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Emocionante homenaje póstumo a mi hermana Isabel

El 6 de mayo de 2016 se inauguró esta biblioteca con el nombre de mi hermana.

El 6 de mayo de 2016 se inauguró esta biblioteca con el nombre de mi hermana.

Comprobar que mi hermana, pionera de la Red de bibliotecas escolares, era tan querida y valorada por sus pares fue un autentico alivio para el dolor que aún nos causa su perdida. No cabía un alma más en la “Biblioteca Isabel Martínez Soler”, inaugurada ayer (6 de mayo de 2016) en el Centro de Profesores (CEP) de Almería.

En un país como el nuestro, tan tacaño en reconocer públicamente los valores y la generosidad de sus mejores compatriotas, el acto tan simbólico de ayer tuvo para mi un efecto ciertamente balsámico.

Curtido en mil actos públicos, ante micrófonos y cámaras por medio mundo, apenas pude controlar ayer mis emociones. Con unos tragos de agua, me quité los nudos de  la garganta. Menos mal que llevé algo escrito, como base de mi intervención. No se cómo como pude evitar que me saltaran las lágrimas mientras hablaba. En cambio, algunos  amigos, maestros y discípulos de mi hermana no pudieron evitarlas.

La delegada de Educación de la Junta de Andalucía, Francisca Fernández, inauguró oficialmente la biblioteca, el director del CEP, Sebastián López Ojeda, nos presentó el proyecto y sus planes de futuro, el profesor Juan Mata, de la Universidad de Granada, nos ilustró de maravilla sobre la relación entre educación y lectura (“son sinónimos: la educación es lectura o no es”), María José Eguiagaray nos descubrió el felicísimo discurso de Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, y Catalina Barragán (¡Ay, Cati!) nos hizo un cariñoso perfil personal y profesional de mi hermana. Fue su amiga, su jefa y su compañera de proyectos en el CEP de Almería.

Imagen de Isabel Martínez Soler, proyectada en una gran pantalla durante el acto de inauguración de la Biblioteca del CEP de Almeria.

Imagen de Isabel Martínez Soler, proyectada en una gran pantalla durante el acto de inauguración de la Biblioteca del CEP de Almeria.

Entre discursos y poemas, Andreu Marco, violoncelista de la Orquesta Ciudad de Almería, interpretó piezas emocionantes. Como inculto musical que soy, solo reconocí “El cant dels ocells” (El canto de los pájaros), compuesta por el gran Pau Casals, una de las favoritas de mi hermana. De hecho, sus notas me llevaron volando al triple funeral de diciembre de 2007. Allí tocó el profesor Nono Quevedo esa misma pieza al violoncelo. Las mismas notas, idénticas lágrimas.

Y, en eso, me tocó a mi hablar de mi hermana y de su relación con el fomento de la lectura. Estas notas, que copio y pego a continuación, fueron la base de mi intervención:

Biblioteca Isabel Martínez Soler

Muchas gracias a quienes habéis contribuido a poner el nombre de mi hermana a la biblioteca de este Centro de Profesores. Y gracias, también, a quienes nos acompañáis en este acto. Es un acto de justicia. Creo, como vosotros, que mi hermana se lo merece.

Como sabéis muy bien, su verdadera vocación, desde que llegó a este Centro de Profesores, fue propagar la afición a la lectura entre sus alumnos y sus colegas. Me consta que lo hizo con todo el cariño y la gracia de que ella era capaz.

Marca páginas con el Quijote que dibujó mi hijo David en el mantel de papel del Hospital de Torrecárdenas.

Marca páginas con el Quijote que dibujó mi hijo David en el mantel de papel del Hospital de Torrecárdenas.

Tengo marca libros de cada uno de los muchos Encuentros de Lectura, coloquios, conferencias y seminarios que ella ayudaba a organizar cada mes de mayo, por estas fechas. Contagiaba su amor por la lectura a quienes la rodeaban.

