A mis padres les separaba el agua. En Tabernas, el agua, y no el tiempo, era oro. Por eso, mi padre quería convertir el desierto en oasis. Fue su ruina. Lo cuento hoy en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es.

A mis padres les separaba el agua. En Tabernas, el agua, y no el tiempo, era oro. Por eso, mi padre quería convertir el desierto en oasis. Fue su ruina. Lo cuento hoy en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es.

«Cada hombre es hijo de sus obras». Eso aprendí de Sancho Panza. ¡Qué razón tenía!Siempre que, por obligación, tengo que vestir de esmoquin o de frac me vienen a la mente dos recuerdos. Uno alegre y otro doloroso. Hoy cuento estos recuerdos en el diario la Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es.

https://bit.ly/3qme1Lk
Este es el artículo 14 de la serie “Almería, quién te viera…” publicado hoy en el diario La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es. Copio y pego el texto en word para que puedan leerlo los jubilados incluso sin gafas.
Si miramos al futuro con las luces largas, nadie podrá llamarme loco por proponer hoy, en plena guerra, que Ucrania y Rusia entren, el mismo día, en la Unión Europea… naturalmente sin Putin. Basta con que ambos países hermanos firmen la paz y acepten las reglas de la democracia europea. ¿Acaso Gogol y Dostoyevski no son tan europeos como Cervantes, Moliere, Dante o Goethe?
¿Acaso se odian más los ucranianos y los rusos que lo que se odiaban los franceses y los alemanes en plena II Guerra Mundial?
Recuerdos de mi infancia y juventud en el diario La Voz de Almería y en este blog de 20minutos.es
Serie: Almería, quién te viera…
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9.- Malos tratos
Malos tratos, el pan nuestro de cada día
Los malos tratos a mujeres y niños estaban a la orden del día. Como homenaje a mi hermana, que luchó toda su corta vida por la igualdad de género, el diario La Voz de Almería incluye hoy una foto de ella recogiendo el Premio Meridiana que le otorgó a Junta de Andalucía. Para mí, esta … Sigue leyendoMalos tratos, el pan nuestro de cada día
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https://blogs.20minutos.es/se-nos-vio-el-plumero/
En plena pandemia, Encarna Samitier, directora del diario 20 minutos y de 20minutos.es, me pidió que resucitara mi viejo blog «Se nos ve el plumero» que abandoné, prematuramente, en cuanto comencé a disfrutar de mi feliz jubilación. Para hablar de asuntos de actualidad, con la mirada puesta en el el retrovisor, Melisa Tuya, la redactora jefa, me sugirió cambiar el tiempo del verbo «Se nos ve» por «se nos vio». Y aquí está el enlace al nuevo blog. Que os aproveche.
Gracias.
Ha nacido Goat Knight, una estrella de la televisión y el diseño.
Mis niños Erik Martínez Westley y Elena Ogorodova (mudanza de Hollywood a Madrid) han puesto en marcha esta nueva empresa (“El caballero de la cabra”). “Climb higher” (“Subir más alto”), dicen ellos. Y les creo.

Elena concibió el logotipo y yo lo he tallado en madera de tilo. Con mi taller húmedo y frío, mi chica (Ana Westley) me ha permitido tallar en la cocina (¡!) y mi maestra en tallasmadera.com.

Diréis, con razón, que las letras son una chapuza.

Es cierto. Yo soy de Ciencias. Pero ahí está la talla terminada, firmada y entregada para gran sorpresa de los fundadores de la empresa. He tallado el logotipo con tanto cariño que les traerá suerte. Después de tallarles su tabla de compromiso para cortar el pan, esta es la segunda obra que les dedico. ¡Enhorabuena, Elena y Erik!
Miércoles, 16 de septiembre de 2020
De niño, coleccionaba piedras raras. ¿Quién no? Pequeñas y medianas. Las grandes rompían mis bolsillos, convertidos en museos del reino mineral. Las recogía en las orillas del mar o en las ramblas secas por donde debía pasar el agua cuando saliera el río. Eran cantos rodados de un solo color o de muchos colores, lisos y con vetas. Cuando las mojaba, pulimentadas por el arrastre, lucían un brillo espectacular. Luego, me pasé a coleccionar monedas del mundo y abandoné las piedras. Hasta hoy.
Sentado en la terraza del Bar Pepe Botella (en honor irónico de un rey abstemio), en la plaza del 2 de mayo de Madrid (justo detrás de la Escuela de Arte La Palma), me he reencontrado hoy con las piedras. Sandra Krysiak, mi maestra en tallasmadera.com, me había prestado un libro gordo, con fotos y gráficos, titulado “Escultura en piedra”, de Cami y Santamera (Parramón Ediciones).

