Por la Comisión sobre Vulneración de Derechos en la Transición hoy salgo en El País, mi favorito después de 20 minutos. Y hablo como si fuera libre. No te lo pierdas. Natalia es muy buena

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MEMORIA HISTÓRICA Martínez Soler: “Nunca imaginé que iba a desenamorarme de Felipe González, pero ha hecho todo lo que podía por alejarnos de él”
El periodista, secuestrado y torturado por franquistas en 1976, rechaza la expresión “régimen del 78″: “Papá y mamá no tienen la culpa de todo”
José Antonio Martínez Soler, el pasado viernes, en el Ateneo de Madrid.SAMUEL SÁNCHEZ
Madrid – 22 JUN 2026 – 05:30 CEST
Su padre, teniente del Ejército de la República, estuvo a punto de ser fusilado. Su madre tenía a dos hermanos en la cárcel. El padre quería que su hijo fuera arquitecto. La madre le repetía aquella advertencia tan común en las casas de los vencidos: “No te signifiques”. El chico, nacido en Almería, llegó a matricularse en Arquitectura, pero no había nada que hacer: Rafael José Martínez e Isabel Soler habían tenido un periodista. El entrenamiento para “desconfiar de la primera versión” empezó muy pronto, cuando los curas de su colegio le decían barbaridades sobre “los rojos”, como “rojos” eran sus padres. El niño decidió ponerlo todo en duda, también cuando los frailes hablaban de química o de cualquier otra materia: al salir de clase, contrastaba con la enciclopedia. De mayor, fundó periódicos y revistas, cambió muchas veces de medio, pasó varias temporadas en EL PAÍS. El 2 de marzo de 1976, apenas tres meses después de la muerte de Franco, pensó que él iba a morir.
Tenía 29 años y acababa de publicar, en el semanario Doblón, una noticia que informaba de una purga de moderados en la Guardia Civil en aquella larga pugna entre los demócratas y los que querían hacer valer el “atado y bien atado” del dictador. Cuatro miembros del cuerpo lo secuestraron, lo torturaron, le quemaron la cara y simularon su ejecución para intentar sonsacarle la fuente.
José Antonio Martínez Soler (79 años), el primero de su familia en ir a la Universidad y el primer español en obtener una beca Nieman en la Universidad de Harvard (1976), acaba de entregar al Gobierno, junto a un equipo de juristas e historiadores y en cumplimiento de la ley de memoria democrática, el informe sobre violaciones de derechos humanos cometidas desde la entrada en vigor de la Constitución de 1978 y diciembre de 1983.
Pregunta. ¿Participar en esa comisión le removió personalmente? Desde aquel 2 de marzo de 1976, ¿ha pensado mucho en su secuestro?
Respuesta. No pensaba que me iba a perturbar tanto. Había pasado muchísimo tiempo, mi cara está perfecta, aunque se me cayó la piel siete veces, y durante casi toda mi vida apenas hablé del tema. Pero en las reuniones sí me revolvía repasar cada uno de los casos.
P. ¿Le cambió de alguna manera el secuestro? ¿Un trauma de ese calibre altera el carácter?
R. Creo que no, porque seguí publicando informaciones muy arriesgadas en EL PAÍS. Aquel día me apuntaron con la pistola y los que estaban detrás de mí se apartaron como para que no les salpicase la sangre. Sonó el chasquido, pero no salió la bala. Pensé que iba a morir, pero después me dije: ‘¿Qué más me pueden hacer?’. Yo soy ateo, gracias a Dios [ríe], pero creo que desde aquel momento he saboreado mucho más la vida.
P. ¿Descubrió algún caso que desconocía durante las sesiones de trabajo de la comisión?
R. Sí. Y los detalles sobre las víctimas que luchaban por consolidar la democracia me removían las tripas. También incluimos en otro apartado las que, como en el caso Almería [la tortura hasta la muerte de tres jóvenes a manos de guardias civiles que los confundieron con etarras] sufrieron violación de derechos humanos a causa de los patrones de conducta antidemocrática, impunidad y gatillo fácil de policías, guardias civiles y grupos de extrema derecha. El informe es solo un primer paso. El Gobierno debería seguir avanzando para reconocer y reparar el daño causado a todas las víctimas durante la Transición, que no fue tan pacífica como algunos nostálgicos piensan.
P. Uno de los miembros de la comisión, el jurista Jon-Mirena Landa Gorostiza, planteó en una tribuna en este periódico que las víctimas de los GAL también tendrían que haber sido reconocidas en ese estudio. ¿Cuál fue su posición?