Guardo uno de esos marca libros con especial emoción. Mi hijo menor, David, de doce o trece años, dibujó sobre el mantel de papel de la cafetería del Hospital de Torrecárdenas, mientras visitábamos a mi madre, una imagen garabateada de don Quijote. Mi hermana recortó el trozo arrugado y pintarrajeado del mantel de papel y se lo guardó en su bolso.

Ante mi sorpresa, me dijo: “Podría servirnos para ilustrar algo del Ciclo de Conferencias sobre el IV Centenario de la Publicación del El Quijote que preparamos para el año que viene. Además, sin pagar derechos de autor”.

Como era una bromista de tomo y lomo, no me lo creí. Pero Isabel no daba una puntada sin hilo. En efecto, al año siguiente, el marca libros de aquellos actos cervantinos llevó el dibujo de su sobrino más pequeño.

Cuando mi hermana, mi cuñado y mi sobrina murieron en trágico accidente, yo heredé sus libros. Los leo, los acaricio, los guardo como oro en paño. Por esas páginas pasó mi hermana Isabel sus ojos, tan ávidos de conocimientos y emociones. Releo varias veces lo que ella marcaba o comentaba en los márgenes de la página. Al igual que yo hablo a la flores de mi jardín, Isabel hablaba con sus libros.

Recuerdo una visita que nos hizo cuando yo trabajaba como corresponsal de prensa en Estados Unidos. Le impresionó ver que el edificio principal de cada pueblo o aldea era la biblioteca pública.

La biblioteca iguala las oportunidades de lectura entre todos los vecinos, entre todos los profesores, entre todos los estudiantes. En casa de los pobres, no hay libros. Además, el presupuesto familiar de una familia sin medios, en paro, o con sueldo mínimo, no da para comprar libros de 20 euros.

Una biblioteca escolar o una biblioteca pública intenta nivelar las oportunidades de lectura. La maestra puede fomentar el amor a la lectura pero si no hay libros al alcance de los niños, ese amor puede convertirse en frustración.

Desgraciadamente, nuestra historia nos enseña que la lectura, durante siglos, ha sido sospechosa de herejía, pues nos provocaba el deseo de ser libres y pensar por nosotros mismos. No en vano el deporte favorito de la Santa Inquisición en España era la quema de libros. Recuerdo esta frase del Museo del Holocausto de Washington: “Se empieza quemando libros y se acaba quemando personas”.

En efecto, la lectura nos hace más libres, nos hace más críticos, nos abre la razón y el corazón a conocimientos y emociones insospechados. Mi hermana Isabel creía, como la vieja canción mágica de la tele, que “todo, todo, todo está en los libros”. Me dice Google que esa letra es de Luis Eduardo Aute. Copio y pego, en su honor, esta estrofa:

Los campos de Soria, la pampa,

la isla del tesoro, el Grial,

Romeo y Julieta, Alejandro,

Sócrates, Don Quijote, Bagdad,

lo que el viento se llevó, Granada,
Buda, Lanzarote, lord Jim,
infiernos, cielos, paraísos,
Carmen, Angélica, Beatriz,
todo está en los libros,
todo está en los libros,
todo está en los libros.

Durante unos años fui profesor titular de Economía Aplicada en la Universidad de Almería. Mi hermana me acogió entonces en su casa de Castell del Rey. Allí pude comprobar su vocación, su pasión por propagar el amor a la lectura. “Es difícil engañar a un pueblo que lee”, me decía.

A veces, Isabel y yo leíamos juntos. Nos leíamos párrafos enteros, el uno al otro. Ahora me toca a mi: mira lo que dice Keynes. No, no, es mi turno: escucha a Margarita Yourcenar. Nos intercambiábamos libros. Gracias a ellos, nos fuimos conociendo mejor. Como solo se ama lo que se conoce, también, de adultos, nos fuimos queriendo más.

En nuestra casa de la calle Juan del Olmo, muy cerca de aquí, mi hermana y yo habíamos mamado los principios éticos de nuestros padres: la lucha contra la injusticia y la lucha contra la ignorancia. Con mayor o menor éxito, nos acompañarían siempre.

Me consta que una de las injusticias que más la motivaron fue la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. En esa batalla, noble y compleja, por la igualdad de género, puso también toda su pasión. Sus méritos fueron reconocidos, incluso oficialmente, por el Gobierno andaluz.

