril, vicepresidente del Gobierno, llamó a Alberto Recarte. «Vente a verme», le dijo y el joven asesor de Suárez acudió convencido de que iban a hablar de algún tema económico delicado. Pero su sorpresa fue mayúscula, porque cuando Fernando Abril le recibió no se anduvo con rodeos y, con su estilo claro, directo y cortante, le planteó el relevo de Suárez. «Adolfo ha hecho más que nadie por este país pero ya es un arroyo seco por el que no corre nada, y no hay más remedio que sustituirle -le espetó-. Todos los que le rodean son unos inútiles y el único que se salva eres tú, y eres el único de su entorno en el que yo confío. Hay que sustituirlo y la única persona que puede sustituirlo soy yo», insistió Abril. «Y añadió una serie de argumentos que me sorprendieron», recuerda Recarte.”

Bien aconsejado por mi edad, dejé pasar unos minutos, para tomar aire y calmar el enfado, antes de responder lo siguiente a mi colega y paisano Emilio Contreras:

Hola Emilio:
He leído hoy en ABC, con mucha pena, lo que te dice Recarte en su ajuste de cuentas contra Fdo. Abril. Es una lástima que no hayas contrastado su información con José Luis Leal, tal como te recomendé.
Las calumnias de Recarte traerán cola para él y te desprestigiarán a ti después de una carrera brillante. Lo siento mucho, paisano.
En cuestiones de venganzas contra personas muertas, que no pueden defenderse, Recarte ha mostrado su calaña de hombre ruin y miserable. Personalmente, sentado frente a Abril, en enero de 1980, escuché una conversación telefónica en la que Abril comunicaba a Suárez su dimisión y que sólo aguantaría en el Gobierno hasta el verano. Hice gesto de salir del despacho cuando María Jesús le pasó la llamada de Adolfo. Fernando me pidió que me quedara allí. Conocí a ambos lo suficiente como para saber que Recarte miente y abusa de ti.
¡Qué lastimica!
Jose

Quienes formamos parte, en Castellana, 3, del equipo del vicepresidente económico del Gobierno Suárez reaccionamos, furiosos y perplejos, contra el ajuste de cuentas del ya viejo, siempre envidioso y retorcido, Recarte. Habíamos compartido con Abril Martorell varios años de trabajo, en plena transición de la Dictadura a la Democracia, y cientos de tertulias mensuales hasta poco antes de su muerte, tan prematura. Le conocimos bien. Lo suficiente para saber que Recarte no fue una fuente fiable para Emilio Contreras sino un charco turbio lleno de fango.

Alberto Recarte fue director de la Oficina Económica de Presidencia mientras Fernando Abril fue vicepresidente económico del Gobierno. Entre el asesor de Suárez y su vicepresidente no había color. Éramos conscientes de la ambición frustrada, del hábito conspirador y de la envidia que corroía a Recarte en los asuntos económicos del Gobierno. Las decisiones estaban, obviamente, en manos de nuestro jefe, el vicepresidente, y de José Luis Leal, su ministro de Economía.

El martes (12/4/2016), José Luis Leal envió una carta al director de ABC que el diario tituló como “ACLARACIÓN” y que decía lo siguiente:

Sr. Director, he leído en la edición del domingo pasado una recensión del libro de Emilio Contreras en la que se hace referencia a una supuesta conversación que Fernando Abril, a la sazón Vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez, habría tenido con Alberto Recarte en la que se habría propuesto como sustituto de Adolfo Suárez en la Presidencia del Gobierno. Obviamente yo no asistí a todas las conversaciones de Fernando Abril pero lo que puedo decir es que una afirmación como la que aparentemente se contiene en dicho libro es, además de absurda, injuriosa para la memoria de quien fue siempre el más cercano y leal colaborador de Adolfo Suárez. A lo largo de tres años tuve un estrecho contacto con Fernando Abril primero como Secretario de Estado de Economía y luego como Ministro y me precio – y ha sido siempre un honor para mí – haber colaborado con uno de los mejores políticos y una de las personas más íntegras que he conocido en mi vida. Nunca le oí a lo largo de las casi diarias conversaciones que tuvimos, la más leve crítica hacia el Presidente. Muy al contrario, a medida que arreciaban las críticas externas contra él lo defendió siempre, a veces en circunstancias difíciles. Entendía que justamente una de sus tareas como Vicepresidente era la de proteger al Presidente para que éste tuviera el mayor margen posible para tomar decisiones. Carece de sentido pensar, como se dice en la recensión aludida, que la primera persona a la que informó de la pretendida conspiración fuera alguien en quien nunca depositó su confianza.

Le saluda atentamente,

José Luis Leal

El ex ministro de Economía lo ha dejado muy claro en ABC.

Fernando Abril Martorell nunca depositó su confianza en Alberto Recarte. Todo lo contario. El asesor de Suárez no era, para nosotros ni para Fernando Abril, hombre de fiar. Por eso, nos repugnan tanto estas mentiras e injurias al final de su vida. ¿Qué pretende el vengativo Recarte al engañar así al ingenuo Contreras? No lo entiendo. Hay personas que envejecen bien y otras, mal. Será eso.

Luego resultó que Recarte se hizo muy amigo de José María Aznar y de las tarjetas black de Caja Madrid. Se le vio el plumero.

Trabajar junto a Fernando Abril Martorell, de la UCD siendo yo entonces votante del PSOE, fue un gran honor y un tremendo aprendizaje en favor de los intereses generales de España. Desde que me jubilé disimulo mucho menos que cuando era activo. Y escribo como si fuera libre.  Por eso, contra la insidia del envidioso Recarte, tengo que recordar que Fernando Abril Martorell, maestro y amigo, fue una de esas pocas personas que te reconcilian con la condición humana y con los políticos cabales que, por encima de todo, sirven a los demás.  ¡Qué bien nos vendría hoy tener cerca a personas como Abril Martorell! Mal que le pese al insignificante Recarte y a su pandilla de extrema derecha en Libertad Digital.

