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¡Ay, Suuusana! ¿Susana… donde vas?

Quizás solo sea un guiño de la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, pero es el primero que vemos en España, en la dirección correcta, desde la muerte del dictador Francisco Franco. ¡Ya está bien!

Mezquita-Catedral de Córdoba, usurpada por la Iglesa con la ayuda de Aznar.

Mezquita-Catedral de Córdoba, usurpada por la Iglesa con la ayuda de Aznar.

“Con la Iglesia hemos dado, Sancho”. Quizás no vaya a más, pero algo es algo. Decía Mario Banedetti que “cuando un torturador se suicida no se redime, pero algo es algo”. Eso digo yo.

Susana Díaz y Rubalcaba. Si sigue así... se lo come.

Susana Díaz y Rubalcaba. Si sigue así… se lo come.

Anteayer, la Junta de Andalucía se atrevió a anunciar que “ha encargado un informe para saber si es competente para pedir la gestión o la titularidad de la Mezquita de Córdoba”. Preguntar no es ofender. O sea, que el obispo de Córdoba no podrá excomulgar a nuestra flamante presidenta tan solo por preguntar… ¿O sí?

Al principio pensé que mi presidenta era una simple trepa. Ambiciosa, decían de ella. Eso sí, lo que no tiene por qué ser bueno en un hombre y malo en una mujer. Al menos, había conseguido desbancar hábilmente a su jefe, sin que apenas se notaran sus intrigas internas. No conozco de nada a Susana Díaz. Solo por lo que ella dice en los medios de comunicación y lo que otros dicen de ella.

Desde ayer, aprecio, eso sí, que es valiente. En un país de políticos cagados de miedo ante los poderes de verdad (la banca, los constructores, la iglesia, etc.), que una mujer joven se atreva a preguntar por esta joya de la arquitectura andalusí, usurpada a los ciudadanos por el clero, Aznar mediante, es una prueba de valentía, de ingenuidad o de demagogia.

Ya veremos en qué queda todo esto. Pero algo es algo. Y a eso me agarro yo después de ver cómo mis viejos ídolos (Suarez, Abril, Felipe, Guerra, Zapatero, Rubalcaba, etc.) se bajaban los pantalones, cirio en mano, para lamer el culo a la Iglesia Católica.

¡Atentos a Susana Díaz!

Recomiendo la lectura de esta colunma de Luis Gómez, en El País de ayer, 22 de febrero de 2014. No se puede contar mejor con menos palabras:

La santa Iglesia inmobiliaria

Luis Gómez

Una reforma de la Ley hipotecaria durante el Gobierno Aznar convirtió al obispo en una especie de notario y a la Iglesia católica (y solo a la Iglesia católica) en una gran inmobiliaria. Con la sola palabra del obispo, la Iglesia podía acudir a cualquier registro de la propiedad e inscribir a su nombre (proceso que se denomina inmatriculación) todo tipo de bienes inmuebles no registrados, entre los que se pueden incluir ermitas, casas del cura, cementerios, solares y un largo etcétera. Así, desde el año 2003, la Iglesia vivió también su particular boominmobiliario, una especie de desamortización al revés.

Como quiera que, en asuntos de dinero, la Iglesia católica tiene una organización muy descentralizada y muy acostumbrada a no rendir cuentas ni al Papa, es imposible conocer qué efectos económicos ha tenido este proceso de apropiación. Se sabe de algunos obispados cuyos ecónomos han procurado grandes beneficios e incluso han gestionado fondos financieros. Se sabe de ecónomos que contrataron los servicios de aparejadores para organizar una inmatriculación masiva de propiedades. Asociaciones como Europa Laica y la Plataforma en defensa del patrimonio de Navarra han combatido este fenómeno entre el desinterés general: solo en Navarra, donde el movimiento vecinal ha sido más activo, se han censado más de 1.000 municipios afectados por la voracidad eclesiástica.

Como la avaricia inmobiliaria no tiene límites, ni siquiera para la Iglesia, sobrevino el caso de la Mezquita de Córdoba, consumado en 2006 y conocido en 2009 (que transcurra el tiempo en silencio también es una ventaja para hacer irreversible la inmatriculación) por la sospecha de un conocido musulmán español. Por 30 euros, la Iglesia hizo suya la Mezquita y todo lo que ello significa: los ingresos de los cientos de miles de turistas que la visitan (sin pagar impuestos porque pagan donativo y no entrada) y todas las inversiones que han hecho las instituciones públicas para conservar el monumento. Por razones que nadie ha explicado, la Junta ha tardado cinco años en reaccionar. No es el único caso sorprendente: ocho años de Gobierno Zapatero tampoco sirvieron para frenar este proceso.