Un año y pico antes de su muerte, la Junta de Andalucía, publicó en el BOJA una Resolución, de 24 de febrero de 2006, por la que otorgaba el “Premio Meridiana” a la maestra y socióloga Isabel Martínez Soler en reconocimiento a sus “iniciativas en favor de programas educativos, de sensibilización social y de cooperación al desarrollo”.

Este galardón, que recibió mi hermana de manos del presidente Chaves, tiene como finalidad “otorgar reconocimiento público a la labor desarrollada por personas, colectivos, entidades o instituciones que hayan contribuido y destacado en la defensa de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres”.

A título póstumo, mi hermana Isabel recibió otro reconocimiento oficial. Con motivo de la celebración del 28 de febrero, la Junta de Andalucía la distinguió con la “Insignia de Andalucía”. El diploma que acompañó a la Insignia recogía así los motivos de tal premio:

“Por su entusiasmo y firme convicción en todo aquello en lo que se embarcaba, como fue su lucha por la Igualdad de Oportunidades desde la Educación y el fomento de la lectura, ayudando a que el andaluz sea un pueblo más culto y más preparado. Por todos sus valores, que la hicieron una persona y una profesional insustituible e inolvidable”.

Estos dos premios del Gobierno andaluz le venían a mi hermana como anillo al dedo: uno, por luchar contra esa grave injusticia que es la desigualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, y dos, por luchar contra la ignorancia mediante el fomento de la lectura.

Sin embargo, el de hoy, el premio de hoy, poniendo su nombre a la biblioteca del Centro de Profesores de Almería, es el mejor de todos los premios porque se lo concede, precisamente, un jurado único y espléndido: el de sus compañeros de trabajo.

“Biblioteca Isabel Martínez Soler”. ¡Qué bien me suena! Aquí soñó ella con promover y fomentar el amor a la lectura, algo a lo que dedicó buena parte de su vida.

En los tiempos que corren, no hay mejor inversión que la que un país hace en mimar y mejorar a sus maestros de escuela. A ellos confiamos nuestros mayores tesoros (nuestros hijos y nietos) y luego … si te he visto no me acuerdo.

Cuando Isabel entró a trabajar en el CEP, mi padre, bastante bromista, me dijo: “tu hermana es ahora maestra de maestros”. Aquí pudo desarrollar ella su vocación: el fomento de la lectura infantil y de las bibliotecas escolares. Las librerías están muy bien pero las bibliotecas públicas, sobre todo en las escuelas, están mucho mejor. Sin ellas no hay igualdad de oportunidades para la lectura.

Mi hermana Isabel creía firmemente en el papel fundamental que la educación ejerce en la vertebración y el progreso de Andalucía. Disfrutaba poniendo a los niños almerienses en el mapa del sistema educativo andaluz, y en los valores de la Educación para la Ciudadanía, con todo el fervor de sus convicciones que no era poco. Por eso, el mejor título que podemos darle a ella es el de ¡maestra!

Como socióloga, Isabel pudo haber elegido el camino de la investigación o de la docencia universitaria. Sin embargo, tenía personalidad y vocación de maestra de escuela. Le gustaba enseñar a los niños y niñas en los colegios de los pueblos donde fue destinada o en el Goya o, como directora, en el Caravaca de la capital.

En la Universidad de Almería heredé algunos de sus alumnos. Me dijeron que mi hermana les había cambiado la vida. No me sorprendió. Su huella, generosa y entusiasta, quedó grabada en el recuerdo que tienen de ella miles de niñas y niños almerienses. Isabel creía en la bondad del magisterio y lo vivía con pasión.

Era amiga de sus alumnos. Era, como sabéis, muy graciosa y les hacía reír. Enseñaba con amor y con humor. Lo compruebo al repasar las cartas, postales y trabajos escolares, escritos con pulso infantil o adolescente, y llenos de amor, ternura y reconocimiento hacia ella. También ella guardó esos queridos documentos con sumo cariño hasta su muerte.