Bueno. Ya me desahogué. Ahora a cocinar.

 

 

 

 

 

 

 

Guerra elogia a Suárez

Hace casi 40 años, nadie lo hubiera imaginado. Alfonso Guerra arrancó un largo aplauso del público, mayoritariamente conservador,  que asistió el miércoles al homenaje a Adolfo Suárez, en el segundo aniversario de su muerte.  ¿Cambió Suárez, cambió Guerra, cambiamos todos nosotros?

Homenaje a Adolfo Suárez en el segundo aniversario de su muerte.

Homenaje a Adolfo Suárez en el segundo aniversario de su muerte.

El retrato, casi literario, que Guerra nos hizo el ex vicepresidente del Gobierno socialista sobre aquel a quien dicen que llamó  “tahúr del Misisipi” fue magistral.

Empezó con lord Byron (“el único profeta verdadero es el pasado”) para defender la necesidad de mantener los valores que hicieron posible la transición en paz de la dictadura a la democracia. Siguió con la crítica a los nuevos “adanes” que consideran que antes de ellos no hubo nada. Y concluyó con la mejor valoración que se puede hacer de una persona: “Suárez marcó una línea en la Historia”.

Ha aquí algunas de las pinceladas que Alfonso Guerra dio al  retrato de Adolfo Suárez:

Ni timorato ni temerario, el presidente Suárez fue un ejemplo de reflexión y decisión, de tolerancia y de educación. El hombre es duda que busca seguridad, se mueve entre la tentación de dudar y la necesidad de decidir.

Suárez no buscó la auto redención. Fue numerario desclasado de un régimen oprobioso. En él ascendió a la cumbre de lo que quiso derribar. Nadie le comprendió. Los suyos desconfiaban de él como jefe del Movimiento. “Qué error, qué inmenso error”, escribió La Cierva, uno de los suyos, cuando el Rey le encargó formar Gobierno. Sin ningún rencor, Suárez le hizo ministro.

Tuvo que navegar entre la descomposición desde arriba y la presión y alta conflictividad social desde abajo. Atrajo a los conservadores a la democracia. Sobre el pilar del consenso, todos cedieron para conseguir el acuerdo el 78. La ayudaron grandes personajes: Felipe González, Santiago Carrillo, Fernando Abril Martorell, Gutiérrez Mellado, el Rey y otros.

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976. Nadie dada un duro por Suárez.

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976. Nadie dada un duro por Suárez.

En aquellos años difíciles de incertidumbres, crisis, víctimas, libertad y consenso, todos tenemos una nómina de las renuncias que hicimos para restaurar la democracia sin venganzas. Se limitaba la libertad de recordar de los vencidos. Objetivo: que los nietos no sufran nunca más la guerra civil ni la dictadura.

Hubo muchas críticas erradas. Para unos, no se llegó todo lo lejos que se debía. Para otros, fuimos demasiado lejos. Se hizo lo que convenía a todos para que fuera aceptado por todos. Con ese punto medio, Adolfo Suárez cambió la Historia.

A menudo se ha destacado que yo tenía animadversión hacia Suárez. No hagan caso. No es cierto. Durante muchos años, he mantenido una intensa relación con él. Tengo, eso sí, una conciencia culpable porque el 10 de abril de 2002 no le creí. Le pregunté cómo llevaba sus memorias. Me replicó: “No habrá tal cosa, Alfonso, porque estoy perdiendo la memoria”. Yo no le creí.

En enero de 1981 me anunció su dimisión. Once meses después del golpe de Estado, en diciembre de 1981, le pregunté el por qué de su dimisión: “Al final, estaba solo”, me dijo.

La soledad del corredor de fondo: líder y nada. Comprendí que la amistad es la relación inconclusa de dos soledades.

Guerra terminó su elogio a Adolfo Suárez con esta frase: “No ha dejado de pensar en España”.

En mi opinión, desde que le conozco, Alfonso Guerra, tampoco.

Al ex vicepresidente socialista le pasa como al buen vino. Mejora con la edad. Aplaudí, con gusto, su elogio de Suárez.

Abundaban en el público las canas y las calvas. Pocos jóvenes. Lástima. Echamos de menos a la joven duquesa de Suárez, Alejandra Romero, que se excusó por un viaje. Los salones del Instituto de Estudios Constitucionales estaban a rebosar. Presidió el acto mi paisano almeriense el teniente general Andrés Casinello, presidente de la ADVT (Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición). De la vida y la obra de Suárez habló también uno de sus ministros: Rafael Calvo Ortega.

En un país de desagradecidos, el homenaje póstumo al presidente Suárez nos reconcilia con un puñado de españoles.

 

 

 

Sofía Gandarias pintaba espejos

No suelo ir a funerales y, como ateo empedernido, huyo de las liturgias eclesiásticas. Sin embargo, hoy me acerqué al funeral de Sofía Gandarias. Estaba en deuda con ella. Por su sonrisa permanente de buena persona y por su obra pictórica. En ese orden. También, como no, por dar un abrazo al amigo entrañable que es su marido, Enrique Barón. Hace más de 40 años, me enseñó a pescar truchas con las manos. No solo por eso, siempre voté la lista que llevaba su nombre impreso. Uno de los políticos más honrados que conozco. Frenó su carrera, brillante no obstante, por carecer del instinto de matar. O por no ejercerlo.

