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Recarte injuria a Abril Martorell

“Hay circunstancias en las que callarse es mentir”, dijo Unamuno al escuchar el grito legionario de “Viva la muerte” y “Muera la inteligencia”. Esa frase ha golpeado mi cabeza al leer, el domingo (10/4/16) en ABC, la reseña de un libro de Emilio Contreras sobre la caída de Adolfo Suárez. El periodista almeriense recoge, sin contrastar con ninguna otra fuente, unas declaraciones de Alberto Recarte sobre el vicepresidente del Gobierno, Fernando Abril Martorell, que considero, cuando menos, cobardes, absurdas e injuriosas.

Fernando Abril Martorell, vicepresidente del Gobierno Suárez.

Fernando Abril Martorell, vicepresidente del Gobierno Suárez.

Este es el párrafo del ABC que leí, no sin pesar, un par de veces:

“Un día de finales de abril de 1980 Fernando Abril, vicepresidente del Gobierno, llamó a Alberto Recarte. «Vente a verme», le dijo y el joven asesor de Suárez acudió convencido de que iban a hablar de algún tema económico delicado. Pero su sorpresa fue mayúscula, porque cuando Fernando Abril le recibió no se anduvo con rodeos y, con su estilo claro, directo y cortante, le planteó el relevo de Suárez. «Adolfo ha hecho más que nadie por este país pero ya es un arroyo seco por el que no corre nada, y no hay más remedio que sustituirle -le espetó-. Todos los que le rodean son unos inútiles y el único que se salva eres tú, y eres el único de su entorno en el que yo confío. Hay que sustituirlo y la única persona que puede sustituirlo soy yo», insistió Abril. «Y añadió una serie de argumentos que me sorprendieron», recuerda Recarte.”

Bien aconsejado por mi edad, dejé pasar unos minutos, para tomar aire y calmar el enfado, antes de responder lo siguiente a mi colega y paisano Emilio Contreras:

Hola Emilio:
He leído hoy en ABC, con mucha pena, lo que te dice Recarte en su ajuste de cuentas contra Fdo. Abril. Es una lástima que no hayas contrastado su información con José Luis Leal, tal como te recomendé.
Las calumnias de Recarte traerán cola para él y te desprestigiarán a ti después de una carrera brillante. Lo siento mucho, paisano.
En cuestiones de venganzas contra personas muertas, que no pueden defenderse, Recarte ha mostrado su calaña de hombre ruin y miserable. Personalmente, sentado frente a Abril, en enero de 1980, escuché una conversación telefónica en la que Abril comunicaba a Suárez su dimisión y que sólo aguantaría en el Gobierno hasta el verano. Hice gesto de salir del despacho cuando María Jesús le pasó la llamada de Adolfo. Fernando me pidió que me quedara allí. Conocí a ambos lo suficiente como para saber que Recarte miente y abusa de ti.
¡Qué lastimica!
Jose

Quienes formamos parte, en Castellana, 3, del equipo del vicepresidente económico del Gobierno Suárez reaccionamos, furiosos y perplejos, contra el ajuste de cuentas del ya viejo, siempre envidioso y retorcido, Recarte. Habíamos compartido con Abril Martorell varios años de trabajo, en plena transición de la Dictadura a la Democracia, y cientos de tertulias mensuales hasta poco antes de su muerte, tan prematura. Le conocimos bien. Lo suficiente para saber que Recarte no fue una fuente fiable para Emilio Contreras sino un charco turbio lleno de fango.

Alberto Recarte fue director de la Oficina Económica de Presidencia mientras Fernando Abril fue vicepresidente económico del Gobierno. Entre el asesor de Suárez y su vicepresidente no había color. Éramos conscientes de la ambición frustrada, del hábito conspirador y de la envidia que corroía a Recarte en los asuntos económicos del Gobierno. Las decisiones estaban, obviamente, en manos de nuestro jefe, el vicepresidente, y de José Luis Leal, su ministro de Economía.

El martes (12/4/2016), José Luis Leal envió una carta al director de ABC que el diario tituló como “ACLARACIÓN” y que decía lo siguiente:

Sr. Director, he leído en la edición del domingo pasado una recensión del libro de Emilio Contreras en la que se hace referencia a una supuesta conversación que Fernando Abril, a la sazón Vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez, habría tenido con Alberto Recarte en la que se habría propuesto como sustituto de Adolfo Suárez en la Presidencia del Gobierno. Obviamente yo no asistí a todas las conversaciones de Fernando Abril pero lo que puedo decir es que una afirmación como la que aparentemente se contiene en dicho libro es, además de absurda, injuriosa para la memoria de quien fue siempre el más cercano y leal colaborador de Adolfo Suárez. A lo largo de tres años tuve un estrecho contacto con Fernando Abril primero como Secretario de Estado de Economía y luego como Ministro y me precio – y ha sido siempre un honor para mí – haber colaborado con uno de los mejores políticos y una de las personas más íntegras que he conocido en mi vida. Nunca le oí a lo largo de las casi diarias conversaciones que tuvimos, la más leve crítica hacia el Presidente. Muy al contrario, a medida que arreciaban las críticas externas contra él lo defendió siempre, a veces en circunstancias difíciles. Entendía que justamente una de sus tareas como Vicepresidente era la de proteger al Presidente para que éste tuviera el mayor margen posible para tomar decisiones. Carece de sentido pensar, como se dice en la recensión aludida, que la primera persona a la que informó de la pretendida conspiración fuera alguien en quien nunca depositó su confianza.

Le saluda atentamente,

José Luis Leal

El ex ministro de Economía lo ha dejado muy claro en ABC.

Fernando Abril Martorell nunca depositó su confianza en Alberto Recarte. Todo lo contario. El asesor de Suárez no era, para nosotros ni para Fernando Abril, hombre de fiar. Por eso, nos repugnan tanto estas mentiras e injurias al final de su vida. ¿Qué pretende el vengativo Recarte al engañar así al ingenuo Contreras? No lo entiendo. Hay personas que envejecen bien y otras, mal. Será eso.

Luego resultó que Recarte se hizo muy amigo de José María Aznar y de las tarjetas black de Caja Madrid. Se le vio el plumero.

Trabajar junto a Fernando Abril Martorell, de la UCD siendo yo entonces votante del PSOE, fue un gran honor y un tremendo aprendizaje en favor de los intereses generales de España. Desde que me jubilé disimulo mucho menos que cuando era activo. Y escribo como si fuera libre.  Por eso, contra la insidia del envidioso Recarte, tengo que recordar que Fernando Abril Martorell, maestro y amigo, fue una de esas pocas personas que te reconcilian con la condición humana y con los políticos cabales que, por encima de todo, sirven a los demás.  ¡Qué bien nos vendría hoy tener cerca a personas como Abril Martorell! Mal que le pese al insignificante Recarte y a su pandilla de extrema derecha en Libertad Digital.

Bueno. Ya me desahogué. Ahora a cocinar.

 

 

 

 

 

 

 

Guerra elogia a Suárez

Hace casi 40 años, nadie lo hubiera imaginado. Alfonso Guerra arrancó un largo aplauso del público, mayoritariamente conservador,  que asistió el miércoles al homenaje a Adolfo Suárez, en el segundo aniversario de su muerte.  ¿Cambió Suárez, cambió Guerra, cambiamos todos nosotros?

Homenaje a Adolfo Suárez en el segundo aniversario de su muerte.

Homenaje a Adolfo Suárez en el segundo aniversario de su muerte.

El retrato, casi literario, que Guerra nos hizo el ex vicepresidente del Gobierno socialista sobre aquel a quien dicen que llamó  “tahúr del Misisipi” fue magistral.

Empezó con lord Byron (“el único profeta verdadero es el pasado”) para defender la necesidad de mantener los valores que hicieron posible la transición en paz de la dictadura a la democracia. Siguió con la crítica a los nuevos “adanes” que consideran que antes de ellos no hubo nada. Y concluyó con la mejor valoración que se puede hacer de una persona: “Suárez marcó una línea en la Historia”.

Ha aquí algunas de las pinceladas que Alfonso Guerra dio al  retrato de Adolfo Suárez:

Ni timorato ni temerario, el presidente Suárez fue un ejemplo de reflexión y decisión, de tolerancia y de educación. El hombre es duda que busca seguridad, se mueve entre la tentación de dudar y la necesidad de decidir.