Un día me contó, emocionada, la reacción de una de sus alumnas, la más triste y desesperanzada de su clase, cargada de problemas personales y familiares, cuando le copió a mano y le dio a leer un poema de Antonio Machado.

La niña lo leyó a solas, en su casa. Lo leyó tantas veces, entre lágrimas, que se lo aprendió de memoria. Al día siguiente, aquella alumna, habitualmente triste, le regaló a mi hermana una sonrisa. Así le dio las gracias a su “seño”. La lectura de aquellos versos le había abierto un nuevo horizonte de esperanza.

No puedo evitar recordar aquí, para terminar, la primera y la última estrofa del poema de don Antonio Machado que obró aquel milagro:

A un olmo seco

“Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

 

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

(…)

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

 

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera”.

Que esta Biblioteca, que desde hoy lleva el nombre de la maestra Isabel Martínez Soler, pueda seguir obrando el milagro de la esperanza. Que sus libros ayuden a profesores y alumnos a construir un mundo mejor, con menos injusticias y menos ignorancia.

Muchas gracias.

Luego me entregaron los marca libros de los Encuentros de Lectura que organizó mi hermana así como su disco duro. Rompiendo viejas tradiciones alcohólicas, no hubo típico vino español sino galletas, dulces y bombones.

Al salir, pregunté por el bar del CEP, donde tantas veces coincidí con mi hermana y sus colegas para tomas unas cañas. Me dijeron que, al remodelar toda la planta del CEP para hacer sitio a la Biblioteca Isabel Martínez Soler, habían tenido que suprimir el bar. En el CEP de Almería han cerrado el bar para abrir una biblioteca. Otro milagro de mi hermana. O de la nueva primavera que nos espera si a nuestros hijos y nietos les da por leer…

No pude evitar una sonrisa al recordar entonces un fandango que cantaba (y muy bien) mi madre, la Morena Clara de nuestro barrio:

“Ay, Málaga la bravía

con mas de mil tabernas

y una sola librería”.

….——….

 

14 LaVozdeAlmería 7.5.2016 Almería

El CEP rinde un cálido homenaje a

la profesora Isabel Martínez Soler

Educación La biblioteca del Centro ha sido rebautizada con su nombre tras fallecer en un accidente

PIONERA. La delegada de Educación, Francisca Fdz. remar- có su afán por fomentar la lectura en Almería.

PALABRAS DE CARIÑO. Todos los que intervinieron en el acto le dedicaron unas sentidas y profundas palabras de cariño a Isabel Martínez Soler, y el primero de ellos fue Sebastían López, director del CEP Almería. FOTOS: GONZALO GÁLVEZ

PALABRAS EXPERTAS. Juan Mata, íntimo amigo y defensor de las letras, también estuvo presente en el acto homenaje.

CARIÑO Y AMISTAD. Muchos fueron los que la conocían y quisieron acercarse hasta el CEP a mostrarle su cariño.

BAUTIZADA. Sobre la puerta de la biblioteca se encuentra una placa con su nombre.

LA FAMILIA. Su hermano, José Antonio Martínez Soler, agradeció el acto brindado por todos los amigos y compañeros.

GONZALO GÁLVEZ

Almería

El Centro de Profesorado de Almería (CEP) reunió ayer por la tarde en sus instala- ciones a un gran número de profesores que se dieron ci- ta para honrar la memoria de Isabel Martínez Soler, una de sus compañeras, que trágicamente falleció en un accidente hace unos años.

Una persona muy querida e implicada con la lectura, su difusión y las bibliotecas que estuvo en el CEP hasta

el año 2007, momento en el que pasó a ocupar otro puesto en la Delegación de Educa- ción como coordinadora de bibliotecas escolares. En este sentido, dado que el CEP de Almería tenía en mente un proyecto para realizar una bi- blioteca en el Centro, abierta a la ciudadanía en general y a la comunidad educativa, “pensamos que lo mejor era que tuviera un nombre pro- pio y cuando empezamos a valorar qué nombre le podía- mos poner, pues no dudamos que el más adecuado era el de

ella”, comentaba Sebastián López, director del Centro de Profesorado de Almería.