La curiosidad mató al gato. Para matar el tiempo (¡qué paradoja!, pero si es el tiempo el que nos mata a nosotros), me puse a leerlo. Y me enganchó. Me devolvió a mis paseos infantiles por el rompeolas de las playas de la Rumina (mi casa en Mojacar, Almería) y, en ese momento, lamenté haber perdido mi colección de piedras. Ahora, con este libro, casi enciclopédico, podría identificarlas. Incluso, ponerles nombre. Su nombre auténtico, científico. Darles otra vida. Las piedras sin nombre no son nada. Son del montón, como si no existieran. Sin embargo, como los seres humanos, no hay dos piedras iguales.
Aquí están su nombres y apellidos:
Silicatos: sílices (granito, cuarcitas, arenisca) y feldespatos (basalto, grabo)
Carbonatos: cristalizados (diamante, grafito), amorfos (de organismos vivos) y petrificados (caliza, alabastro, mármol, travertino).
También se identifican por sus orígenes como ígneas, sedimentarias o metamórficas o bien por su peso específico, su dureza, su tenacidad y su labrabilidad. Ya me estoy aficionando al mármol, sobre todo al blanco de Macael (Almería). La dinastía nazarí lo utilizó en la Alhambra. Y yo, en el suelo de mi casa.
Desde el primer día de mi jubilación, estoy apuntado a las clases de talla en madera. Voy progresando adecuadamente. Me gusta. La madera, con sus vetas y sus anillos, te habla. El nudo te grita. Por muy dura y noble que sea, la madera es dócil a la gubia, al formón y a la maza. Puedes hacer maravillas con ella. Pero ¿la piedra?
“Menos da una piedra”, me decía mi abuela Dolores. En cambio, el banquero Alfonso Escámez, que empezó de botones, me enseñó una forma de doblegar a las piedras. “Dádivas quebrantan piedras”, me decía, muy socarrón. Veo que, según este libro, también se quebrantan, se dominan, con cincel, gradina y maza. ¿Sería yo capaz de hincar el diente a la piedra, materia tan rebelde y dura, con los conocimientos y técnicas adquiridos en las clases de talla en madera?
Curiosamente, como si de una premonición se tratara, las primeras líneas de este libro pertenecen a san Juan de la Cruz, mi poeta favorito:
“Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están escondidas;
y allí nos entraremos
y el mosto de granada gustaremos”.
Tras esta cita del mayor místico del mundo, ¿cómo no seguir leyendo? Cobarde, como soy, el índice del tomo me asustó: talla directa, plantillas, cuadrícula, puntódromo, tres compases… ¡Madre mía! Luego leí nombres de escultores que han dejado su huella pétrea en la historia del hombre: Miguel Ángel, Bernini, Rodin, Brancusi o Moore. Me reanimé.
Atribuyen a Buonaroti haber dicho que su Moisés estaba oculto dentro del bloque de mármol de Carrara que había elegido en la propia cantera. Lo único que había que hacer era quitar el material sobrante para que su Moisés emergiera a la luz. O sea, “quitar para construir”. Amaestrar la piedra. ¿Obedece la piedra las órdenes del escultor o se resiste, con frecuencia, fiel a su propia ley natural, marcada durante milenios por su orden de nacimiento y crecimiento? ¿Quién se atreve a contrariar a las piedras? Los artistas, capaces, como Dios, de crear algo desde la nada. ¿Quién si no?
El escultor Cami dice que la memoria del mundo está en las piedras. Y éstas se ríen de las modas. Ahí están los dólmenes, menhires y obeliscos para recordarnos el instinto territorial, ancestral, del ser humano. Y ahí están, ¿por qué no?, las esculturas, ligadas al poder municipal, que adornan hoy las rotondas, tan de moda. Estatuas de los poderosos, arcos del triunfo, columnas como la de Trajano, tablas de la ley, bustos o amuletos de piedra, pirámides, monumentos funerarios… Obras labradas y pulidas en piedra para vencer al olvido, no a la muerte.
Llegó la maestra. Le devolví el libro. Le di las gracias.

Con un homenaje entrañable, el “Colectivo Juan de Mairena” celebró ayer en Barcelona la vida y la obra del historiador Gabriel Jackson, el sabio bueno, íntegro y generoso que nos reconcilió con nuestra historia. Ha sido la primera señal de gratitud de un grupo de españoles hacia el hombre que tanto nos dio durante sus 98 años de vida, 25 de los cuales los pasó en España.