Suárez no buscó la auto redención. Fue numerario desclasado de un régimen oprobioso. En él ascendió a la cumbre de lo que quiso derribar. Nadie le comprendió. Los suyos desconfiaban de él como jefe del Movimiento. “Qué error, qué inmenso error”, escribió La Cierva, uno de los suyos, cuando el Rey le encargó formar Gobierno. Sin ningún rencor, Suárez le hizo ministro.

Tuvo que navegar entre la descomposición desde arriba y la presión y alta conflictividad social desde abajo. Atrajo a los conservadores a la democracia. Sobre el pilar del consenso, todos cedieron para conseguir el acuerdo el 78. La ayudaron grandes personajes: Felipe González, Santiago Carrillo, Fernando Abril Martorell, Gutiérrez Mellado, el Rey y otros.

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976. Nadie dada un duro por Suárez.

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976. Nadie dada un duro por Suárez.

En aquellos años difíciles de incertidumbres, crisis, víctimas, libertad y consenso, todos tenemos una nómina de las renuncias que hicimos para restaurar la democracia sin venganzas. Se limitaba la libertad de recordar de los vencidos. Objetivo: que los nietos no sufran nunca más la guerra civil ni la dictadura.

Hubo muchas críticas erradas. Para unos, no se llegó todo lo lejos que se debía. Para otros, fuimos demasiado lejos. Se hizo lo que convenía a todos para que fuera aceptado por todos. Con ese punto medio, Adolfo Suárez cambió la Historia.

A menudo se ha destacado que yo tenía animadversión hacia Suárez. No hagan caso. No es cierto. Durante muchos años, he mantenido una intensa relación con él. Tengo, eso sí, una conciencia culpable porque el 10 de abril de 2002 no le creí. Le pregunté cómo llevaba sus memorias. Me replicó: “No habrá tal cosa, Alfonso, porque estoy perdiendo la memoria”. Yo no le creí.

En enero de 1981 me anunció su dimisión. Once meses después del golpe de Estado, en diciembre de 1981, le pregunté el por qué de su dimisión: “Al final, estaba solo”, me dijo.

La soledad del corredor de fondo: líder y nada. Comprendí que la amistad es la relación inconclusa de dos soledades.

Guerra terminó su elogio a Adolfo Suárez con esta frase: “No ha dejado de pensar en España”.

En mi opinión, desde que le conozco, Alfonso Guerra, tampoco.

Al ex vicepresidente socialista le pasa como al buen vino. Mejora con la edad. Aplaudí, con gusto, su elogio de Suárez.

Abundaban en el público las canas y las calvas. Pocos jóvenes. Lástima. Echamos de menos a la joven duquesa de Suárez, Alejandra Romero, que se excusó por un viaje. Los salones del Instituto de Estudios Constitucionales estaban a rebosar. Presidió el acto mi paisano almeriense el teniente general Andrés Casinello, presidente de la ADVT (Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición). De la vida y la obra de Suárez habló también uno de sus ministros: Rafael Calvo Ortega.

En un país de desagradecidos, el homenaje póstumo al presidente Suárez nos reconcilia con un puñado de españoles.

 

 

 

La bandera que me dio repelús

Mi primera reacción al ver al joven líder socialista arropado por una inmensa bandera de España fue de repelús. Sentí un cierto sobresalto. Casi un escalofrío. Pensé en mi padre, socialista y teniente del Ejército de la II República, que se jugó la vida bajo la bandera tricolor.

Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)
Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)

La segunda reacción fue más fría, cínica quizás: !Qué pillo y opotunista este Pedro Sánchez: gira hacia el centro y le quita símbolos (y votos) a la derecha!

Luego, fugazmente, me acordé de Santiago Carrillo con la bandera bicolor. Ya sin la gallina de Franco. Y de aquella noche en casa de Luis Solana, pergeñando un escudo que sustituyera al águila imperial de la ominosa Dictadura.

Nos gustara o no, cuando se aprobó la Constitución de 1978, la bandera  de Carlos III, de la I República y de la Dictadura (sin águila) se convirtió legalmente, por voluntad popular, en la de todos los españoles.

No fue fácil. Hice de tripas corazón, compré un metro de tela bicolor y, el 6 de diciembre de aquel año, armado de valor y con el corazón partido entre el amor y el temor, la clavé en la puerta de mi casa. A la hora del aperitivo llamaron a mi puerta. Eran los vecinos de la parcela de atrás: el coronel Lisarrague (hermano de un profesor de Sociología que tuve en la Facultad) y su esposa.

-“¿Qué hace usted con mi bandera en su puerta?”, me dijo el viejo coronel, sin ocultar cierto brillo cómplice en sus ojos.

Le repliqué, entre sonrisas:

-Hasta ayer ésta era su bandera y no la mía. Pero desde hoy es también la mía. Y deberíamos celebrarlo… mi coronel”.

Pasaron a casa y, no sin emoción, tomamos juntos el aperitivo con nuestro primer brindis de la concordia.

A partir de entonces, hice esfuerzos para perderle el miedo a la bandera bicolor. Había sido la del enemigo durante los años de lucha antifranquista. Y aún era paseada por las calles de Madrid, con brabuconería -gallina incluida-, por los nostálgicos de la Dictadura.

Al año siguiente, al cruzar por Isaac Peral, en la Plaza de Cristo Rey, me vi sorprendido por una manifestación, pequeña pero ruidosa, de franquistas armados de banderas bicolores, aguilucho negro incluido. Otra vez volví a tener miedo antes semejantes símbolos. Miedo y rabia.

Trabajaba yo entonces a las órdenes de Fernando Abril Martorell, vicepresidente económico del Gobierno de Adolfo Suárez. Al despachar con él, le conté mi reacción ante el uso y abuso callejero de la bandera franquista, que ya era anticonstitucional. Le insistí en el daño que eso producía a la ansiada concordia en torno a un símbolo que debería ser querido y no temido por todos los españoles.

No dijo ni pío. Siguió fumando y paseando a grandes zancadas por aquel despacho de Castellana, 3, que había sido del almirante Carrero Blanco. (“Y de don Manuel Azaña”, solía añadir Abril Martorell, coautor de la Constitución del 78, maestro y amigo).

Unas semanas más tarde, en otra hora de despacho, el vicepresidente me entregó un ejemplar abierto del Boletín Oficial del Estado. Con el índice me señalaba un párrafo. Apuntaba nada menos que a un artículo por el que quedaba prohibido el uso público de símbolos anticonstitucionales, etc.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Fue un nuevo pequeño paso en la transición desde la guerra civil (que, para mi, habia terminado con la muerte del dictador en noviembre de 1975 precedida, dos meses antes, por sus últimos fusilamientos) hacia la paz y la concordia constitucional nacida el 6 de diciembre de 1978. (Pese a lo que dicen algunos libros de historia, la guerra civil no acabó en 1939 sino en 1975. En 1939 no empezó la paz sino la victoria, simbolizada por la bandera bicolor con el aguila imperial y por la de Falange.)

Debo reconocer que aún me impresionan las banderas bicolores, aunque, al segundo, digo para mi que ya no hay nada que temer. Que esos colores ya no son, de hace 37 años, los del enemigo sino los míos, los nuestros, los de todos. Afortunadamente, mis tres hijos han crecido viendo dos banderas juntas en casa: la de España y la de Estados Unidos. Con naturalidad, representando a sus dos culturas.

A mi me gusta más escribir con las plumas que me prohiben...

A mi me gusta escribir con las plumas que me prohiben…

Pero sin olvidar los ideales y la historia familiar republicana. En lugar de honor, tenemos la tricolor, también constitucional, aprobada por los españoles en 1931. Lindos colores. En el salon y el jardín. Y en nuestro corazón.

Mis ideales son republicanos. Respeto la bandera bicolor actual, la que luce sin complejos Pedro Sánchez, porque es la que ha sido aceptada por los españoles y, por tanto, también es la mía y la de Rafa Nadal y la selección española de fútbol y baloncesto…

Pero los sueños son libres. Algún día, los españoles podremos decidir recuperar legal y pacíficamente la bandera tricolor que representará los ideales de la III República.

Desde muy niño, mi padre me la cantaba así: “…bandera republicana…llevas sangre, llevas oro, y, por tus penas, morada…”.

Lindos colores "14 de abril".

Lindos colores “14 de abril”.

Amén.

 

  

 

 

 

Monárquicos conversos: militantes pero no creyentes

gil calvo articuloCuando alguien empieza diciendo “yo soy republicano, porque así me lo dicta la razón, pero…” ya sabemos lo que viene detrás.

