Ya he visto mi libro (LA PRENSA LIBRE NO FUE UN REGALO) y lo he tocado. ¡Qué emoción! Concebido durante el confinamiento por la pandemia del COVID, ha tenido un parto feliz. Soy un hombre con suerte ya que el papel para imprimir libros, por la guerra de Putin y la crisis del COVID, es hoy muy escaso y caro. Mañana estará en las librerías y el sábado 4 de Junio (y no el 11) lo presentaremos al público de la Feria del Libro de Madrid, en la caseta 67 (de Marcial Pons) de 19.00 a 21.00 horas. Allí me encontraréis para repartir firmas y abrazos, si se tercia.
Hace unos días anuncié precipitadamente en las redes la salida de mi libro con un video muy profesional, producido por Goat Knight. Al escribir el rótulo, cometí una errata imperdonable en el apellido de mi chica (awestley.com), Después de convivir con ella 53 años casado por la iglesia y 1 en pecado, ¿cómo es posible que cometiera yo esa errata?. Lo siento. Los de Goat Knight me lo han arreglado, con primor, antes de que ella se enterara. Por eso, copio y pego aquí el video bueno que ya he puesto en mi canal de youtube y que pasaré a mis amigos por whatsapp. Desde luego, como decimos en mi hermoso oficio, «las erratas son las últimas que abandonan el barco».
Ahí va el enlace al video de presentación del libro de un minuto y pico.
Si te interesa, por favor, ¡pásalo! Gracias, amiga o amigo.
Estoy tan contento por la primera crítica recibida hoy nada menos de que mi comadre, y enorme periodista, Ana Cañil, que voy a copiar y pegar el tweet que ha publicado tras recibir el libro. Quien lea el libro comprobará lo presumido que soy. Por algo, Manuel Saco, mi hermano por adopción, ha pulido mis borradores y ha desinflado mi vanidad a límites que espero sean soportables por el lector comprensivo y benevolente. Por algo, digo yo, el narciso es mi flor favorita.
Mi comadre Ana Cañil celebra mi libro
Naturalmente, he corrido a darle las gracias.
Mi comadre no es objetiva, pero ¡gracias!
También la Asociación de la Prensa de Almería me anima en las redes. Gracias.
Mis paisanos de la prensa me animan.
Esta es la portada del libro
Esta es la información que Marcial Pons, una editorial boutique de muchas campanillas, ha distribuido sobre mi libro de memorias profesionales (y algunas personales)
Dos veces durmió el dictador en el palacio Fischer, detrás de mi casa: en 1956 y 1961. Como si fuera un santo, el generalísimo Franco entró bajo palio en la Patrona. Cuento estos recuerdos en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es
https://bit.ly/3yREQMr
Franco durmió en mi barrio, hoy en La Voz de Almería
Almería, quién te viera… (24)
Franco durmió en mi barrio
J. A. Martínez Soler
Entre el Hoyo de los Coheteros y la
Rambla, entre dos cuevas inmensas, había un palacio espléndido. ¡Qué contraste! Era el Cortijo Fischer. Había pertenecido a un cónsul de
Dinamarca, pero cuando yo vi pasar a Franco por mi barrio, vivía allí Ramón Castilla Pérez, un señor
muy bajito, con gafas oscuras y gran bigote. Era el gobernador civil y jefe
provincial del Movimiento (el partido único procedente de Falange) a quien conocí
años más tarde como empleado menor de Campsa.
Los niños soñábamos con entrar algún día, incluso a escondidas, en aquel
palacio. Una tarde, yo tenía 9 años, casi lo conseguimos. Saltamos la tapia más
baja y nos colamos en el jardín. Avanzamos bastante ocultándonos tras los
troncos de enormes ficus y algunos arbustos. Los “grises” de la Policía Armada nos
descubrieron y nos echaron a voces, sin necesidad de desenvainar sus porras.
Como la pandilla de Guillermo Brown (“Los proscritos”), queríamos comprobar si eran ciertas las
leyendas oídas en mi barrio sobre los tesoros que se guardaban allí de los
antiguos dueños, unos ricos extranjeros que exportaban la uva “de barco” de Almería,
en toneles de madera, al mundo entero.
El edificio, por fuera, era imponente.
¿Cómo sería de lujoso por dentro? Debía de ser espectacular pues allí durmió el
mismísimo Franco cuando vino a Almería el 1 y 2 de mayo de 1956. En la prensa y
en los carteles le llamaban generalísimo Franco o “Caudillo”. Un pelotas del Régimen
escribió entonces que Franco era como Carlos V (“otro Caudillo español del
siglo XVI”)
Colocaban su foto, de tamaño enorme y
vestido de militar, por todas las calles por donde pasaba, con el texto “Viva Franco”, “Almería saluda al Generalísimo”, “Almería con el Caudillo”. También
habían colocado pancartas y pintadas reclamando “Más agua”, “Más árboles”. Me
recordaban las rogativas a la Virgen para que lloviera.