Un homenaje que no quiso perderse ninguno de sus ami- gos, familiares y personas que la conocían y es que “segura- mente es muy di cil volver a repetir una reunión donde ha- ya tantas personas relaciona- das con la educación del pre- sente y del pasado”, añadía el director del CEP. Afirmación que quedaba demostrada por las más de cincuenta personas presentes, entre las que se en- contraban dos ex delegados

provinciales de educación, Francisco Maldonado e Isabel Arévalo, y la delegada actual, Francisca Fernández Ortega.

Una muestra irrefutable del cariño que se le tenía, y tie- ne, a Isabel Martínez Soler y su memoria en el que compa- ñeros del CEP de Almería, De- legación y otros CEPs de la provincia no quisieron per- derse la inauguración de la bi- blioteca que a partir de ahora llevará su nombre, aunque ya funcionaba con anterioridad.

Un acto “breve y sencillo”, pero cargado de mucha emo-

Isabel Martínez puso en marcha acciones para dinamizar y fomentar la lectura en la provincia

ción y sentimientos, donde se le dedicaron unas palabras a modo de homenaje; y en el que estuvo presente su her- mano, José Antonio Martínez Soler, que vino desde Madrid para presenciar este home- naje con el que, al conocer el gesto que le iban a rendir, se sintió muy emocionado.

Y es que, tal y como comen- taba la delegada Francisca Fernández durante su inter- vención, “fue una pionera de la red de bibliotecas escolares en la provincia”, un mérito digno de reconocer, como hi- cieron ayer.

La Voz de Almería, 7 de mayo 2016

La Voz de Almería, 7 de mayo 2016

Marca páginas de los Encuentros de Lectura

Marca páginas de los Encuentros de Lectura

marca paginas 2

Sofía Gandarias pintaba espejos

No suelo ir a funerales y, como ateo empedernido, huyo de las liturgias eclesiásticas. Sin embargo, hoy me acerqué al funeral de Sofía Gandarias. Estaba en deuda con ella. Por su sonrisa permanente de buena persona y por su obra pictórica. En ese orden. También, como no, por dar un abrazo al amigo entrañable que es su marido, Enrique Barón. Hace más de 40 años, me enseñó a pescar truchas con las manos. No solo por eso, siempre voté la lista que llevaba su nombre impreso. Uno de los políticos más honrados que conozco. Frenó su carrera, brillante no obstante, por carecer del instinto de matar. O por no ejercerlo.

Sofía Gandarias, ante un cuadro suyo de Neruda

Sofía Gandarias, ante un cuadro suyo de Neruda

La iglesia madrileña de San Antón, llena a rebosar durante el precioso funeral en memoria de la pintora Sofía Gandarias, era esta tarde un espejo de la transición. Dijo José Saramago que sus cuadros eran “espejos pintados”. De estar viva entre nosotros, Sofía habría sonreído al ver hoy juntos a tantos amigos suyos, de su marido y de su hijo Alejandro.

En Madrid, hace tiempo que dicen las misas en castellano. Yo me las sabía en latín. La de hoy fue cantada, y bien cantada, por cierto, también en la lengua de los vascos. Del “Pater Noster” que yo cantaba de niño pasaron hoy al “Aita Gurea”. Los músicos y el coro lograron emocionarme. ¡Qué misa tan bonita! Jamás me imaginé yo escribiendo la última frase que acabo de escribir. Ahí queda. Hay que ver lo que sabe la Iglesia cuando se propone hacer bien las cosas.

El padre Ángel, de los Mensajeros de la Paz, cedió el micro al famoso padre Lezama para que, como vasco, cantara el Aita Gurea en su lengua materna. Con el micrófono abierto sobre el ara, oímos al cura Lezama decir “en qué apuro me habéis metido” o algo así. Solo cantó en euskera, sin chuleta, apenas un par de versos: los del “Pater noster qui es in coelis/ santificetur nomen tuum…”

Hombre de recursos, no solo económicos, el cura amigo de papas y príncipes de la Iglesia rápidamente echó mano de una chuleta que, por si acaso, traía de casa (o de su taberna) y continuó cantando con el coro en lengua vasca. Pudo así destacar también las excelencias de la identidad vasca de Sofía Gandarias, nacida en Guernica de madre vasca. Su marido, emocionado al recordar a su esposa muerta, le replicó al cura: “Sofía tenía más apellidos vascos que tu”. En ese momento, Sofía no podría haber evitado la risa. Tampoco la evitamos nosotros. Quique Barón se ganó  un aplauso.