Sofía Gandarias, ante un cuadro suyo de Neruda

Sofía Gandarias, ante un cuadro suyo de Neruda

La iglesia madrileña de San Antón, llena a rebosar durante el precioso funeral en memoria de la pintora Sofía Gandarias, era esta tarde un espejo de la transición. Dijo José Saramago que sus cuadros eran “espejos pintados”. De estar viva entre nosotros, Sofía habría sonreído al ver hoy juntos a tantos amigos suyos, de su marido y de su hijo Alejandro.

En Madrid, hace tiempo que dicen las misas en castellano. Yo me las sabía en latín. La de hoy fue cantada, y bien cantada, por cierto, también en la lengua de los vascos. Del “Pater Noster” que yo cantaba de niño pasaron hoy al “Aita Gurea”. Los músicos y el coro lograron emocionarme. ¡Qué misa tan bonita! Jamás me imaginé yo escribiendo la última frase que acabo de escribir. Ahí queda. Hay que ver lo que sabe la Iglesia cuando se propone hacer bien las cosas.

El padre Ángel, de los Mensajeros de la Paz, cedió el micro al famoso padre Lezama para que, como vasco, cantara el Aita Gurea en su lengua materna. Con el micrófono abierto sobre el ara, oímos al cura Lezama decir “en qué apuro me habéis metido” o algo así. Solo cantó en euskera, sin chuleta, apenas un par de versos: los del “Pater noster qui es in coelis/ santificetur nomen tuum…”

Hombre de recursos, no solo económicos, el cura amigo de papas y príncipes de la Iglesia rápidamente echó mano de una chuleta que, por si acaso, traía de casa (o de su taberna) y continuó cantando con el coro en lengua vasca. Pudo así destacar también las excelencias de la identidad vasca de Sofía Gandarias, nacida en Guernica de madre vasca. Su marido, emocionado al recordar a su esposa muerta, le replicó al cura: “Sofía tenía más apellidos vascos que tu”. En ese momento, Sofía no podría haber evitado la risa. Tampoco la evitamos nosotros. Quique Barón se ganó  un aplauso.

Gracias a la música, bellamente interpretada –chistu incluido-, el funeral de nuestra amiga Sofía se me hizo corto. Me creía incapaz de emocionarme con el “hocus pocus” de la liturgia católica, que tengo tan felizmente olvidada. Sin embargo, hoy me emocioné. Junto al excelente trabajo de los músicos, que incluyeron el mejor instrumento que conozco –la voz humana-, me influyó seguramente ver tantas caras amigas en torno al altar. En su mayoría, coautores de la ejemplar Transición de la Dictadura a la Democracia.

El Papa Francisco. Oleo de Sofía Gandarias que presidió el funeral.

El Papa Francisco. Oleo de Sofía Gandarias que presidió el funeral.

Y, como no, me influyó, sin duda, el cuadro espectacular que Sofía pintó del Papa Francisco y que, poco antes de morir, cedió a los Mensajeros de la Paz. Con influencias de Zurbarán –como recordó su hijo Alejandro- y algo de Gutierrez-Solana, la cara y las manos del Papa son todo un poema. Ese cuadro, y la música, impregnaron de arte toda la ceremonia.

Un homenaje a la artista, a la mujer del amigo, a la madre de Alejandro, hecho un hombre. Y un ataque de nostalgia por los ratos que compartimos en su taller y en torno a su obra. Inolvidable su exposición itinerante sobre Primo Levi, el autor de “Si esto es un hombre”, la obra más espeluznante sobre los campos nazis de exterminio.

Inolvidable su azul propio, el azul Gandarias, un azul fuerte con brillos morados. Ha tenido su viudo la genial y generosa idea de repartir los pinceles y espátulas de su esposa entre los asistentes al funeral. A mi me tocó un pincel, que conservaré como oro en paño, con restos secos de ese azul potente cuya receta secreta se llevó la tumba.

Con ella se llevó también el cariño de tantos amigos y admiradores. “Lleva quien deja”, decía don Antonio Machado. Sofía no se fue de vacío porque nos ha dejado mucho. Y bueno. Descanse en paz.

Vuelvo a mis orígenes: votaré al PSOE

Por responsabilidad y -¡cómo no!- por miedo justificado al PP, he decidido volver a mis orígenes: votaré al PSOE en las elecciones generales del próximo 20 de diciembre.

No conozco a ninguno de los nuevos líderes del PSOE (salvo Jordi Sevilla, que me gusta) pero les he seguido con atención y creo que merecen una oportunidad para sanear el partido y reducir el Indice de Corrupción Ambiental (ICA) de España.

Joaquín Almunia abrió hace años el Partido Socialista a los simpatizantes. Creo que yo fui el primero de Almería que, cargado de ilusión, se apuntó en esa lista. Si no me borraron cuando dije, en mayo del 2014, que votaría contra el bipartidismo, mi nombre debe seguir en ella. Me gustaría que así fuera. Si me borraron, al caer sobre mí sobre la oportuna excomunión, ya pueden volver al inscribirme en esa lista de honor. 

Sí, Fernando, Manolo, Enrique, Antonio, incluso Fernando Martínez, volveré a votar al PSOE también por la recuperación de mi propia memoria familiar y porque las conversaciones con no pocos amigos me han inclinado a ello. Escarmentado como estoy por las fechorías del PSOE, desde los últimos años de Felipe González hasta el final de Zapatero, creo que los nuevos líderes socialistas merecen, al menos, el beneficio de la duda y, siempre, la presunción de inocencia. 

El mes pasado, en un almuerzo de la Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición, que preside mi paisano Andrés Casinello, pregunté a Alfredo Pérez Rubalcaba si debía votar al PSOE, tapándome aún la nariz, o votar a Ciudadanos, tapándome los ojos.

Rápido e ingenioso, como de costumbre, Rubalcaba me respondió:

-“Puestos a elegir, yo prefería perder el olfato antes que la vista”.