Mis padres, vencidos por Franco en la
guerra civil, nunca le dieron el título de “generalísimo” a ese general que, como los oí decir
alguna vez, sin que me vieran, “dio un golpe de Estado contra la República”. ¿Nunca, nunca? Si lo pienso,
quizás, alguna vez le dieron el tratamiento de “caudillo” en público. Por si acaso. Los
años del miedo.
En familia nunca los oí hablar bien de
Franco. Cuando hablaban mal lo hacían en voz baja y lejos de los niños. Pronto
supe que lo hacían para
protegernos. “Por si nos íbamos de la lengua”,
decía mi madre, tan previsora. No querían correr el riesgo de que repitiéramos
en nuestros colegios de pago cosas inconvenientes escuchadas en nuestra casa.
Por lo visto, muchos de los padres de nuestros compañeros de colegio habían
ganado la guerra. Otros, no. Durante el nazismo de
Hitler, aliado de Franco, y el comunismo de Stalin, enemigo de Franco, todos
dictadores autoritarios, algunos niños denunciaron a sus padres. Un sistema
cruel que usaba el miedo para destrozar familias. También era sabido que, cada
vez que se anunciaba la visita del dictador, la policía hacía redadas
temporales de sospechosos de poca adhesión a la Dictadura. En tiempos de
Fernando VII, el rey felón que mandó fusilar en Almería a Los Coloraos,
condenaban a quienes mostraban “escaso fervor en el aplauso”.
Pronto me percaté de que teníamos dos lenguajes: el privado y el público, el real y el
oficial. Éramos pequeños, pero no tontos. Esa lección la memorizaría de
maravilla durante los nueve años que pasé en colegio La Salle. Allí me quedó
claro que los frailes habían ganado la guerra que ellos llamaban “Cruzada”. Mis
padres y mis tíos (no todos, pues yo tenía un tío de Falange) la habían perdido. Vaya
lío.
En vísperas de la segunda visita del Caudillo a mi tierra y de
su paso por la Calle Ramos, esquina al barrio de la Caridad, para dormir en el
Cortijo Fischer, vimos mucha actividad por la zona. Albañiles y paletas
construían, a toda prisa, tabiques provisionales y enclenques, hechos con cañas
y yeso o escayola, para que Franco no viera las chabolas de los pobres ni los
solares abandonados llenos de basura y miseria.
Como si fuera un santo, el generalísimo Franco entró
bajo palio en la Patrona. También le llevaron a las minas de Rodalquilar donde
vio fundir un lingote de oro almeriense. Todo eso lo vimos -cómo no- en el NoDo
Ese mismo día, en mi calle, celebramos
“las mayas”, niñas engalanadas y pintadas, sentadas en un trono, para las que
pedíamos “una perrica pa la maya, por favor”. Por la noche, celebrábamos las
cruces de mayo. La mejor del Distrito Quinto era, sin duda, la del electricista
de la calle Restoy que lucía un montón de bombillas de colores que, de niño, me resultaba fascinante.
El día 3 de mayo, con Franco camino de
Granada, tumbamos a patadas las endebles tapias falsas de mi barrio. Mucho más
tarde supe que lo de tapar la miseria no era solo cosa del dictador español.
Por ejemplo, la zarina de Rusia, Catalina la Grande (a la que, por lo visto,
quiere imitar ahora el sangriento Putin), viajaba precedida de una tropa de
sirvientes que colocaban decorados a ambos lados del camino imperial para que
la emperatriz de las todas las Rusias no viera la pobreza del pueblo.
Mucho
más trabajo costó a los falangistas almerienses la demolición del Monumento a
Los Coloraos (fusilados por Fernando VII en 1824). No pudieron tirarlo a patadas.
Seguramente confundieron “coloraos” (el color de las chaquetas británicas que
vistieron en Gibraltar los liberales en el siglo XIX) con los “rojos” de la
guerra civil del siglo XX. La razón para demoler ese símbolo excelso de la
historia de nuestra tierra reza así en un documento de marzo de 1943, dos meses
antes de la visita de Franco: “Orden de demolición del monumento a los
Coloraos, “…porque lucharon contra nuestras sagradas tradiciones, obedeciendo a
consignas extranjeras…”. Quizás viene de ahí la manía que el PP le tiene al
Pingurucho.
En esa
fecha había más de 45.000 españoles de la División Azul de Franco luchando
junto a Hitler con uniforme alemán. Un año antes, el 11 de agosto de 1942, ocho
almerienses fueron fusilados en la tapia del cementerio, condenados por
repartir un folleto (“el parte inglés”) con noticias de la BBC. Ese era el
ambiente de entonces.
Afortunadamente,
con la llegada de la Democracia (y la ayuda del mármol de Macael) pudimos
reconstruir el Pingurucho en la Plaza Vieja donde en 2024 celebraremos por todo
lo alto el bicentenario de los asesinatos de los mártires por la libertad por
orden del rey felón.