Gracias a la música, bellamente interpretada –chistu incluido-, el funeral de nuestra amiga Sofía se me hizo corto. Me creía incapaz de emocionarme con el “hocus pocus” de la liturgia católica, que tengo tan felizmente olvidada. Sin embargo, hoy me emocioné. Junto al excelente trabajo de los músicos, que incluyeron el mejor instrumento que conozco –la voz humana-, me influyó seguramente ver tantas caras amigas en torno al altar. En su mayoría, coautores de la ejemplar Transición de la Dictadura a la Democracia.

El Papa Francisco. Oleo de Sofía Gandarias que presidió el funeral.

El Papa Francisco. Oleo de Sofía Gandarias que presidió el funeral.

Y, como no, me influyó, sin duda, el cuadro espectacular que Sofía pintó del Papa Francisco y que, poco antes de morir, cedió a los Mensajeros de la Paz. Con influencias de Zurbarán –como recordó su hijo Alejandro- y algo de Gutierrez-Solana, la cara y las manos del Papa son todo un poema. Ese cuadro, y la música, impregnaron de arte toda la ceremonia.

Un homenaje a la artista, a la mujer del amigo, a la madre de Alejandro, hecho un hombre. Y un ataque de nostalgia por los ratos que compartimos en su taller y en torno a su obra. Inolvidable su exposición itinerante sobre Primo Levi, el autor de “Si esto es un hombre”, la obra más espeluznante sobre los campos nazis de exterminio.

Inolvidable su azul propio, el azul Gandarias, un azul fuerte con brillos morados. Ha tenido su viudo la genial y generosa idea de repartir los pinceles y espátulas de su esposa entre los asistentes al funeral. A mi me tocó un pincel, que conservaré como oro en paño, con restos secos de ese azul potente cuya receta secreta se llevó la tumba.

Con ella se llevó también el cariño de tantos amigos y admiradores. “Lleva quien deja”, decía don Antonio Machado. Sofía no se fue de vacío porque nos ha dejado mucho. Y bueno. Descanse en paz.

Van cien años que mi hermano Francisco no trabaja…

Don Francisco Giner de los Ríos

Don Francisco Giner de los Ríos

Van cien años (menos tres dias) que mi hermano Francisco no trabaja. El 20 de febrero de 1915 murió Giner de los Rios, el gran maestro que trató de sacar a los jóvenes del humo de los billares para llevarlos al aire puro del Guadarrama. Como escribió Machado, Francisco Giner de los Ríos, creador de la Institución Libre de Enseñanza, soñó “con nuevo florecer de España”. Sus ideales siguen tan vigentes… Nos lo recuerda el profesor Francisco J. Laporta, en un artículo magistral y emocionante, que ha publicado hoy en El Pais, cuya lectura recomiendo vivamente.

Como otro homenaje al maestro, también recomiendo la lectura de este cariñoso y admirable poema que Machado dedicó al “hermano Francisco”:

A Don Francisco Giner De Los Ríos

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?… Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
…¡Oh, sí!, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…

Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.”