No le faltaba razón. Desde las europeas hasta hoy, he seguido con atención la renovación de la cúpula del Partido Socialista. Aunque a los nuevos líderes les falta un hervor (¿acaso no les faltaba a Felipe González o a Alfonso Guerra en el 82?), observo en ellos una evolución positiva. Tratan de devolver al PSOE los valores de honradez, solidaridad, justicia y libertad que nunca debió abandonar.

En vísperas de las elecciones europeas de mayo de 2014 publiqué en este blog  una reflexión titulada “Mi voto (no sin dolor) contra el bipartidismo”.  Al final, después de no pocas dudas, voté a Equo. Quería premiar a los del 15-M. Un homenaje a mi hijo David que pasó muchas horas en la Puerta del Sol para protestar, como él decía, “contra todo, papá, vamos contra todo”.

Poco después, Marta Rubí me hizo una entrevista para La Voz de Almería. Esta fue su última pregunta:

-” Por último, una pregunta sobre las elecciones europeas, en las que declaró públicamente no haber votado al PSOE:

“Celebro que los dos grandes partidos PP y PSOE se hayan dado este merecido batacazo para ver si espabilan y entienden que hay otra forma posible, y más limpia, de hacer política. En efecto, no he votado a ninguno de los dos. Fui más a la izquierda. Pero no me cambié de chaqueta. Esta vez, solo la llevé a lavar. Como simpatizante, yo sigo vistiendo la chaqueta de los ideales socialistas. Y si aciertan a limpiarlo de corrupción y de malas prácticas y a ilusionar al pueblo, estaré encantado de volver a votar al PSOE. Si no lo hacen, serán irrelevantes para el futuro de España”.

José A. Martínez Soler en la ultima página de La Voz de Almería del 1 de junio de 2014.

Aunque el PP iba mucho peor, hace años que el Partido Socialista se había ido convirtiendo en una ominosa oficina de colocación plagada de nepotismo, enchufismo y clientelismo. El castigo recibido por ello ha sido tan duro como merecido. Creo que los nuevos líderes han lavado la ropa sucia y parecen dispuestos a cambiar.

Hoy no tengo duda: de las cuatro opciones principales que se nos presentan el 20-D, la del PSOE es la mejor para la España que yo quiero para mis hijos y nieto. En esta decisión ha pesado mi cerebro y, ¿por que negarlo?, también mi corazón. El PSOE fue el partido de mis padres y de mi hermana y es al que votan la mayor parte de mis amigos…

A veces, acierto cuando rectifico. Ojalá esta vez sea así.

 

 

La filantropía del dueño de Facebook da que pensar

No me ha sorprendido la noticia.
Zuckerberg donará 42.000 millones de euros a obras filantrópicas.

Cuando le conocí personalmente, el joven más rico del mundo no me disgustó. La filantropía, en un país como el nuestro, da qué pensar…

https://t.co/OmulhxSerN
Zuckerberg donará 42.000 millones de euros a obras filantrópicas

https://t.co/TmCYZeadQv vía @el_pais

En octubre de 2008 conocí personalmente a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook y (con 24 años) el multimillonario más joven del mundo. Almorzamos…
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El creador de Facebook no me pareció gilipollas

En octubre de 2008 conocí personalmente a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook y (con 24 años) el multimillonario más joven del mundo. Almorzamos frente a frente en el comedor de la Fundación Rafael del Pino en Madrid.

Después de un par de horas de charla informal y de debate profesional, el joven Mark no me pareció tan gilipollas como le ponen en la película “La red social” que he visto este fin de semana.

No me pareció un tipo tan tímido, huraño, introvertido y soso como le muestran en el cine.  Por el contrario, su charla fue animada y amena y sus reacciones a mis comentarios (algo burlones) fueron simpáticas y rápidas.

Dicen en mi pueblo que no hay ministro tonto ni torero cobarde. Tampoco hay -creo yo- multimillonario humilde. Por eso, quizás, lo que más me llamó la atención en Mark Zuckerberg fue su arrogancia, impropia en un chaval de la edad de mi hija Andrea, aunque haya pasado por la Universidad de Harvard (como yo) y por la Phillips Academy de Exeter (New Hampshire), frente a Riverwoods donde entonces vivía mi suegra, Geraldine Westley.

Uno de los compañeros de mesa y matel -otro emprendedor local- se ofreció a hacernos una foto con su móvil (de ahí la mala calidad de la imagen adjunta). Entonces le dije a Mark que esa fotografía le haría muy famoso en Almería.

“¿Por qué en Almería?”, me preguntó.

“Pues porque estarás a mi lado y porque yo nací en Almería, frente a Africa, donde presumo de ser gloria local desde que salí por la tele”,  le respondí.

El joven multimillonario soltó una carcajada. En la foto aún se pueden apreciar los restos de aquella risa.

El almuerzo del fundador y presidente de Facebook con un grupo reducido de emprendedores españoles, con los que él quería compartir experiencias, fue organizado por la Fundación Rafael del Pino, en su sede de Madrid. No se trataba de una conferencia de prensa sino de un encuentro de caracter privado y, como yo era el único pediodista presente, me comprometí a no publicar el contenido del debate/tertulia para que todos pudieramos hablar como si fueramos libres. Así lo hice. Tampoco se dijo nada especialmente exclusivo ni relevante digno de un titular de prensa. Cada uno de nosotros le contamos nuestra aventura empresarial y él nos resumió la suya. Yo presumí, naturalmente, de haber creado la empresa editora de 20 minutos, un diario líder y una web tan gratuitos como Facebook, aunque con algunos menos usuarios (por el momento, claro).