No nos extrañó que ni la prensa española ni las instituciones públicas se hicieran eco del homenaje, tan merecido, para quien tanto hizo por limpiar de mitos falsos nuestra historia reciente, desvirtuada por los palmeros franquistas. Excepto un diputados socialista (del PSC), ningún otro representante del pueblo acudió al homenaje. Nadie del Ayuntamiento de Barcelona (donde se jubiló y vivió 25 años) ni de la Generalitat de Cataluña. Gabriel Jackson aún no tiene una calle con su nombre el la ciudad condal, su ciudad de adopción.


Excepto el diario El Pais, donde Jackson divulgaba sus análisis, que publicó obituarios de sus discípulos, los demás medios apenas dieron la noticia de su muerte hace tres meses. Sin embargo, en las redes sociales hubo un aluvión de muestras de gratitud personal hacia Jackson por aquellos que , en su juventud, habíamos leído su libro, ya clásico, sobre «La República Española y la guerra civil».

Él fue el precursor que nos abrió los ojos, nos descubrió otra España y, en la oscuridad de la Dictadura, nos permitió sentirnos orgullosos de ser españoles. Quienes leímos su libro, no superado ni desmentido por los más de 5.500 publicados después sobre la II República, estaremos siempre en deuda con él.

Esa gratitud y esa deuda fueron destacadas en el escenario por personajes notables como, por ejemplo, Angel Viñas, Francesc Carreras, Gonzalo Pontón o Carmen Negrín, nieta del que fue presidente del Gobierno en la II República. Eso reconocieron también, en sus cartas de adhesión, discípulos tan distinguidos como José Álvarez Junco o Juan Pablo Fusi.



El acto, que duró tres horas y media, se me hizo corto. Constaba de tres partes: la persona, el académico y el activista. Y estuvo animado por cortes de video de entrevistas grabada a Jackson. Fue emocionante ver al maestro, al amigo, defendiendo sus verdades, «la verdad de cada uno». Contrario a ciertas «equidistancias injustificables», Gabriel Jackson, «Gabe» para los amigos, decía lo que pensaba. Por eso, intelectuales de alquiler huían de él como del diablo. Miembro de una familia judía del Este de Europa se fue a Estados Unidos y se salvó del Holocausto nazi, Gabe criticó abiertamente los nacionalismos. «No tienen razón de ser», nos decía. Luchaba contra los falsos mitos:
-«Los vascos y los catalanes son privilegiados, no víctimas».
Era un intelectual entero, austero, sencillo y humilde, comprometido siempre con causas nobles. Nadie le callaba. Quizás, por eso, cuando Jordi Pujol, el ex honorable y presunto delincuente, le llamó a su despacho de presidente de la Generalitat, no se mordió la lengua. El golfo de Pujol le cortó en seco y le despidió con descortesía. Le dijo:
-«Márchese. No le he llamado para escuchar su versión de Cataluña sino para contarle yo la mía».
Como hombre de izquierdas, tampoco ocultó su decepción cuando observó a socialistas catalanes arrimándose a ciertas tesis de los nacionalistas de las que él discrepaba abiertamente.
Gracias a sus investigaciones, libros, artículos y conferencias, Gabriel nos deja un legado inmenso de enorme impacto para nosotros y para las generaciones venideras. Pero, sobre todo, nos deja una vida ejemplar digna de ser imitada. Los interrogatorios y amenazas del FBI para que denunciara a sus colegas izquierdistas durante la guerra fría no le doblegaron. Gabriel Jackson, como nuestra Mariana Pineda, se negó a declarar y sufrió la consiguiente persecución y castigo del macartismo norteamericano.
Celebró nuestra transición pacífica de la Dictadura a la Democracia. Le vi contento con lo que el llamó una «cambio positivo». El 9 de abril de 1977, el mismo día que el presidente Adolfo Suárez había ordenado la legalización del Partido Comunista, se emocionó de tal modo que decidió jubilarse y vivir en España. En 1995, el Gobierno de Zapatero le concedió la nacionalidad española. Le vi emocionado.
Fue un científico social notable, un historiador honesto, una persona alegre, optimista, cabal, cordial , sencilla, pero rica en matices y, en el sentido machadiano, fue un hombre bueno.
¡Qué suerte y qué honor haberle conocido!

Gracias a Martín Alonso y a todo el Colectivo Juan de Mairena. También yo estaré siempre en deuda con él. Y con vosotros, por este cariñoso, conmovedor y generoso homenaje a mi maestro, a mi amigo.