El maestro de la educación interior

Francisco Giner de los Ríos dedicó su alma a convencer a los españoles de que podían ser un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Para la Institución Libre de Enseñanza, la vida debía ser vista como una obra de arte

 Es muy difícil acostumbrarse a carecer del calor de aquella llama viva”. Así escribía José Castillejo, alma de la Junta para Ampliación de Estudios, el 20 de febrero de 1915 tras haber acompañado al cementerio civil de Madrid los restos de don Francisco Giner de los Ríos en un sudario blanco y rodeados de romero, cantueso y mejorana del Pardo, sus pequeñas amigas del monte. Una consternación profunda se apoderó de todos. De los de siempre (Azcárate, Cossio, Rubio, Jiménez Frau), pero también de los grandes del 98, como Azorín, Unamuno o Machado, y de los jóvenes europeístas del 14, como Ortega, Azaña o Fernando de los Ríos. Unas violetas de Emilia Pardo Bazán, y quizás unas flores traídas por Juan Ramón acompañaban también, junto al pesar de los poetas nuevos, a la sencilla comitiva.

Todos quedaron como suspendidos en una honda sensación de orfandad. Por esperada que fuera, la muerte de Giner dejó a la cultura española sin aliento, sin calor, sin luz. Aquel hombre incomparable había sido su más importante referencia moral durante medio siglo. Y la más decisiva incitación educativa de la España contemporánea. Con un sereno gesto histórico, con pasión pero con paciencia, sin ceremonias ni grandilocuencias vacías, que tanto despreciaba, había dicho suavemente su gran verdad a todos los maestros hambrientos y desasistidos de España: que el oficio de educar era la más importante empresa nacional. Una lección que aún nos sigue repitiendo desde entonces y que tenemos que aprender de nuevo una y otra vez.

En su pequeña escuela de la calle del Obelisco, la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, había tomado sobre sí la tarea de enseñar a los españoles a ser dueños de sí mismos. Para ello tuvo que luchar denodadamente contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas. Lo hizo durante toda su vida, con un sentido profundo de su deber civil y una resolución inquebrantable. Y con un gran respeto por todos. Tenía una viva conciencia de que la Institución era observada y cuestionada, y que no iba a permitírsele el más mínimo error, pero tenía también palabras de gratitud para quienes la hostigaban y perseguían porque también eso era estímulo para el cuidado y la mejora.

Enseñó que la integridad moral es el señorío sobre sí mismo que surge de convicciones profundas

Giner de los Ríos había nacido en Ronda en 1839 y recaló en Madrid a hacer sus estudios del doctorado en la década de los sesenta. Allí encontró a sus maestros Julián Sanz del Río y Fernando de Castro, a cuyo lado reposa todavía hoy. La filosofía krausista que estos habían introducido en la Universidad española fue el prisma por el que miró la realidad española. En ella aprendió la tolerancia religiosa, el culto a la razón y a la ciencia, la integridad moral y el liberalismo político genuino (no el meramente exterior y postizo). Pero con estos pertrechos no se encajaba bien en la Universidad de la época, vigilada hasta la asfixia por el dogmatismo intransigente de los católicos. Esa manía tan nuestra de exigir juramentos a los profesores, sobre esta o aquella constitución, le llevó dos veces a ser expulsado de su cátedra. Simplemente pensaba que no debía hacerlo y no estaba dispuesto a hacer componendas con su propia conciencia. Al no ceder, puso en pie en España junto a sus maestros la primera piedra de esa libertad de cátedra que hemos tardado cien años más en poder disfrutar.

Giner experimentó una profunda decepción ante la conducta política de la juventud liberal durante el sexenio revolucionario (1868-1873). Sus palabras, que también nos hieren hoy, son el mejor comentario: “¿Qué hicieron los hombres nuevos? ¿Qué ha hecho la juventud? ¡Qué ha hecho! Respondan por nosotros el desencanto del espíritu público, el indiferente apartamiento de todas las clases, la sorda desesperación de todos los oprimidos, la hostilidad creciente de todos los instintos generosos. Ha afirmado principios en la legislación y violado esos principios en la práctica; ha proclamado la libertad y ejercido la tiranía; ha consignado la igualdad y erigido en ley universal el privilegio; ha pedido lealtad y vive en el perjurio; ha abominado de todas las vetustas iniquidades y sólo de ellas se alimenta”.