Cuando comparamos notas sobre nuestras experiencias más o menos locas (yo le gano en fracasos, quizas por mi edad), me sorprendió que él hubiera vivido precisamente en la Kirkland House, un colegio mayor de la Universidad de Harvard (Mass., EE.UU.), la misma House (que sale en la peli) a la que yo estuve afiliado cuando pasé por Harvard en 1976-1977 como Nieman Fellow de Periodismo.

También fue casualidad que Mark hiciera el bachiller en la Phillips Academy de Exeter, que yo visitaba cada año cuando iba a ver a mi suegra. La Phillips Academy es un vivero de estudiantes pijos desde donde salen disparados hacia las universidades mas prestigiosas de la Ivy League (la Liga de la Hiedra, porque sus edificios bi o tricentenarios de ladrillo macizo suelen estar cubiertos de hiedra). Con tantas coincidencias personales, la conversación fue my animada y simpática durante el almuerzo. En el postre, pasamos al debate profesional off the record donde pudieron intervenir los demás compañeros de mesa entre los que destacaban jovenes empresarios/creadores de primera fila (que no quiero citar sin su permiso).

Pese a que el personaje de Mark Zuckerberg que se muestra en “La red social”, recién estrenada en España, no responde exactamente a la imagen que yo tenía de él, tras aquel breve encuentro de un par de horas en Madrid, la película me gustó y la recomiendo a todos los que estamos apuntados a Facebook e incluso a quienes tienen alergia a las redes sociales. Entre Facebook y Skype suman ya 1.000 millones de usuarios, lo que se dice pronto. En 2003, desde su habitación en la Kirkland House de Harvard, este chico inició una revolución auténtica en el modo de relacionarse de los seres humanos y merece crédito por ello.

No es, pues, de extrañar que sus colegas de universidad y sus primeros socios y amigos -que fueron quedando apartados en el camino del éxito- sintieran envidia, celos o deseos de venganza (o de sacar alguna pasta del pleito) contra quien triunfó utilizando parcialmente algunas ideas propias y otras prestadas.

Mark tuvo una idea y persiguió obsesivamente su realización hasta llegar al éxito. Y es que las ideas -sorry- son de quien las realiza y no del primero que las tiene pero es incapaz de llevarlas a cabo. Sus colegas ricos tuvieron una idea semejante, pero su obsesión estaba centrada en el campeonato de remo y no en la creación de la red social. Su mejor amigo discrepó de él, insistiendo en meter publicidad en Facebook, quizas demasiado pronto, y fue apartado de la empresa. Y su otro socio -el creador de Napster- fue despedido tras un escándalo de drogas.

La película es dura con Mark Zuckerberg. Es el resultado de un par de libros sesgados y de haber hablado principalmente con los perjudicados por la obsesión del creador de Facebook por llevar a cabo su invento a cualquier precio. Incluso al alto precio de perder el amor de su chica. Es una historia patética de éxito que vale pena ver en el cine, aunque en esta peli salgan mas molinos que gigantes… El gigante Zuckerberg no ha querido participar en la peli. No quiso hablar con los peliculeros y no es una versión autorizada por él. Creo que hizo bien. Aún es pronto.  Tiene tan solo 26 años y preside una empresa valorada en 25.000 millones de dólares. Y, además, ya es famoso en Almería. ¿Qué más quiere?

¿Quien perdió Cataluña?

La respuesta más socorrida y fácil sería decir “Fuenteovejuna, señor”. Y no me faltaría algo de razón. Todos, en mayor o menor proporción, por acción o por omisión, somos culpables de la pérdida de Cataluña. Y, si no está perdida del todo, lo somos por haber asistido impasibles al crecimiento de los independentistas desde el 20% de toda la vida hasta el 47 % del domingo pasado. Me duele perder Cataluña, donde hay una parte de mi, y, por omisión, me siento culpable de este desgarro.

La aceptación de la culpabilidad individual o colectiva no resuelve el problema si no va acompañada de un plan de medidas urgentes para recuperar lo perdido. Cher, contraria a los independentistas, nos recordó ayer lo difícil que es, una vez extraída, volver a meter la pasta dental dentro de su tubo. Difícil sí, imposible no.

Los nacionalistas, desde su emergencia, tienen un objetivo: conseguir la independencia de lo que ellos consideran su nación, con un Estado propio. Aspiración legítima, naturalmente dentro de los cauces democráticos de respeto a la Ley. Sabemos que la voracidad de los nacionalistas apenas conoce límites: son insaciables y no descansarán hasta conseguir su objetivo. Lo malo es cuando el fin les justifica el recurso a todos los medios posibles, legales o no, dignos o indignos, veraces o falsos. Tengo la impresión de todo les aprovecha para el convento.

La esencia del nacionalismo es emocional/sentimental, más cerca de las tripas que del cerebro. Está tan alejada de la razón que resulta difícil dialogar con ellos con datos reales contrastados y con argumentos racionales. Como ocurre con cualquier otra religión, nos enfrentados con el viejo duelo entre fe y razón. Esa batalla la tenemos perdida si solo recurrimos a las razones que nos dicta el cerebro, sin atender a las emociones que reprimimos en nuestro corazón.

En mayor o menor medida, todos somos algo nacionalistas. Es casi zoológico. Está debajo de nuestra piel y la pelea por superar esa minusvalía animal debe ser permanente. Si bajamos la guardia, el veneno nacionalista, que tantas veces roza con el racismo o el fascismo, se extiende sin remedio perjudicando el sentimiento de solidaridad entre los seres humanos.

Jared Diamond me abrió los ojos con su famosa frase: “Yo contra mi hermano; mi hermano y yo contra mis primos; mis primos, mi hermano y yo contra mis vecinos; mis vecinos, mis primos, mi hermano y yo contra el pueblo de al lado….” Y así podemos explicar, zoológicamente, el origen de casi todas la guerras que en el mundo han sido.