R. Hubo mucho debate. Los GAL fueron algo terrorífico, pero el mandato del Gobierno y el texto del acuerdo por el que se creó la comisión los dejaba fuera. Incluirlos desvirtuaba todo lo que pretendíamos hacer contra la impunidad de la policía, la Guardia Civil y la extrema derecha porque cuando se anunció la comisión, la derecha se lanzó a decir que esto era para blanquear a ETA. Pero me gustaría que otro decreto lo extendiera a esto.
P. ¿Se refiere a que el Gobierno central haga un informe parecido al que se hizo en Euskadi por encargo del Ejecutivo autonómico sobre violencia política?
R. Eso es. En País Vasco han hecho un trabajo muy exhaustivo.
P. Tras analizar las vulneraciones de derechos humanos durante la Transición, ¿le ha quedado la sensación de que hubo más impunidad que justicia? En el caso de los agentes que mataron al niño Juan Félix Domínguez, de dos años, en un control de carretera, había fondos reservados esperándoles cuando salieron de la cárcel.
R. Los cuerpos de seguridad funcionaron durante un tiempo con la inercia de la dictadura, con el mismo modus operandi. Y las autoridades de UCD y del PSOE se callaban.
P. En su momento denunció su secuestro, pero sin mencionar a los autores, que sabía que pertenecían a la Guardia Civil. ¿Qué ocurrió con sus secuestradores?
R. Al día siguiente se lo conté todo al coronel Marcotegui, jefe de la brigada de información de Franco y tío de un amigo mío, por eso me ayudó mucho. Me pidió que entrara por la puerta de atrás de la DGS [la antigua Dirección General de Seguridad, hoy sede del Gobierno madrileño], me mostró su pistola, para que viera que era como las que habían usado en el secuestro, y me dijo que cuando lo denunciara, no mencionara que habían sido guardias civiles para sonsacarme la fuente de aquella información. Yo nunca se la dije porque las fuentes utilizaban pseudónimo para hablar conmigo, pero los secuestradores me hicieron firmar un papel, fechado en Guadalajara el 4 de marzo de 1976, diciendo que había sido el general Sáenz de Santa María y advirtiéndome de que si contaba lo que me habían hecho, mi mujer, de la que sabían todo, estaba muerta. Clemente Auger, que terminó siendo presidente de la Audiencia Nacional, y Jesús Vicente Chamorro, que era del PCE y llegó a ser fiscal del Supremo, me ayudaron a hacer una estrategia para impedir que pudieran usar aquel papel internamente sin revelar yo que mis secuestradores eran guardias civiles. Así que lo que denuncié fue que me había secuestrado un grupo de exaltados y que me habían hecho firmar un papel que no entendía muy bien qué decía, pero que estaba datado en Guadalajara el 4 de marzo de 1976. Aún así, cuando se enteraron de lo que había hecho, empezaron a llamar a casa amenazándome de muerte y me pusieron escolta 24 horas. Estaban furiosos por no haber podido echar a Sáenz de Santa María, pero yo me alegro mucho de eso porque después él tuvo un papel clave en la defensa democrática el 23-F. Años después, en 1983, estaba en EL PAÍS, de cierre, y me llamó una amiga: “Tengo los nombres de los que te secuestraron”. Le dije que prefería no saberlo. Imaginaba que nadie los habría investigado, que habrían ascendido…
P. ¿Algún caso le ha conmovido especialmente?
R. Tengo uno grabado desde que pasó. Un estudiante de 19 años estaba haciendo una pintada que decía “Pan, libertad y trabajo”; apareció un guardia civil y le atravesó la garganta con un fusil. El gobernador civil lo tapó todo, dijo que el guardia tropezó y que se le había disparado el arma. Se llamaba Roberto García Calvo y años más tarde el PP lo promovió para ocupar un puesto en el Tribunal Constitucional. Que alguien que tapa crímenes terminara ahí duele. ¿Cómo va a impartir justicia alguien así?
P. ¿A qué estamento cree que le costó más la transición a la democracia?
R. Al judicial, que aún no la ha hecho del todo. Hay casos escandalosos que hunden el prestigio de la justicia, como el del juez Peinado y tapan el buen hacer de los demás. Apuesto a que la Audiencia Provincial declarará a Begoña Gómez inocente.
P. ¿Qué le parece que le haya retirado el pasaporte a la esposa del presidente del Gobierno con el argumento de que hay riesgo de fuga porque los policías que la escoltan pueden ayudarla a escapar?