Para quien sepa leer, poco hay que añadir. Desalentado, expulsado de nuevo de la Universidad por negarse a jurar nada ni aceptar textos oficiales, se perfila en su ánimo la convicción de que sólo la educación “interior” de los pueblos (como él la llama) es eficaz para promover las reformas y los cambios que la sociedad necesita, aunque nunca parece querer. Ni medidas políticas, ni pronunciamientos, ni revoluciones. Oigámosle otra vez algunos años después, tras el desastre del 98: “En los días críticos en que se acentúan el tedio, la vergüenza, el remordimiento de esta vida actual de las clases directoras, es más cómodo para muchos pedir alborotados a gritos ‘una revolución’, ‘un gobierno’, ‘un hombre’, cualquier cosa, que dar en voz baja el alma entera para contribuir a crear lo único que nos hace falta: un pueblo adulto”.

Tuvo que luchar contra la resistencia sorda y rencorosa de las viejas rutinas hispanas

Un pueblo adulto, dueño de sí mismo. Por eso entregó Giner en voz baja su alma entera. Y la expresión más cabal de esa entrega fue la Institución Libre de Enseñanza. Con ella se vino a saber entre nosotros que la implantación memorística de textos y letanías no era educar, sino a lo sumo instruir, y de mala manera. Que para aprender era necesario pensar ante las cosas mismas, activamente, tratando de descifrar su disposición y su razón de ser. Se supo también que la integridad moral no tenía nada que ver con reglamentos externos, y premios y castigos; era más bien una suerte de señorío sobre sí mismo que surgía de convicciones profundas.

Que la catequesis religiosa debería desaparecer de la escuela, pues no hacía sino adelantar las diferencias que dividen a los seres humanos, ignorando la raíz común de humanidad que los une a todos. Que una creencia religiosa impuesta coactivamente traiciona la propia religión y profana las mentes vulnerables de los niños. Que las conquistas de la ciencia expresan el camino del ser humano hacia la verdad, la única verdad que hay que respetar por encima de tradiciones, prejuicios y supersticiones. Que estudiar para examinarse una y otra vez es necio y dañino, pues mina la salud sin descubrir al niño el goce del estudio y el descubrimiento. O que las niñas (estamos en 1876, no se olvide) deben educarse no sólo como los niños, sino con los niños, porque establecer una división artificial en la escuela no sólo es una discriminación errónea, sino una solemne estupidez. Y tantas otras cosas.

Para Giner de los Ríos había que transmitir en la educación la idea de que la propia vida ha de ser vista como una obra de arte, como la realización libre y capaz de las ideas que cada uno se forja en el espíritu, la plasmación de un proyecto personal. En eso consistía ser dueño de uno mismo. Y a eso se entregó en la Institución Libre de Enseñanza. Desde ahí irradió a todo el país con una brillantez y una profundidad que todavía hoy nos causan asombro y apenas hemos sido capaces de asumir. Esas entre otras son las razones que hoy, cien años después, nos llevan con unas flores al cementerio civil.

Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Gracias, profesor Laporta, por este articulo precioso de homenaje al maestro.

Francisco Giner de los Rios en El Pardo (1910)

Francisco Giner de los Rios en El Pardo (1910)

Mi primer recuerdo adolescente de la obra de Giner de los Rios me vino gracias a mi paisano don Nicolas Salmerón, presidente de la I República, a quien mi padre citaba con devoción. En un viaje a Madrid, camino de Soria, mi padre me llevó al cementerio civil. Visitamos las tumbas de Nicolas Salmerón, de Pablo Iglesias y de Francisco Giner de los Rios.   Mi segundo y más profundo recuerdo procede de las lecciones del profesor Juan Marichal en la Universidad de Harvad (1976-77). 

Tras la muerte de Franco, Juan Marichal regresó a España, visitamos la casa de Salmerón en Alhama de Almería y fue nombrado director del BILE (Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). A propuesta suya, desde entonces tengo el honor de ser miembro del Consejo de Redacción del BILE, una revista en cuyo primer número (7 de marzo de 1877) apareció un articulo magistral de mi admirado paisano don NIcolas Salmerón. 

“Lleva quien deja y vive el que ha vivido”,  dice Machado de don Francisco Giner de los Ríos. Por eso, el “hermano Francisco” sigue tan vivo dentro de nosotros…