En el caso que nos ocupa, Fuenteovejuna entera bajó la guardia y miró para otro lado. Y en esas estamos. Salvo Adolfo Suárez, que tuvo la visión y el coraje de recuperar del exilio al honorable presidente Tarradellas, para entroncar la democracia con la Generalitat, ningún otro presidente español se libra de haber contribuido, por mantenerse en el poder, a la pérdida de Cataluña.

Tanto Felipe González como José María Aznar celebraron (a cambio del apoyo parlamentario) la total lealtad del poco honorable Jordi Pujol a la Constitución. Creyeron, quizás ingenuamente, en las bondades de la “conllevanza” orteguiana o en el apaciguamiento de la fiera. Jordi Pujol, Artur Mas y sus separatistas se partirían de la risa, mientras seguían tejiendo, ere que erre, con dinero público y escuela pública, su ruta hacia la independencia.

Aunque la “cuestión catalana” viene de lejos, sin tener que remontarnos a la guerra de sucesión entre dinastías europeas (no entre Madrid y Barcelona), lo cierto es que el aumento del sentimiento independentista, desde el 20 al 47 %, ha ido creciendo, tras la crisis del Estatuto, con el lubricante de la gran recesión económica y las políticas de austeridad impuestas desde la Unión Europea.

Es prácticamente imposible, ni siquiera conveniente, extirpar del todo el sentimiento nacionalista, tanto el catalanista como el españolista, el vasco o el gallego. Para volver a meter la pasta dental en su tubo, tenemos que darnos mucha maña, utilizar mucho cerebro y no despreciar las sinrazones que el corazón nos dicta. ¡Ay de mi Cataluña!

Para empezar, un buen gesto sería poner estas Navidades en el Palacio de La Moncloa a un catalán. Alguien como Adolfo Suárez. A ver qué pasa.

 

 

 

 

 

La bandera que me dio repelús

Mi primera reacción al ver al joven líder socialista arropado por una inmensa bandera de España fue de repelús. Sentí un cierto sobresalto. Casi un escalofrío. Pensé en mi padre, socialista y teniente del Ejército de la II República, que se jugó la vida bajo la bandera tricolor.

Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)
Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)

La segunda reacción fue más fría, cínica quizás: !Qué pillo y opotunista este Pedro Sánchez: gira hacia el centro y le quita símbolos (y votos) a la derecha!

Luego, fugazmente, me acordé de Santiago Carrillo con la bandera bicolor. Ya sin la gallina de Franco. Y de aquella noche en casa de Luis Solana, pergeñando un escudo que sustituyera al águila imperial de la ominosa Dictadura.

Nos gustara o no, cuando se aprobó la Constitución de 1978, la bandera  de Carlos III, de la I República y de la Dictadura (sin águila) se convirtió legalmente, por voluntad popular, en la de todos los españoles.

No fue fácil. Hice de tripas corazón, compré un metro de tela bicolor y, el 6 de diciembre de aquel año, armado de valor y con el corazón partido entre el amor y el temor, la clavé en la puerta de mi casa. A la hora del aperitivo llamaron a mi puerta. Eran los vecinos de la parcela de atrás: el coronel Lisarrague (hermano de un profesor de Sociología que tuve en la Facultad) y su esposa.

-“¿Qué hace usted con mi bandera en su puerta?”, me dijo el viejo coronel, sin ocultar cierto brillo cómplice en sus ojos.

Le repliqué, entre sonrisas:

-Hasta ayer ésta era su bandera y no la mía. Pero desde hoy es también la mía. Y deberíamos celebrarlo… mi coronel”.

Pasaron a casa y, no sin emoción, tomamos juntos el aperitivo con nuestro primer brindis de la concordia.

A partir de entonces, hice esfuerzos para perderle el miedo a la bandera bicolor. Había sido la del enemigo durante los años de lucha antifranquista. Y aún era paseada por las calles de Madrid, con brabuconería -gallina incluida-, por los nostálgicos de la Dictadura.

Al año siguiente, al cruzar por Isaac Peral, en la Plaza de Cristo Rey, me vi sorprendido por una manifestación, pequeña pero ruidosa, de franquistas armados de banderas bicolores, aguilucho negro incluido. Otra vez volví a tener miedo antes semejantes símbolos. Miedo y rabia.

Trabajaba yo entonces a las órdenes de Fernando Abril Martorell, vicepresidente económico del Gobierno de Adolfo Suárez. Al despachar con él, le conté mi reacción ante el uso y abuso callejero de la bandera franquista, que ya era anticonstitucional. Le insistí en el daño que eso producía a la ansiada concordia en torno a un símbolo que debería ser querido y no temido por todos los españoles.

No dijo ni pío. Siguió fumando y paseando a grandes zancadas por aquel despacho de Castellana, 3, que había sido del almirante Carrero Blanco. (“Y de don Manuel Azaña”, solía añadir Abril Martorell, coautor de la Constitución del 78, maestro y amigo).

Unas semanas más tarde, en otra hora de despacho, el vicepresidente me entregó un ejemplar abierto del Boletín Oficial del Estado. Con el índice me señalaba un párrafo. Apuntaba nada menos que a un artículo por el que quedaba prohibido el uso público de símbolos anticonstitucionales, etc.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Fue un nuevo pequeño paso en la transición desde la guerra civil (que, para mi, habia terminado con la muerte del dictador en noviembre de 1975 precedida, dos meses antes, por sus últimos fusilamientos) hacia la paz y la concordia constitucional nacida el 6 de diciembre de 1978. (Pese a lo que dicen algunos libros de historia, la guerra civil no acabó en 1939 sino en 1975. En 1939 no empezó la paz sino la victoria, simbolizada por la bandera bicolor con el aguila imperial y por la de Falange.)