En desacuerdo con nuestros intelectuales monárquicos conversos, yo prefiero una república laica como la de Francia antes que una monarquía islámica aluita como la de Marruecos.

España, no lo olvidemos, está entre Francia y Marruecos. Por eso, a la hora de copiar, prefiero mirar a nuestros vecinos más próximos. No tenemos que irnos a Suecia o Arabia Saudita, para buscar monarquías, ni a Siria o Latinoamérica, para repúblicas.

La verdad es que ya no se hacia donde mirar ni a que maestro agarrarme.  ¿Tendré que irme a China, como Papini, para orientarme un poco?

Portada autocensurada de El Jueves

Portada autocensurada de El Jueves

Acabo de leer, no sin estupor, en la página de Opinión (antes llamada “noble“) de El Pais, el artículo de Enrique Gil Calvo titulado Sobreactuación republicana. Llevo años leyéndole no sin cierta admiración. Pero hoy se me cayeron los palos del sombrajo. Mirad lo que, tras caerse del caballo, se atreve a decirnos hoy este profesor demagogo por no decir frívolo:

“Las democracias de más elevada calidad (como las nórdicas) son monarquías mientras que las de peor calidad, que tienden al autoritarismo (como las latinoamericanas), son repúblicas”.

¿Pero qué me dice usted? Yo no soy nórdico ni lationamericano. Semejante profundidad no podía habérsele ocurrido a él solo.  Hace dos semanas, el gran Javier Cercás (otro de mis admirados intelectuales) se anticipó con este mismo argumento, tan simplista como  indigno de él:

“Prefiero mil veces vivir en una monarquía como la sueca que en una república como la siria”

Esto fue lo que escribió Cercas (sí, Cercas) el 2 de junio en El País  en su articulo  Sin el Rey no habría democracia. Me dan ganas de responderle:

!Anda! Y yo, ¿no te jodes? ¿Me tomas por gilipollas? Yo no soy ni sueco ni sirio. En todo caso, medio francés y medio marroquí”. 

Sin llegar a Siria ni a Suecia, me ha dolido más aún el recurso localista, pegado al terruño, del mismísimo Javier Marías (otro santo laico que se me cae del pedestal). En su artículo Ecuanimidad o histerismo (el título ya lo dice todo) escribió en El País Semanal del pasado 22 de junio:

“Me parece mucho más deseable que la Jefatura del Estado recaiga en alguien en verdad apolítico (que no pertenezca a “la casta”, como dicen ahora copiando el viejísimo apodo italiano), que en cualquier individuo severo, poseído de su verdad y proclive al sermoneo y la riña, se llame Anguita o Rouco Varela”.

Sobractuación policial. Nunca vi la Puerta del Sol tomada por tanta policía como el día de la coronación.

Sobractuación policial. Nunca vi la Puerta del Sol tomada por tanta policía como el día de la coronación.

Ahí va otro que tal baila… ¿Anguita o Rouco Varela? ¡Válgame dios!  Podría haber elegido para presidente de la III República a algún político del estilo de Adolfo Suarez o a un clérigo del talante del cardenal Tarancón. Digo yo. Aunque no tendría nada que decir si fueran Zapatero o Aznar presidentes de la República. Si no lo hacen bien, podriamos cambiarlos tranquilamente en las siguientes elecciones presidenciales, lo que nunca podrá ocurrir con un rey vitalicio e inviolable salvo por su abdicación voluntaria cuando le plazca.

El historiador Santos Julíá se ha trabajado un poco más su servicio al nuevo monarca y ha hurgado en las raíces marxistas prerepublicanas del PSOE. Nos recuerda en El País (19 de Junio,  Una tradición inventada) que Julián Zugazagoitia llegó a decir que “un socialista solo podía ver la idea de la República “con indiferencia” por la muy sencilla razón de que a quien se había educado en las convicciones marxistas “le tiene perfectamente sin cuidado el trastueque que se opera en un país al pasar de la Monarquía a la República”.

Mas fino y ponderado, como es él, también le echa un cable a Felipe VI, el prestigioso y querido historiador Juan Pablo Fusi, en su artículo De la democracia en España (El País, 10 de junio):

“Para la democracia, la Monarquía fue en España, en 1931, el problema; y en 1975, la solución. El historiador Hobsbawm pudo decir con razón en 2011 que la Monarquía había sido un marco solvente para el liberalismo y la democracia en lugares como Holanda, Bélgica, Gran Bretaña y, añadía, como España. Por eso que reabrir la cuestión Monarquía-República parezca, ante todo, un error. Peor aún: un error innecesario.”

mafalda monarquiaPuedo estar de acuerdo con Fusi si nos referimos a la primera mitad del reinado de Juan Carlos I. Agradezco los servicios que prestó a la democracia aunque ello no me ata a Juan Carlos de Borbón para el resto de mi vida. En la segunda mitad, por la corrupción y la mala cabeza del Rey, la monarquía volvió a ser más problema que solución para la consolidación de la democracia en España.

Mafalda lo resumen muy requetebien. En 1978 la mayoría de los españoles votamos a favor de la Constitución. Yo mismo puse la bandera constitucional en la puerta de mi casa y guardé temporalmente la republicana. La elección era entonces muy clara entre futuro y pasado, entre democracia en forma de monarquía parlamentaria o dictadura militar. Eran lentejas. A la fuerza ahorcan.

“¿Cómo se puede sostener que la forma de Estado es un problema urgente?”, se pregunta E. Gil Calvo en su articulo citado “Sobreactuación republicana”.

 

Recorte de El País. La policia tiene orden de retirar la tricolor de los balcones.

Recorte de El País. La policia tiene orden de retirar la tricolor de los balcones.

Pasado el miedo generalizado del final de la Dictadura, emerge, cada día con más claridad, la necesidad de legitimar, de una vez, la monarquía parlamentaria en la próxima reforma de la Constitución. Sin prisas pero sin pausa. Ahora mismo, estoy casi seguro de que Felipe VI tendría el aprobado mayoritario. Pero el tiempo juega en su contra. Sobre todo si los intelectuales republicanos, recién convertidos en fervientes monárquicos, siguen dandole coba a discreción a Felipe VI.

Sobreactuación monarquica del Banco Santander: "Te quiero Felipe". Vamos anda.

Sobreactuación monarquica del Banco Santander: “Te quiero Felipe”. Vamos anda.

No hubo tal cosa como “sobreactuación republicana” sino todo lo contrario. Hubo sobreactuación policial pro monárquica.  Y tal abuso antidemocrático pasará factura al joven Rey. La Policía no puede subir a un piso, sin orden del juez, a pedir que retiren una bandera republicana del balcón.  Tampoco puede impedir el paso a una joven por llevar un pin tricolor en la solapa. Sencillamente, es intolerable. pero nadie ha dimitido aún por esta sobreactuación policial. Y sobre esto me gustaría saber la opinión de mis intelectuales favoritos, esos que muestran tanto fervor en el aplauso al nuevo Rey y tan escaso en la defensa de la libertad pisoteada.

Para compensar el exceso de coba que están dado al nuevo Rey por doquier, recominedo la lectura refrescante de este artículo publicado por Rafael Reig en eldiario.es:

Al Rey Nuestro Señor

Exactamente, ¿para que está tan preparado?

Rafael Reig 

23/06/2014 – 20:49h

“Felipe, no sé por qué narices me tuteas, pero ya que te empeñas, me tomaré las mismas confianzas. Habrás oído que en la barra de los bares te llaman el Preparao. A veces, con la tercera ronda, el Súper-preparao o el Proto-preparao. Si fueras astronauta, opositor a Notarías o actor porno, se entendería a la primera de qué va esa espectacular preparación. En tu caso resulta un enigma. Sobre todo porque, si no estuvieras preparado, si fueras (un suponer) corto de luces y escaso de estudios, también serías rey igual, ¿verdad? ¿No es ese precisamente todo el busilis de la monarquía? A un rey no se le exige gran cosa, sólo tiene que ser el primer hijo varón (de momento) de un señor. ¿Alguien duda que no tengas esa preparación?

Pues el caso es que sí, porque parece que por ahí anda alguna demanda de paternidad, supongo que lo habrás oído. Si esa demanda prosperara (otro suponer), entonces ya no estarías tan preparado. Pero despreocúpate, que por algo a tu padre le llaman en los bares el Aforado y, con la tercera ronda, el Aforado-a-toda-pastilla. En cuanto él esté blindado (igual incluso antes de que te llegue esta carta), tu preparación ya no se podrá poner en duda.