Dos
veces durmió el dictador en el palacio Fischer, detrás de mi casa: en 1956 y
1961. En cambio, cuando vino por primera vez a Almería, el 9 de mayo de 1943,
durmió en otro palacete privado que está en la plaza Circular: la espléndida
casa de los González Montoya.
El 16 de julio de 2010, le rendí una visita
de cortesía a doña Paquita,
viuda de José González
Montoya, en su espléndido chalé vasco. Quise
agradecerle su compromiso con la conservación y mejora del Parque Natural Cabo
de Gata-Níjar que yo presidía entonces. Me mostró su casa señorial. “En esa
cama durmió Franco con
doña Carmen”, me dijo,
no sin picardía, bajando un poco la voz y dándome un codazo cómplice,
al mostrarme el dormitorio principal. Nos miramos y ambos, a la vez, soltamos
una carcajada.
Su marido,
contrario al desarrollo inmobiliario de su finca, la había reservado para sus
cacerías. Doña Paquita mantuvo virgen el Cabo de Gata y, en su testamento,
cedió el palacete donde durmió el dictador al Ayuntamiento de Almería para sede
de un Museo. Me gustó conocerla. A punto de cumplir los 100 años, había
evolucionado. Como tantos almerienses.
Con 16 años y mi mochila a cuestas, fui paseando por la Kaiser Strasse, de Fráncfort. Mi primer viaje, solo, al extranjero. Iba muy excitado y nervioso. Mirándolo todo. Anochecía. Todo estaba repleto de letreros luminosos en alemán. Yo solo sabía un poco de francés. Canturreaba para engañar al miedo que tenía en el cuerpo. Lo cuento hoy en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es
De niño, solíamos lanzar piedras a los gatos que abundaban por las calles, los solares abandonados y los terrados de las casas. Darle una pedrada a uno de ellos, a ser posible en la cabeza, merecía el aplauso de los demás. Me horroriza recordarlo y reconocerlo. Ahora duermo con mis gatos. Hoy lo publico en La Voz de Almería y en este blog.
Ramón Lobo, un abrazador que reparte toneladas de ternura y adarmes de tristeza, se pregunta: “¿Qué fue del niño soñador que fui?”. Aquí lo tenéis, negro sobre blanco, en su último libro (Las ciudades evanescentes), con palabras bien elegidas y mejor juntadas, en un texto de buena calidad literaria que rezuma un cierto “miedo durmiente” endulzado por su humor británico por parte de madre. Con ellas se desnuda y nos desnuda, a partir de las causas posibles y las consecuencias previsibles de la Gran Pandemia y del Gran Confinamiento. Se retrata a sí mismo, sin tapujos, y nos retrata a muchos de nosotros, más expertos que él en Al taqiyya, el arte del disimulo de los árabes. Si lo sabré yo. Hoy publico mi critica en el diario La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es.
Ninguna quiebra podía rendir a mi padre, convertido, otra vez, en héroe que cae y se levanta, cae y se levanta. Un día nos dijo: “Ya lo tengo. No más obras públicas con las que solo ganan los ladrones o quienes tienen buenos enchufes con el Régimen”. Recuerdo un proverbio suyo de entonces: “De contratista a ladrón/ no hay más que un escalón/ y es tan bajo/ que lo salta un escarabajo”. Y nos lanzó su nueva idea: “Ya que tienen agua, ahora es el momento de vender los plásticos para construir invernaderos. Es el paso siguiente a las acequias que hice en el Campo de Dalías.” Hoy lo cuento en mi blog de 20 minutos y en el diario La Voz de Almería.
Aunque solo soy un aficionado, reconozco que, por muy malas que sean, me gusta presumir de mis tallas en madera.
Los amantes de Burdeos, mi talla en madera de fresno, en manos de sus destinatarios.
La primera vez que asistí al taller de tallasmadera.com en Bellas Artes Coronado fue al día siguiente de mi jubilación en el diario 20 minutos. Tenía ganas de hacer algo con mis manos. «Pensar con las manos», dice Pedro Sanz Labajos, director de la Escuela de Arte La Palma. Mis clases con la maestra Sandra Krysiak han resultado ser una buena terapia, una cura de autocontrol, paciencia… y humildad (que tanta falta me hacía, después del éxito de 20minutos). Una terapia más barata que cualquier siquiatra. Lo recomiendo.
La presentación del libro «Los amantes extranjeros» de Ana R. Cañil se ha colado hoy en mi serie de recuerdos de infancia de La Voz de Almería con el número 17.. La actualidad manda. Ana R. Cañil, cargada con los libros de estos “amantes extranjeros” en su mochila, nos ofrece un excelente reportaje, salpicado de citas, casi eruditas, que reparte, con gracia y frescura, como si condimentara la esencia de lo español con sal y pimienta, azafrán y pimentón, incluso con algo de azúcar. El libro gusta y duele, pero nos ayuda a conocernos. “Sarna con gusto no pica”, amigo Sancho. Ahí va mi critica del libro. Lo recomiendo.