Debo reconocer que aún me impresionan las banderas bicolores, aunque, al segundo, digo para mi que ya no hay nada que temer. Que esos colores ya no son, de hace 37 años, los del enemigo sino los míos, los nuestros, los de todos. Afortunadamente, mis tres hijos han crecido viendo dos banderas juntas en casa: la de España y la de Estados Unidos. Con naturalidad, representando a sus dos culturas.

A mi me gusta más escribir con las plumas que me prohiben...

A mi me gusta escribir con las plumas que me prohiben…

Pero sin olvidar los ideales y la historia familiar republicana. En lugar de honor, tenemos la tricolor, también constitucional, aprobada por los españoles en 1931. Lindos colores. En el salon y el jardín. Y en nuestro corazón.

Mis ideales son republicanos. Respeto la bandera bicolor actual, la que luce sin complejos Pedro Sánchez, porque es la que ha sido aceptada por los españoles y, por tanto, también es la mía y la de Rafa Nadal y la selección española de fútbol y baloncesto…

Pero los sueños son libres. Algún día, los españoles podremos decidir recuperar legal y pacíficamente la bandera tricolor que representará los ideales de la III República.

Desde muy niño, mi padre me la cantaba así: “…bandera republicana…llevas sangre, llevas oro, y, por tus penas, morada…”.

Lindos colores "14 de abril".

Lindos colores “14 de abril”.

Amén.

 

  

 

 

 

Las memorias de Siles acarician y arañan el corazón

Solo para los amantes y sufridores de Almería. Las memorias de José Siles Artés te acarician y arañan el corazón. http://t.co/fhOpHw5HuQ

Las memorias de Siles acarician y arañan el corazón Posted on 4 marzo, 2015 por Jose Antonio Martínez Soler Acabo de leer, casi de un tirón, un libro sencillo y espléndido, de esos que te hacen cosquillas, que te…
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Van cien años que mi hermano Francisco no trabaja…

Don Francisco Giner de los Ríos

Don Francisco Giner de los Ríos

Van cien años (menos tres dias) que mi hermano Francisco no trabaja. El 20 de febrero de 1915 murió Giner de los Rios, el gran maestro que trató de sacar a los jóvenes del humo de los billares para llevarlos al aire puro del Guadarrama. Como escribió Machado, Francisco Giner de los Ríos, creador de la Institución Libre de Enseñanza, soñó “con nuevo florecer de España”. Sus ideales siguen tan vigentes… Nos lo recuerda el profesor Francisco J. Laporta, en un artículo magistral y emocionante, que ha publicado hoy en El Pais, cuya lectura recomiendo vivamente.

Como otro homenaje al maestro, también recomiendo la lectura de este cariñoso y admirable poema que Machado dedicó al “hermano Francisco”:

A Don Francisco Giner De Los Ríos

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?… Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
…¡Oh, sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…

Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.”

El maestro de la educación interior

Francisco Giner de los Ríos dedicó su alma a convencer a los españoles de que podían ser un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Para la Institución Libre de Enseñanza, la vida debía ser vista como una obra de arte

 Es muy difícil acostumbrarse a carecer del calor de aquella llama viva”. Así escribía José Castillejo, alma de la Junta para Ampliación de Estudios, el 20 de febrero de 1915 tras haber acompañado al cementerio civil de Madrid los restos de don Francisco Giner de los Ríos en un sudario blanco y rodeados de romero, cantueso y mejorana del Pardo, sus pequeñas amigas del monte. Una consternación profunda se apoderó de todos. De los de siempre (Azcárate, Cossio, Rubio, Jiménez Frau), pero también de los grandes del 98, como Azorín, Unamuno o Machado, y de los jóvenes europeístas del 14, como Ortega, Azaña o Fernando de los Ríos. Unas violetas de Emilia Pardo Bazán, y quizás unas flores traídas por Juan Ramón acompañaban también, junto al pesar de los poetas nuevos, a la sencilla comitiva.

Todos quedaron como suspendidos en una honda sensación de orfandad. Por esperada que fuera, la muerte de Giner dejó a la cultura española sin aliento, sin calor, sin luz. Aquel hombre incomparable había sido su más importante referencia moral durante medio siglo. Y la más decisiva incitación educativa de la España contemporánea. Con un sereno gesto histórico, con pasión pero con paciencia, sin ceremonias ni grandilocuencias vacías, que tanto despreciaba, había dicho suavemente su gran verdad a todos los maestros hambrientos y desasistidos de España: que el oficio de educar era la más importante empresa nacional. Una lección que aún nos sigue repitiendo desde entonces y que tenemos que aprender de nuevo una y otra vez.

En su pequeña escuela de la calle del Obelisco, la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, había tomado sobre sí la tarea de enseñar a los españoles a ser dueños de sí mismos. Para ello tuvo que luchar denodadamente contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas. Lo hizo durante toda su vida, con un sentido profundo de su deber civil y una resolución inquebrantable. Y con un gran respeto por todos. Tenía una viva conciencia de que la Institución era observada y cuestionada, y que no iba a permitírsele el más mínimo error, pero tenía también palabras de gratitud para quienes la hostigaban y perseguían porque también eso era estímulo para el cuidado y la mejora.