Lo curioso es que, como la monarquía no tiene más cimiento que el ADN y la primogenitura, si tuvieras un hermano mayor, sólo por eso, ya estaría más preparado que tú y tendría que ser el mejor de los reyes posibles. Porque, si nos pusiéramos a elegir entre dos hermanos con algún otro criterio, a la monarquía se le caen los palos del sombrajo. Ya puestos a elegir al más capaz y prescindiendo del ADN o la fecha de nacimiento, pues para eso  mejor una república, ¿verdad?

Por otra parte, no te lo tomes a mal, pero ser licenciado en Derecho tampoco es una preparación tan supersónica. Ya sé que, para el nivel de estudios de tu familia, te parecerá la bomba, pero mira a tu alrededor: ¿tú sabes cuántos licenciados en Derecho están en la cola del paro? Seamos serios, ¿un título universitario, algún máster, idiomas, servicio militar cumplido, informática a nivel usuario y vehículo propio? Con ese currículum a muchos españoles les cuesta conseguir un empleo de cajera-reponedora o controlador de accesos (o sea portero de discoteca).

En resumen, puesto que cada vez que sale tu nombre al pedir unas cañas siempre hay alguien, el más timorato por lo general, que afirma con voz solemne que estás súper-preparado, tengo que hacerte una pregunta: exactamente, ¿para qué estás tan preparado, Felipe?”

 

 

 

 

 

 

 

Felipe acelera que (sin prisas) viene la Tercera

En vísperas de su coronación, incapaz de atisbar la fragilidad de su inminente empleo, el futuro rey  Felipe VI ya empieza a cometer errores garrafales.  El principal es, sin duda, aceptar el cargo, ante Las Cortes civiles, vistiendo uniforme de gala de capitán general de los Ejércitos. Cuando los seres vivos  (o las instituciones) cambian de piel es cuando más se nota su fragilidad.

Entendí que su padre vistiera de militar ante Las Cortes de Franco, en 1975 . Con el miedo que todos teníamos en el cuerpo, hasta lo celebré y lo aplaudí.  Aquel Ejército de Franco tenía, entonces, la imagen de sostén de la Dictadura y, por tanto, de enemigo del pueblo.  Sin embargo, al cabo de casi 40 años de democracia, el Ejército se ha ganado el afecto de los españoles. En las encuestas aparece como una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos, por encima de los partidos políticos y de la propia monarquía. Ya no hay que temer a nuestro Ejército ni, por tanto, hacerle la pelota con uniformes de gala y condecoraciones propias de actos militares y no de actos civiles.

¿A qué viene, entonces, este gesto castrense tan inoportuno como innecesario e inamistoso?

¿Quiere el próximo rey chupar rueda de la popularidad que goza el Ejército o bien decir “aquí estoy yo” que soy útil por si hay otro golpe de Estado militar como el del 23-F?

¿Acaso no tiene el aún príncipe de Asturias quien le aconseje gestos sabios y prudentes, alejados del origen franquista-militar de la corona de su padre? ¿Quien le obliga a presentarse ante la soberanía popular vestido de capitán general? Su padre, que parece más pillo que él, debería aconsejarle que se presentara de civil ante Las Cortes. Para no asustar con  malos recuerdos…

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Ya no estamos en el 6 de diciembre de 1978. Entre dictadura militar o monarquía parlamentaria, los españoles elegimos entonces esta última. “A la fuerza ahorcan…” dicen en mi pueblo. Era como elegir entre susto o muerte. Y, sabia y prudentemente, con la libertad recién estrenada, elegimos susto. Y, la verdad, es que no nos ha ido tan mal en los casi 40 años que van desde la muerte del dictador. Gracias, eso sí, al espíritu de la Transición y a la complicidad y el empuje de la mayoría de los españoles.

No tengo confirmación (solo rumores) de que la Iglesia Católica quiera también meter la pata ahora en la coronación del futuro Felipe VI con alguna misa, te deum, o cualquier otro “hocus pocus” o abracadabra mágico-religioso o poniendo, quizás, un crucifijo junto al texto de nuestra Carta Magna.  Sería el colmo. En un Estado aconfesional como el nuestro, veríamos otra vez, el altar y el trono, juntos, llevándonos hacia atrás en el túnel del tiempo…  ¿Qué pintan militares y curas  en actos tan puramente civiles como es la jura del futuro monarca ante la Constitución y los representantes del pueblo español?

Estos errores inciales, por muy insignificantes que parezcan,  no harán más que acelerar la llegada de la Tercera República. Si el futuro rey Felipe VI propiciara una reforma constitucional en toda regla y un referendum legal sobre monarquía o república lo ganaría con holgura. Estoy convencido de ello. Y tendría, a partir de entonces, toda la legitimidad que ahora le falta por el pecado franquista-original de su padre.

El día de la abdicación de Juan Carlos I, la Puerta del Sol estuvo llena de jóvenes con banderas repúblicanas.

El día de la abdicación de Juan Carlos I, la Puerta del Sol estuvo llena de jóvenes con banderas repúblicanas.

Cada año que pase, manteniéndose el status quo de desprestigio de la clase política, enquistada en el reino de la corrupción y la impunidad, el empleo del nuevo rey se irá haciendo más y más frágil. Y las esperanzas de cambio de los jóvenes se irán depositanto, sin prisa pero sin pausa, en los ideales siempre vivos de la Tercera República.

En su articulo “Monarquía y referendum”,  el profesor Javier Pérez Royo escribe en El País:

“El referéndum del 6 de diciembre de 1978 fue un acto de liquidación de las Leyes Fundamentales, pero no de legitimación de la Monarquía. Conllevaba la incorporación de la Monarquía a la fórmula de Gobierno que la Constitución establecía, pero no era esa incorporación lo que había sido objeto del debate constituyente y lo que específicamente se sometía a referéndum.

Esta es la razón por la que la Monarquía tiene una posición tan frágil en nuestro sistema político, como la reacción de pánico ante la abdicación del Rey ha puesto de manifiesto. Un órgano constitucional que no dispone de una legitimación democrática inequívoca está permanentemente amenazado de extinción. Y a una magistratura hereditaria, a estas alturas de la historia, la legitimación democrática solo puede proporcionársela un referéndum. La Transición como instancia legitimadora ha tenido una vigencia de 40 años, que no son pocos. Ya no da más de sí.”

Estoy de acuerdo con casi todo lo que dice. Pero no estoy de acuerdo con la afirmación de que la Transición ya no da más de sí. La Transición sigue viva y dará mucho más de sí porque está basada en el espíritu de diálogo, de consenso y de paz entre los españoles que tanta falta nos hizo durante siglos.

Nunca olvidaré el proyecto fabuloso del presidente Aldolfo Suárez cuando tenía que dar agua y, a la vez, cambiar las cañerías del Estado. Se resumía en esta frase, ya histórica: “De la Ley a la Ley, pasando por la Ley”.  

Y que no nos diga el futuro rey Felipe VI que no tiene poderes para ello. Josep M. Colomer lo deja bien claro en su artículo “Como Italia”, publicado en El Pais:

“De acuerdo con la Constitución española, el jefe del Estado puede destituir al jefe del Gobierno, disolver el Parlamento, convocar elecciones, nombrar un nuevo presidente del Gobierno, así como a los ministros que este proponga, presidir personalmente las reuniones del Consejo de Ministros, expedir los decretos gubernamentales, promulgar las leyes y, de acuerdo con el jefe del Gobierno nombrado por él, convocar referéndums sobre decisiones políticas de especial importancia. Se espera en general que el jefe del Estado use estas capacidades de acuerdo con los resultados electorales. Pero en una situación de emergencia —como sin duda es la española—, los poderes del jefe del Estado están para usarlos —como en el caso italiano— de acuerdo con la letra del texto legal.”

Lindos colores 14 de abril.

Lindos colores 14 de abril.

Así, legalmente, con ese mismo espíritu de la Transición, vendrá la Tercera República si el próximo Rey no espabila y no acierta al propiciar las reformas que su reino (el actual reino de la impunidad) necesita con urgencia.

Aunque soy republicano, no me importaría que acertara.

 

 

 

 

Republicanos ex juancarlistas votamos por la Tercera

Acabo de brindar por el fin de la Transición. Y ya me arrepiento. La Transición de la Dictadura a la Democracia no ha concluido. Solo lo ha hecho el Primer Acto. Hoy comienza, cargado de esperanza, el día 1 del Segundo Acto.