R. Es un esperpento. La Policía podría querellarse contra él por injurias.
P. ¿Y qué opina de las acusaciones contra el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero?
R. Tuve poco trato con él. Si lo que dicen los autos es cierto, me parece más tonto que malo.
P. Cuenta que su revista, Doblón, era amenazada de secuestro casi una vez al mes. En una ocasión la salvó Juan Carlos I. ¿Le sorprendieron los piropos que dedica al dictador en sus memorias?
R. Yo le estaba agradecido porque nos salvó un par de veces con la revista, pero ha tenido muy mal envejecer y es una pena. Le está haciendo mucho daño a su hijo, que lo está haciendo muy bien. No tenía ninguna necesidad de defender a un dictador porque ya habíamos ayudado a lavar su imagen con el 23-F, que tardó seis horas y pico en hacerlo bien, pero lo hizo bien. Él organizó la caída de Adolfo Suárez y alimentó al general Armada en los momentos previos. Pero el 23-F yo estaba en la redacción de EL PAÍS y llamé a los banqueros. Uno de ellos me contó que, después de los tiros en el Congreso, su mujer había ido a buscar a su hija a las extraescolares del colegio y que allí estaban las infantas, Elena y Cristina. Un padre que va a dar un golpe de Estado violento no manda a sus hijas al colegio.
P. ¿Cómo fue ese día en el periódico, que sacó varias ediciones? ¿Ganaba la adrenalina o el miedo personal a lo que podía venir?
R. Yo me hubiera tenido que exiliar, pero en esos momentos no piensas en eso. Vivirlo en la redacción fue apasionante. El corazón te salía por la boca y éramos todos uno.
José Antonio Martínez Soler, el pasado viernes, en el salón de retratos del Ateneo de Madrid.SAMUEL SÁNCHEZ
P. Fue también en Doblón donde publicó la primera foto de Felipe González, Isidoro, con los ojos tapados, cuando el PSOE aún no era un partido legal. ¿Imaginaba que algún día le escucharía decir que no votará al PSOE si el candidato es su actual secretario general?
R. Nunca imaginé que me iba a desenamorar tan duramente de Felipe, pero ha hecho todo lo posible para que nos alejemos de él. Era muy simpático, cautivador y muy valioso, como Suárez. Hizo muchas cosas buenas, pero tenía una imagen de sí mismo muy alta y muy baja de sus colaboradores. Los usaba y cuando creía que dejaban de servirle los echaba a la cuneta, cosa que Guerra [Alfonso] nunca hizo. Le he hecho muchas entrevistas. Era muy pillo y yo le tenía mucha simpatía y cariño, igual que a Suárez. Después del secuestro me mandó una carta. Si le veo hoy, le doy un abrazo, pero me da pena lo mal que ha envejecido. Creo que no se adaptan a que los guardias dejen de dar el taconazo cuando pasan, a que deje de sonar el teléfono, a esa pérdida de estatus…
P. Si volviera a entrevistarle ahora, ¿cuál sería su primera pregunta?
R. ¿Qué te ha pasado, Felipe?
P. ¿Qué opina de la expresión “régimen del 78″?
R. Me horroriza. Mi hijo pequeño acampó en Sol en el 15-M. Cuando le preguntaba contra qué protestaban, decía: “Contra todo”. Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero empezaron a decir que la Transición era un fraude. No tienen ni idea de lo que fue aquello. Como decía Sartorius [Nicolás, cofundador de CCOO encarcelado en el proceso 1001]: “Si los toros no tuvieran cuernos, yo sería torero”. Fue sangrienta, no fue ejemplar, pero no fue un fraude. Se hizo lo que se pudo. Pero han pasado 50 años y no de todo tienen la culpa papá y mamá. Quedan muchas asignaturas pendientes, muchos problemas sin resolver, pero ya no es culpa del régimen del 78. El régimen del 15-M ahora son cuatro diputados.
P. ¿Y alguna vez pensó que España iba a llegar al 50 aniversario de la muerte de Franco con chavales grabándose en redes sociales cantando el Cara al sol y un partido político diciendo en el Congreso que la dictadura fue un periodo de reconciliación y progreso?