Enseñó que la integridad moral es el señorío sobre sí mismo que surge de convicciones profundas

Giner de los Ríos había nacido en Ronda en 1839 y recaló en Madrid a hacer sus estudios del doctorado en la década de los sesenta. Allí encontró a sus maestros Julián Sanz del Río y Fernando de Castro, a cuyo lado reposa todavía hoy. La filosofía krausista que estos habían introducido en la Universidad española fue el prisma por el que miró la realidad española. En ella aprendió la tolerancia religiosa, el culto a la razón y a la ciencia, la integridad moral y el liberalismo político genuino (no el meramente exterior y postizo). Pero con estos pertrechos no se encajaba bien en la Universidad de la época, vigilada hasta la asfixia por el dogmatismo intransigente de los católicos. Esa manía tan nuestra de exigir juramentos a los profesores, sobre esta o aquella constitución, le llevó dos veces a ser expulsado de su cátedra. Simplemente pensaba que no debía hacerlo y no estaba dispuesto a hacer componendas con su propia conciencia. Al no ceder, puso en pie en España junto a sus maestros la primera piedra de esa libertad de cátedra que hemos tardado cien años más en poder disfrutar.

Giner experimentó una profunda decepción ante la conducta política de la juventud liberal durante el sexenio revolucionario (1868-1873). Sus palabras, que también nos hieren hoy, son el mejor comentario: “¿Qué hicieron los hombres nuevos? ¿Qué ha hecho la juventud? ¡Qué ha hecho! Respondan por nosotros el desencanto del espíritu público, el indiferente apartamiento de todas las clases, la sorda desesperación de todos los oprimidos, la hostilidad creciente de todos los instintos generosos. Ha afirmado principios en la legislación y violado esos principios en la práctica; ha proclamado la libertad y ejercido la tiranía; ha consignado la igualdad y erigido en ley universal el privilegio; ha pedido lealtad y vive en el perjurio; ha abominado de todas las vetustas iniquidades y sólo de ellas se alimenta”.

Para quien sepa leer, poco hay que añadir. Desalentado, expulsado de nuevo de la Universidad por negarse a jurar nada ni aceptar textos oficiales, se perfila en su ánimo la convicción de que sólo la educación “interior” de los pueblos (como él la llama) es eficaz para promover las reformas y los cambios que la sociedad necesita, aunque nunca parece querer. Ni medidas políticas, ni pronunciamientos, ni revoluciones. Oigámosle otra vez algunos años después, tras el desastre del 98: “En los días críticos en que se acentúan el tedio, la vergüenza, el remordimiento de esta vida actual de las clases directoras, es más cómodo para muchos pedir alborotados a gritos ‘una revolución’, ‘un gobierno’, ‘un hombre’, cualquier cosa, que dar en voz baja el alma entera para contribuir a crear lo único que nos hace falta: un pueblo adulto”.

Tuvo que luchar contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas

Un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Por eso entregó Giner en voz baja su alma entera. Y la expresión más cabal de esa entrega fue la Institución Libre de Enseñanza. Con ella se vino a saber entre nosotros que la implantación memorística de textos y letanías no era educar, sino a lo sumo instruir, y de mala manera. Que para aprender era necesario pensar ante las cosas mismas, activamente, tratando de descifrar su disposición y su razón de ser. Se supo también que la integridad moral no tenía nada que ver con reglamentos externos, y premios y castigos; era más bien una suerte de señorío sobre sí mismo que surgía de convicciones profundas.

Que la catequesis religiosa debería desaparecer de la escuela, pues no hacía sino adelantar las diferencias que dividen a los seres humanos, ignorando la raíz común de humanidad que los une a todos. Que una creencia religiosa impuesta coactivamente traiciona la propia religión y profana las mentes vulnerables de los niños. Que las conquistas de la ciencia expresan el camino del ser humano hacia la verdad, la única verdad que hay que respetar por encima de tradiciones, prejuicios y supersticiones. Que estudiar para examinarse una y otra vez es necio y dañino, pues mina la salud sin descubrir al niño el goce del estudio y el descubrimiento. O que las niñas (estamos en 1876, no se olvide) deben educarse no sólo como los niños, sino con los niños, porque establecer una división artificial en la escuela no sólo es una discriminación errónea, sino una solemne estupidez. Y tantas otras cosas.

Para Giner de los Ríos había que transmitir en la educación la idea de que la propia vida ha de ser vista como una obra de arte, como la realización libre y capaz de las ideas que cada uno se forja en el espíritu, la plasmación de un proyecto personal. En eso consistía ser dueño de uno mismo. Y a eso se entregó en la Institución Libre de Enseñanza. Desde ahí irradió a todo el país con una brillantez y una profundidad que todavía hoy nos causan asombro y apenas hemos sido capaces de asumir. Esas entre otras son las razones que hoy, cien años después, nos llevan con unas flores al cementerio civil.

Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Gracias, profesor Laporta, por este articulo precioso de homenaje al maestro.

Francisco Giner de los Rios en El Pardo (1910)

Francisco Giner de los Rios en El Pardo (1910)

Mi primer recuerdo adolescente de la obra de Giner de los Rios me vino gracias a mi paisano don Nicolas Salmerón, presidente de la I República, a quien mi padre citaba con devoción. En un viaje a Madrid, camino de Soria, mi padre me llevó al cementerio civil. Visitamos las tumbas de Nicolas Salmerón, de Pablo Iglesias y de Francisco Giner de los Rios.   Mi segundo y más profundo recuerdo procede de las lecciones del profesor Juan Marichal en la Universidad de Harvad (1976-77). 

Tras la muerte de Franco, Juan Marichal regresó a España, visitamos la casa de Salmerón en Alhama de Almería y fue nombrado director del BILE (Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). A propuesta suya, desde entonces tengo el honor de ser miembro del Consejo de Redacción del BILE, una revista en cuyo primer número (7 de marzo de 1877) apareció un articulo magistral de mi admirado paisano don NIcolas Salmerón. 

“Lleva quien deja y vive el que ha vivido”,  dice Machado de don Francisco Giner de los Ríos. Por eso, el “hermano Francisco” sigue tan vivo dentro de nosotros…