Esta placa sustituye desde hace un par de años a una foto del Rey con mi hija Andrea.

Esta placa sustituye desde hace un par de años a una foto del Rey con mi hija Andrea.

Agradezco a Juan Carlos I los servicios prestados a la Democracia, en especial en el 23-F. Sin él y sin Adolfo Suarez la Transición hubiera sido más complicada o, quizás, imposible.. Suárez ha muerto y el Rey ha abdicado. Pero aún nos quedan  el espíritu y los valores de la Transición: diálogo, consenso, generosidad y respeto al imperio de la Ley.  Suárez nos legó una experiencia singular y única en la histora de España: “De la Ley a la Ley pasando por la Ley”

Juan Carlos gozó del apoyo y el afecto de muchos republicanos (como yo mismo) puesto que, pese a haber heredado los poderes del Dictador, apoyó los ideales democráticos de la República.  Por eso merece mi gratitud sincera y, por eso, le perdonamos su pecado original como heredero del ominoso general Franco.  La historia seguramente le dará un balance positivo.  Sin embargo, en los últimos años, por los escándalos de corrupción que le rodean y por su mala cabeza, el Rey ha ido agotando el crédito que le dimos. 

Le deseo suerte y salud para disfrutar de su jubilación. No le deseo el exilio ni a él ni a su familia. Le recomiendo la jardinería. A mi me va de maravilla. Mirad qué flores tengo en mi jardín:

Lindos colores "14 de abril".

Lindos colores “14 de abril”.

Su jubilación nos abre una camino de esperanza para renovar el material obsoleto de nuestras instituciones: la Constitución, los partidos políticos, la justicia…

El 14 de abril del año pasado decidí descolgar la foto del Rey dedicada a mi hija Andrea y la bajé al sótano.

Foto del Rey dedicada a mi hija Andrea (que llevo a hombros)

Foto del Rey dedicada a mi hija Andrea (que llevo a hombros)

Estas fueron las razones que me llevaron alquel día a salir del armario republicano-juancarlista y abrazar, abiertamente y sin disimulo, los ideales de la República, que siempre llevé en mi corazón y que aprendí de mis padres. Creo que la deuda que muchos democratas teníamos con el Rey, por haber cedido al pueblo los poderes heredados de Franco, ha quedado suficientemente saldada. Se abre ahora una nueva etapa cargada de emoción y de posibilidades imensas para las generaciones venideras. No las desaprovechemos.

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Copio y pego, a continuación, lo que publiqué el 14 de abril de 2013 en mi blog de 20minutos.es “Se nos ve el plumero”.

14 de abril: a rey flaco todo son pulgas

14 abril 2013

A fuerza de mirar hacia arriba, a los elefantes, al rey Juan Carlos se le puede caer la corona.  Por su mala cabeza y la de su familia. Menos mal que el juez Castro imputó a la infanta Cristina. ¿Qué es peor: ser cómplice o tonta de remate?

El rey Juan Carlos posando ante un alefante abatido en Africa

El rey Juan Carlos posando ante un alefante abatido en Africa

Arsenio Escolar nos recuerda en su blog que “El rey está hoy más desnudo”.  El País publica la foto que conocimos hace un año -otro 14 de abril- de Juan Carlos de Borbón posando ante un elefanteabatido a tiros en Africa.  Desde luego, parece que se cumple el refrán: “A perro flaco, todo son pulgas”.

Manuel Vicent dedica su columna dominical de El País al 14 de abril de 1931, el sueño republicano. Un artículo excelente que copio y pego a continuación:

14 de abril

El grave problema político que atraviesa la monarquía consiste en que no teniendo el rey ninguna responsabilidad política, tiene la obligación moral de no permitirse la más mínima quiebra

Manuel Vicent

(El País, 14 de abril de 2013)

“La corrupción de lo mejor es la peor, decían los latinos. Corruptio optimi pessima. Si se da por supuesto que lo mejor en el orden social es un rey, un príncipe, una infanta, los yernos y demás parentela, se entenderá por qué en la opinión pública causa tanta alarma, no exenta de morbo, cualquier escándalo que se derive de la Casa Real. En nuestra monarquía parlamentaria el rey no tiene ningún poder político. Solo ejerce el papel simbólico de cohesionar la unidad del Estado cuya jefatura ostenta. Precisamente por ser un símbolo, el rey no tiene otra responsabilidad que la de ser ejemplar, la de moverse dentro de una esfera platónica, limpia y transparente, que dé un sentido mágico a ese residuo histórico e irracional que es la monarquía. Los reyes están ligados al propio azar ovárico-seminal.

Dentro de esa granja dorada de reproducción en la que viven estos privilegiados individuos, la primera labor de un monarca consiste en engendrar un príncipe y sucesivos vástagos que aseguren el futuro de la dinastía a capricho de la genética. El grave problema político que atraviesa la monarquía en este país consiste en que no teniendo el rey ninguna responsabilidad política, tiene la obligación moral de no permitirse oficialmente la más mínima quiebra, puesto que una esfera, si no es perfecta, deja de ser esfera.

Cuando esta figura platónica, que simboliza el Estado, se corrompe, la ficción política se convierte en una farsa y todo el tinglado del teatro se derrumba. En nuestro caso existe otro peligro añadido. En medio de los escándalos de la Casa Real se eleva un fantasma luminoso, que se aparece cada año en primavera, como una flor de acacia.

Saludo al rey en el Patio de los Leones con mi hija Andrea a cuestas (1986)

Saludo al rey en el Patio de los Leones con mi hija Andrea a cuestas (1986)

Hoy es 14 de abril. Puede que la Segunda República, ahogada desde el principio por sus enemigos, fuera un desastre, pero todavía hoy constituye un paradigma de racionalidad, modernidad y regeneración idealista cuya fuerza estriba en que muchos ciudadanos sin haberla vivido la han convertido en un sueño. Monarquía o república no es todavía el dilema.Antes de cambiar de caballo en mitad del río turbulento de la crisis la opinión pública exige primero que se limpien las caballerizas del monarca para que la esfera del Estado sea un espejo en el que los ciudadanos se reflejen sin avergonzarse.” (FIN)

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Foto por foto. Con todas las emociones familiares (e históricas) contenidas en la fecha de hoy (Salud y República), debo reconocer que, por miedo o agradecimiento, me apunté en la lista de juancarlistas el 23 de febrero de 1981, cuando el rey utilizó su uniforme castrense para abortar el Golpe de Estado militar que amenazó con regresarnos a las cavernas de nuestra historia.

En aquel momento, hice un acto de fe en favor de esta monarquía parlamentaria. (Ya sabemos que recurrimos a la fe para creernos todo aquello que sabemos que no es verdad).

Pensamientos y petunias. (14 de abril de 2013).

Pensamientos y petunias. (14 de abril de 2013).

Contra todo razonamiento, he procurado defender emocionalmente a esta monarquía hereditaria (“La razón de la sinrazón…”) que facilitó la transición liderada por Adolfo Suárez desde la Dictadura a laDemocracia y frenó el 23-F.

A medida que iba conociendo los escándalos de la realeza, el crédito emocional que yo había concedido al rey Juan Carlos se fue esfumando poco a poco. La razón, implacable, me pasó factura.

Hace hoy justamente un año -el 14 de abril de 2012- vi esta foto del cazador de elefantes y me di de baja de la lista de juancarlistas.

Ese día descolgué de la pared de mi casa una simpática foto que tenía con el rey y con mi hija Andrea en La Alhambra y la bajé al sótano.

En su lugar, voy a colgar esta foto tricolor, recién florecida, de mis “pensamientos”: “llevas sangre , llevas oro y, por tu penas, morada.

Del sótano al salón...

Del sótano al salón…

¡Ay! 14 de abril…

Oído en la calle:

“Juan Carlos acelera…

… que viene al Tercera”

El 14 de abril en Almería, que es mi tierra.

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¡Qué buen presidente hubiera sido para la III República!

En un país tan ingrato como el nuestro, la muerte del presidente Suárez me provoca sentimientos cruzados de cierta orfandad política, enorme agradecimiento personal y no poca culpabilidad colectiva. Evocando el cantar del Campeador: ¡Dios qué buen ciudadano si hubiese buen país!