R. No. Pero ahí la culpa es nuestra por no haber contado a nuestros hijos qué fue la dictadura; por no explicarles que la libertad es como el oxígeno: lo valoras cuando te falta, cuando te ahogas. Un día pasé por Ferraz [la calle madrileña donde se encuentra la sede del PSOE] y vi a un grupo de chavales cantando el Cara al sol. Al volver a casa se lo conté alarmado a mi hijo y él me respondió que en su colegio nunca le habían contado nada de la dictadura y me afeó que yo tampoco. Le dije: ‘Pues vamos a contarlo’. Y de ahí salió el libro Franco para jóvenes. Ahora estamos terminando La transición para jóvenes. Dicho eso, la mayoría de chavales no son nostálgicos de la dictadura. Lo de Vox me sorprende menos. Cuando muere Franco y ven la movilización ciudadana se meten en su cueva, que era la de Fraga [Manuel, exministro franquista y fundador de AP], por miedo a la revancha. Han estado escondidos, pero ahí. Empiezan a salir a partir del bulo del 11-M, cuando se estropea la alternancia pacífica de una democracia porque empiezan a decir que Zapatero no es un presidente legítimo. Ahora a Sánchez lo llaman “okupa” de La Moncloa. Eso dio ánimos a esta gente. Tampoco es algo específico de España, es una ola internacional y un ciclo que espero que pase pronto.
P. Le despidieron de TVE después de una entrevista a José María Aznar. The New York Times publicó un artículo en su defensa. También Financial Times escribió sobre su despido. Usted demandó al ente y ganó el juicio.
R. Yo estaba de corresponsal de TVE en Nueva York y me trajeron a Madrid para entrevistar a los candidatos en las elecciones de 1996. A Aznar no le gustó la entrevista y me echaron. El comentario del Financial Times se titulaba “Costumbres españolas” y decía: “Cuando Martínez Soler criticaba a Franco, lo secuestraron y lo torturaron. Ahora con Aznar solo le despiden. Eso es progreso”. Con la indemnización me compré un coche y luego fundé 20 minutos. Mi hijo lo llama “la beca Aznar”.
P. Luego le contaron que Miguel Ángel Rodríguez, secretario de Estado de Comunicación de Aznar, hizo una ronda de llamadas para que nadie lo contratase. Hoy es jefe de gabinete de la presidenta madrileña y está siendo investigado por revelar datos de dos periodistas de EL PAÍS a los que acusó, además, de haber cometido un delito. ¿Sigue habiendo venganzas políticas contra la prensa?
R. Quieren generar un ambiente de miedo para que la gente no se atreva a informar de ciertas cosas. Esa ha sido una práctica habitual de la extrema derecha porque el terror es muy eficaz. A Miguel Ángel lo conozco muy bien y no me sorprende lo que hace. Es un mentiroso, pero muy práctico. Es mala persona, pero no es tonto.
P. ¿Y qué cree que dice del país y del sistema que, tantos años después de que Rodríguez presionara a medios de comunicación para que no le contrataran tras su despido de TVE, siga ejerciendo esa intimidación sobre periodistas?
R. Nunca ha dejado de hacerlo. Tiene éxito en el tinglado que ha montado y es impune. Eso habla de todo lo que queda por hacer.
P. Ha cambiado muchas veces de medio. Dice que cuando le faltaba oxígeno, buscaba otro sitio. ¿Qué le quitaba ese oxígeno? ¿Cuál es la termita de la vocación?
R. El oxígeno es sinónimo de libertad. No soy ningún valiente. Que mi esposa fuera corresponsal de prensa norteamericana me ayudaba cuando necesitaba cambiar de empleo con el mínimo riesgo para alimentar a nuestros hijos. En cuanto a las termitas, la pérdida de curiosidad diluye la vocación periodística y la pérdida de la pasión por la verdad sobre los hechos la mata. Eso y el exceso de opinión son las termitas del periodismo.
P. Hoy se habla mucho del “sesgo confirmatorio”, cuando la audiencia busca reafirmar sus propias ideas antes que informarse. ¿Eso lo ha provocado la oferta o la demanda? ¿Algunos medios de comunicación o su audiencia?
R. A mí en general no me gustan las tertulias, la opinión. Soy periodista, me gusta la información. Antes y ahora hubo y hay tres tipos de periodistas: los de pesebre, los de trabuco y los de verdad. Los de pesebre se alimentan de lo que les echan para comer; los de trabuco te amenazan para sacarte algo y los de verdad son gente honrada, hay muchos, pero los otros hacen más ruido y mucho daño. Lo importante es educar a la gente para que tenga sentido crítico, para que sepa diferenciar los hechos de las opiniones, y eso se hace en la escuela. Las redes son una taberna muy grande, pero si sabes distinguir es más difícil que te engañen. Aun así, el periodismo es mucho mejor que en mis tiempos, aunque hay muchos medios desprestigiando la profesión.
El periodista José Antonio Martínez Soler, el pasado viernes, en el Ateneo de Madrid.SAMUEL SÁNCHEZ