Estaba cocinando unos gurullos almerienses, con la receta de mi madre, cuando escuché la noticia de su muerte, no por esperada menos triste. Recordé unos versos de Machado: “Un golpe de ataud en tierra es algo tremendamente serio”.  Con Suárez, nos hemos muerto un poco todos aquellos que participamos de alguna manera en la transición y hemos asistimos después, más o menos pasivamente, al deterioro progresivo de nuestra democracia. De ahí esta mezcla agridulde de amor y culpabilidad.

Desde que oí la noticia, se han precipitado en acudir a mi mente multitud de recuerdos compartidos con el primer presidente de la democracia más larga de la historia de España. Algunos, entrañables -como cuando me colé con 21 años en su despacho de TVE en 1968 y presenté la Televisión Escolar- y otros, muy tristes -como cuando paseamos del brazo por el cementerio de Segovia al enterrar allí a Fernando Abril Martorell.  Nuestro último abrazo fue en la iglesia de Avila donde dieron sepultura a su esposa hace ya más de 13 años. Mi relación con Suárez, desde 1968 hasta 2001, duró 43 años. Y está llena de anécdotas, sin apenas importancia, pero que me hacen sentirme un privilegiado por haber pasado por su lado.

Ahora todo son alabanzas, como corresponde a la tradición de los obituarios. Por algo, el día de hoy, el del fallecimiento, recibe el sobrenombre de “día de las alabanzas”. Dejaré pasar unos días entes de poner aquí, en frío, algunos de mis recuerdos con Adolfo Suárez. No era tan perfecto como dicen hoy por doquier, pero era un ser humano excepcional.

A menudo he pensado en él como el perfecto candidato a jefe del Estado, como presidente de la III República. Ya no será posible. Pero podría servir de ejemplo a generaciones venideras para frenar el deterioro de nuestra democracia y devolver a muchos descreidos la ilusión de que otra política, capaz de consensos contra la corrupción y por el interés general, es posible aún en España.

Descanse en paz el presidente Suárez.

Copio y pego a continuación (para mi archivo) el obituario que acaba de publicar el New York Times  sobre Aldolfo Suárez, primer presidente de la Democracia tras la Dictadura de Franco.

Adolfo Suárez Dies at 81; First Spanish Prime Minister After Franco

By RAPHAEL MINDER

Mr. Suárez, who helped fill a power vacuum left by the death of Gen. Francisco Franco in 1975, was a key figure in the country’s transition back to democracy.

El New Yok Times ilustra el obituario de Adolfo Suárez con la foto histórica del 23-F

El New Yok Times ilustra el obituario de Adolfo Suárez con la foto histórica del 23-F

 MADRID — Adolfo Suárez, Spain’s first prime minister after the Franco dictatorship and a key figure in the country’s transition back to democracy, died here on Sunday. He was 81.

A family spokesman, Fermín Urbiola, announced the death. Mr. Suárez was admitted to a Madrid hospital last Monday with respiratory problems that developed into pneumonia. He had been treated for Alzheimer’s disease for a decade.

A lawyer by training, Mr. Suárez led a new generation of Spanish politicians who filled the power vacuum left by the death of Gen. Francisco Franco in late 1975.

The government announced three days of official mourning and said that Mr. Suárez would receive a state funeral. In a televised address on Sunday, King Juan Carlos called Mr. Suárez “a loyal friend” who had helped lead the country back to democracy, calling it “one of the most brilliant chapters in Spanish history.”

King Juan Carlos picked Mr. Suárez, who was then 43, to form a government in 1976. At the time, Mr. Suárez was a successful but relatively obscure aparatchik of the Franco regime who had spent a few years running the national radio and television broadcaster. But he had little of the power-brokering experience that was required to heal deep divisions in Spanish society after four decades of dictatorship and international isolation.

Adolfo Suárez in 1977. Credit Agence France-Presse — Getty Images

Still, despite his ties to Franco, Mr. Suárez was also relatively free of any stigma as a member of the regime. He was too young to be associated with the horrors of the Spanish Civil War and the early and most brutal period of Franco’s regime.

By June 1977, when Spain held its first democratic election since 1936, when the Civil War began, Mr. Suárez “epitomized the changing face of Spain and the emergence of a new middle class,” Robert Graham wrote in “Spain: A Nation Comes of Age,” a book about Spain’s democratic transition. Mr. Graham, a foreign correspondent in Madrid during Mr. Suárez’s premiership, added: “His clean, youthful looks were in themselves a breath of fresh air. He represented what many Spaniards aspired to be — a provincial boy made good, with a devout wife and a large, happy family.”

The 1977 general election was won by the Union of the Democratic Center, formed just ahead of the vote as a loose, center-right coalition that included several candidates who had served in the Franco administration without being linked to its most Fascist component.

Mr. Suárez did not run as the official leader of the party, but he addressed the nation on the eve of the vote that positioned him at its helm. He could claim direct backing from King Juan Carlos, who himself had been handpicked by Franco and crowned only two days after the dictator’s death.

“The point of departure is the recognition of pluralism in our society: We cannot allow ourselves the luxury of ignoring it,” Mr. Suárez told lawmakers in 1976.

This pluralism included the Communist Party, which had been banned under Franco. In a secret meeting with Santiago Carrillo, Spain’s long-exiled Communist leader, Mr. Suárez offered to legalize the Communists in return for a pledge that they would join the election.

His engineering a wave of political conciliation and a smooth switch to democratic elections were the high-water marks of his premiership. Much of it afterward was rife with tensions within the leadership of his own party and cabinet reshuffles.

By the start of 1981, Mr. Suárez was facing an internal party rebellion and trailing in the polls behind the Socialist Party. His response was to resign, a decision he did not fully explain, although he hinted that his other option — calling an early general election — risked making Spain’s return to democracy a “parenthesis in history” if the Socialists took power and provoked a takeover by the military, which was dead set against their running the country.

In fact, in February 1981, a month after Mr. Suárez’s resignation announcement, a group of military officers attempted a coup, starting with a takeover of the Congress of Deputies, the lower house of Spain’s parliamentary system, while it was in session. Stunned Spaniards followed events live on the radio as members of the military police fired shots into the air and many lawmakers took cover behind their seats. A few, however, including Mr. Suárez and his deputy prime minister, Manuel Gutiérrez Mellado, stood up to challenge the rebels.

The coup attempt, denounced by King Juan Carlos in a television broadcast, was over within a day.

Afterward, Mr. Suárez sought a political comeback, leading a new party, the Democratic and Social Center, known as C.D.S. He was re-elected to Parliament in 1982, but the C.D.S. failed to make a major impact and gradually lost support. Mr. Suárez resigned his party leadership and retired from politics in 1991.

Mr. Suárez’s wife, María Amparo Illana Elórtegui, died of cancer in 2001. A daughter, María Amparo Suárez Illana, died of cancer three years later. His survivors include four other children.

Although he had won popular support cast as an outsider to Spain’s establishment, he was awarded by the king with a noble title, Duke of Suárez, after stepping down as prime minister. His last public appearance was in 2003. Two years later, his family said Mr. Suárez had Alzheimer’s disease and could no longer remember having led Spain.

Alejandra, futura duquesa de Suárez

El mes pasado compartí mesa, sin saberlo, con Alejandra Romero Suárez, la futura duquesa de Suárez. Y hoy estoy triste por el “inminente” desenlace fatal de la enfermedad de su abuelo, el primer presidente de la Democracia.

La nieta de Adolfo Suárez saluda al principe Felipe. el abogado Mohedano, en segundo plano.

Alejandra Romero, nieta de Adolfo Suárez, saluda al principe Felipe. El abogado Mohedano, en segundo plano. La foto corresponde a la audiencia del Príncipe a la Asociación para la Defensa de la Transición que preside mi paisano el tte. general Andrés Casinello.

Primero, durante la Dictadura, ataqué al presidente Suárez todo lo que pude. Luego acabé admirándole, trabajando para él y teniéndole un gran afecto. Ahora me gustaría que le dejaran morir en paz.

En 1976, el Rey eligió a dedo a Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, para suceder a Carlos Arias, franquista hasta médula. Entonces criticamos la real decisión. Era fruto de los poderes totalitarios de Juan Carlos I, heredados del dictador, y no de la voluntad popular. Además, Suárez era nada menos que el ministro secretario general ¡del Movimiento!. (Habrá jóvenes a quienes todo esto les sonará a chino: el Movimiento Nacional era el partido único creado por el general Franco a imagen y semejanza de los partidos nazi y fascista de Hitler y Mussolini, respectivamente.)

Como director de semanario Doblón, publiqué en portada (nº 91, 10-16 de julio de 1976) la foto de Adolfo Suárez con uniforme del Movimento (naturalmente, con la camisa azul falangista y corbata negra) y con el siguiente titular:

OTRO GOBIERNO A DEDO

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976.

Portada del semanario DOBLON, 10-16 de Julio de 1976.

Los demócratas de entonces pediamos a gritos elecciones libres para que una nueva constitución y los sucesivos gobiernos fueran fruto de la soberanía popular, no del capricho del Rey. Por eso, recibimos a Suárez con los más duros ataques y descalificaciones que nos permitía la censura franquista que seguía vigente.

¡Qué equivocados estábamos!

En estos días, me vienen a la mente multitud de recuerdos compartidos con el hombre que más hizo por devolver la libertad a los españoles. Y la memoria se llena de tristeza.

Adolfo Suárez Illana, candidato del PP, con Jose M. Aznar y Adolfo Suárez en la campaña electoral de Castilla La Mancha.

Adolfo Suárez Illana, candidato del PP, con Jose M. Aznar y Adolfo Suárez en la campaña electoral de Castilla La Mancha.

Comprendo la pena que sienten sus hijos, nietos, hermanos y demás familiares y amigos. La agonía de un padre puede nublarnos el juicio. Y no es disculpa pequeña. Pero no me ha gustado la forma en que Adolfo Suárez Illana ha comunicado, en multitudinaria y prematura rueda de prensa, el “inminente” final de su padre. No se muy bien por qué, pero siento un cierto desasosiego. O perplejidad. Quizás por respeto y agradecimiento a la gigantesca figura del presidente Suárez, no me ha gustado la precipitación de su hijo al comunicar eso de contemplar “el horizonte temporal de 48 horas”.

La forma de comunicarlo, las palabras escogidas, el momento tan prematuro, los obituarios -merecidos, sí- publicados aún en vida del mayor héroe de nuestra Democracia, los preparativos de las honras fúnebres en el Congreso y -cómo no- en la Catedral. … me han dejado una basurilla en el corazón. El ciudadano Suárez, grande de España por ser duque, y mucho más grande por haber defendido nuestra libertad, merece un tratamiento más delicado. Han faltado finura y mesura. Pero hay que ponerse en la piel de su hijo, en momentos tan dramáticos, para comprender, y seguramente disculpar, sus errores de comunicación.

Afortunadamente, el hijo del presidente Suárez ha dicho que no piensa discutir ahora el ducado de su padre  que, según la Ley 33/2006, corresponde en herencia a su sobrina Alejandra Romero Suárez, hija mayor de Maria Amparo Suárez Illana, primogénita del matrimonio Suárez-Illana, fallecida en 2004.

Al parecer, Adolfo Suárez Illana ha rectificado su posición de 2009 cuando, según el diario Público, pidió al Rey que le quitara el ducado de Suárez a su sobrina y se lo diera a él.

—–

 

 

 

Hoy, hace 38 años, pensé que me moría…

Hoy me desperté muy pronto pensando que ningún tiempo pasado fue mejor. Y con razón. Me dió por recordar aquel inolvidable 2 de marzo de 1976, casi al final de la Dictadura, cuando pensé que me moría, a los pocos días de haber comprado una parcela…

Mi secuestro, hace 38 años

13 abril 2006 Editar entrada

(Recopilación del capítulo I al IV, a petición de algunos amigos. Lo que sigue fue escrito por mi hace 8 años, al cumplirse los 30 años del secuestro. Aquellos delitos creo que ya han prescrito)

English version

(I)

Tuve que dar un frenazo en seco y en plena cuesta. Unos locos habían cruzado su coche en medio de la calle y me impedían el paso. Pensé que se les había calado allí mismo.

Miré por el retrovisor de mi R-12 color hueso, con la intención de dar marcha atrás y salir por mi calle (Francisco Cabo) a la autopista de La Coruña. Instintivamente, miré el reloj: las nueve de la mañana pasadas. Ya iba tarde para cerrar, en la imprenta de Alcobendas, los últimos pliegos del semanario Doblón.

Todo fue muy rápido. Tres o cuatro personas salieron del coche que me impedía el paso. Me pareció ver que sacaban bruscamente –“¡qué raro!”, pensé- unas bolsas de deporte. El atasco iba para rato.

Volví a mirar por el retrovisor, antes de dar marcha atrás, y vi a un hombre mayor, con pelo rizado y un poco cano, que corría cuesta arriba hacía mi coche apuntándome con una pistola.

Miré al frente y las bolsas de deporte se habían convertido en metralletas (no eran como las que yo tuve en la mili; me parecieron más cortas y compactas). Sus dueños se cubrían la cara con dificultad: solo vi a uno con el rostro cubierto con pasamontañas, muy cerca de mí, apuntándome con su arma y golpeando con ella el cristal de mi ventanilla. Los otros rodearon mi coche.

Era martes, dos de marzo de 1976, tres meses después de la muerte de Franco.

(Tres meses llenos de inseguridad y miedo de cara al futuro. En medios periodísticos, sindicales, militares y políticos clandestinos abundaban entonces los rumores más extravagantes sobre escenarios golpistas. Los residuos del regimen franquista -que nosotros habíamos bautizado en Doblón como el “bunker”– querían mantener las esencias de la dictadura sin dictador. Pero teníamos indicios de que el flamante rey Juan Carlos no estaba por esa labor. “Era un prisionero más en el bunker franquista”, decíamos. Franco afirmó antes de morir que dejaba “todo atado y bien atado”. Y había rumores de que algunos generales y banqueros estaban tomando medidas para que así fuera).

Hacía una mañana soleada, aunque fría. Aún quedaba bastante nieve en Navacerrada. Un día maravilloso de invierno que, tan de mañana, yo no podía imaginar cómo iba a acabar.

No reconocí a ninguno de mis captores. En realidad, nunca supe si eran cuatro o cinco: el viejo que vino por detrás y tres o cuatro que me atacaron de frente.

En lugar de bajar el cristal, abrí la puerta, ya muerto de miedo, y, en ese instante, una mano – no se de quién- presionó un bote blanco de spray y me roció la cara con un líquido abrasivo que rajaba mi piel como si me cortaran con un montón de cuchillos a la vez.

Afortunadamente, un segundo antes, al ver de refilón aquel bote de spray acercándose de golpe a mi cara, cerré los ojos con fuerza y a tiempo para salvarlos.

Ya no volví a abrirlos hasta, unas horas más tarde, pasado el Alto de los Leones de la Sierra de Guadarrama, cuando me necesitaron con los ojos bien abiertos.

Uno de ellos me dijo:

“No te muevas, esto es un secuestro. Si no haces tonterías, no te pasará nada”.

Me sacaron de mi asiento tirando de la hombrera de mi chaqueta azul cruzada.

(Creo que ahora está arrugada en el sótano, y aún debe tener mi sangre seca, desde hace treinta años. Nunca la llevamos a la tintorería ni me la volví a poner jamás. No soy supersticioso, por si trae mala suerte.)

Al salir del R-12, uno de ellos me cruzó los brazos por detrás y me puso las esposas. Al mismo tiempo, otro me tapaba velozmente los ojos con un gran esparadrapo y dio con él un par de vueltas pillándome las orejas y el cogote.

Tuve mala suerte, al mover instintivamente mi cabeza a derecha e izquierda, para evitar la quemadura, provocada por aquel líquido tan doloroso que me echaban por la cara y sobre el esparadrapo que me cubría y protegía los ojos.

Tuve mala suerte, sí, porque quien me estaba poniendo las esposas, a mis espaldas, recibió en su cara el impacto del mismo líquido que iba destinado a mí, y creo que en exclusiva. Dio un pequeño grito:

“Joder, lo que escuece (o lo que quema) esta mierda”

Y soltó par de maldiciones y tacos. Naturalmente, me acusaba a mi de ser el causante directo de su quemadura imprevista.

Me metieron en el asiento de atrás de mi R-12 con un secuestrador a mi lado que, de vez en cuando, apretaba su metralleta contra mi costado, mientras protestaba por la quemadura que, según él, yo le había hecho.

Los dos vehículos echaron a andar hacia la autopista de La Coruña, única salida que tenía Las Matas, el pueblo dónde vivíamos mi mujer, Ana Westley, y yo, en una casita pequeña y extremadamente fría que habíamos comprado a un jardinero de la zona.

Ya de camino, se relajaron un poco y me explicaron, esforzándose por parecer amables, que se trataba tan solo de un secuestro para sacar algún dinero por mi rescate. Decían saber que yo era de familia rica.

Desde el primer momento, en cuanto descubrí al de la pistola por el retrovisor, y a los de enfrente con las metralletas reglamentarias, supe quiénes eran y qué podían querer de mi. Repitieron lo mismo un par de veces:

“Tranquilo, hombre, en cuanto paguen tu rescate, te soltamos”.

Tenía bastante claro quiénes eran mis secuestradores y podía, incluso, imaginar lo que buscaban. De hecho, yo había pasado las dos últimas semanas muy inquieto, sin recibir ningún recado de mis fuentes de información militares. Nada. No tuve ninguna reacción a la información, tan sensible y arriesgada, que había publicado en el semanario Doblón del 10 de febrero anterior, con la Portada dedicada a la Guardia Civil y con el antetítulo “De Vega a Campano”. (Luego confirmaré la fecha exacta)

Desde que publiqué mi último artículo sobre los traslados irregulares de altos mandos moderados de la Guardia Civil, a mediados de febrero de 1976, no había tenido noticia alguna de mis fuentes anónimas. Desaparecieron de golpe. Ni una sola llamaba telefónica. Llegué a pensar que me habían abandonado, una vez conseguido su objetivo que era exactamente -según me dijeron al darme las primeras pistas y luego los datos exactos- frenar la purga de altos mandos moderados en la Guardia Civil.

No entendía muy bien de qué hablaban mis secuestradores, medio en clave, durante el viaje. Me hicieron muy poco caso -creo que iban un poco nerviosos- hasta que tomaron velocidad propia de autopista.

“¿Por qué dicen estos lo del rescate, en vez de ir directamente al grano?”,

pensé mientras buscaba explicación a tantos rodeos que yo consideraba innecesarios.

Desde luego, no fueron al grano hasta que me tuvieron en un lugar completamente seguro para ellos. Si hubiera ocurrido algún percance, contraorden o accidente no previsto, durante el trayecto por carretera, nadie hubiera sabido la razón real del secuestro. Por eso, deduje que la conversación durante el viaje debía estar alejada de la purga de altos mandos militares, que se produjo durante la enfermedad de Franco y los dos meses posteriores a su muerte. Y así fue.

(Continuará…)

Es un poco tarde y tengo trabajo. Seguiré escribiendo después de comer. Si me dejan…

Hasta luego.

(II)

(Viene de Secuestro I)

(No entendía muy bien de qué hablaban mis secuestradores, medio en clave, durante el viaje. Me hicieron muy poco caso -creo que iban un poco nerviosos- hasta que tomaron la velocidad propia de la autopista.

“¿Por qué dicen estos lo del rescate, en vez de ir directamente al grano?”,

pensé mientras buscaba explicación a tantos rodeos que yo consideraba innecesarios. Desde luego, no fueron al grano hasta que me tuvieron en un lugar completamente seguro para ellos. Si hubiera ocurrido algún percance, contraorden o accidente no previsto, durante el trayecto por carretera, nadie hubiera sabido la razón real del secuestro.

Por eso, deduje que la conversación durante el viaje debía estar alejada de la purga de altos mandos militares, que se produjo durante la enfermedad de Franco y los dos meses posteriores a su muerte. Y así fue.)

(Continuará…)

Mis hijos mayores, Erik y Andrea, me piden que continue. Por ellos, ahí va, que hoy es domingo.

Secuestro (II)

Dale limosna, mujer…

No se por qué, desde que pusieron los dos coches en marcha, estuve convencido de que me llevaban hacia el Puerto de Navacerrada, al Noroeste de Madrid. Desorientado, con los ojos cerrados, los párpados ardiendo, por el efecto retardado del spray, cubiertos por el esparadrapo y por unas gafas, no tenía ni idea de por dónde circulábamos a tanta velocidad.

Me acordé de los ciegos que venden “iguales”. ¡Qué desgracia tan grande la de ser ciego! En aquella oscuridad sobrevenida, me concentraba en acumular dosis de serenidad y de calma, por lo que pudiera pasar, y me hacía mil preguntas a la velocidad del rayo.

La mente es sabia y tiene sus recovecos para ayudarnos a sobrevivir en las peores circunstancias. Quizás por eso, me vino a la cabeza un poemilla que dicen en Granada. Me esforzaba por recordarlo y apenas tenía un par de versos a mano:

“Dale limosna, mujer/ que no hay desgracia mayor/ …./ que ser ciego en Granada”.

Buscaba en mi memoria, sin éxito, los versos perdidos. Debía encontrar un verso terminado en “nada” que rimara con “Granada”.

No me hacían ni caso.

De pronto, mi coche aflojó la marcha, tomó una curva cerrada y me imaginé que salía de la autopista. Era, efectivamente, una carretera llena de curvas y cuesta arriba. El hombre que iba sentado delante de mí, en el asiento contiguo al del conductor, comenzó a hacerme preguntas un poco absurdas, como de doble chequeo. Eran de este estilo:

“¿Dónde tienes asegurado este coche?

Pronto me percaté de que estaba hurgando en los documentos que yo tenía almacenados, en total desorden, dentro de la guantera del coche. La guantera es para los mayores lo que el bolsillo del pantalón es para un niño. Un archivo-museo de tesoros inútiles.

El copiloto prestó especial atención a una vieja nómina de mi empresa.

“¿Cómo se llama tu empresa?” “¿Qué antigüedad tienes? ¿Cuánto ganas al mes?”

——–

“¡Lo que ganan estos comunistas de mierda!”

——–

Por sus comentarios sarcásticos y sus risas, supe que mi sueldo de director del semanario Doblón (ya en beneficios) les pareció escandalosamente alto.

Mi vecino de asiento apretó entonces el cañón de su arma (no estoy seguro de si se trataba de una pistola o de una metralleta) en mi costado.

¿Era una reacción de venganza o de envidia, provocada, quizás, por lo descomunal de mi sueldo en comparación con el suyo?

¿Era, quizás, su respuesta pauloviana cada vez que sentía el escozor de su quemadura, provocada por el spray que llegó a su cara, por accidente, cuando iba destinado solamente a la mía?

-¡Joder con estos comunistas! ¡Hay que ver lo que ganan estos comunistas de mierda!

Imbécil de mí, quise congraciarme con ellos, o al menos comunicarme –ser persona-, y respondí:

-Yo no soy comunista y nunca lo he sido.

Inmediato golpe de cañón en mi costado y advertencia casi reglamentaria:

-Tú, ¡a callar! ¿Alguien te ha preguntado algo? Responde cuando se te pregunte.

El copiloto intervino:

Con este sueldo ya serás rico y, además, podremos obtener un buen rescate de tu familia. ¿No crees?

——

Mis padres no tienen un duro

——

Fui preguntado y respondí.

-Mis padres no tiene un duro y mi casa está hipotecada. Mi padre es contable en la gasolinera “Las Lomas” de Almería y mi madre se dedica a sus labores. Ustedes se han equivocado de persona. Esto es un error.

(Risas nerviosas contenidas)

Silencio. Me percaté entonces de que, desde que me detuvieron y esposaron, yo les hablaba siempre de usted, muy respetuosamente, para congraciarme con ellos (quizás para halagarles), reconociendo así su posición de superioridad con respecto a mí. Estaba claro que ellos eran los jefes.

Ellos, sin embargo, me tutearon, desde el primer momento, y me trataron con desprecio y sarcasmo, manteniendo siempre la distancia para no confraternizar en nada conmigo. Supuse que, llegado el momento del interrogatorio, debería ser más fácil torturar a un completo desconocido que a alguien que ya conoces un poco como persona.

Cuando no ves nada, el tiempo se confunde con el espacio y adquiere otra dimensión, más difícil de medir. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos jugándonos la vida por aquellas curvas endemoniadas.

Sin manos con las que agarrarme a algún sitio, con las muñecas esposadas por la espalda, con dolor de hombros y el cuello rígido, iba dando tumbos, a diestra y siniestra, impulsado por la fuerza centrífuga o centrípeta del vehículo.

Cuando volcaba hacia mi derecha chocaba con la puerta del coche. Si lo hacía hacia mi izquierda me frenaba la presión contundente del cañón de un arma de fuego no identificada que, seguramente, ya me estaba produciendo un moratón entre las costillas.

Estaba tan concentrado en decidir cómo debía comportarme para hacerme “amigo” de los secuestradores que tardé en reconocer que me dolía el estómago. Lo tenía encogido y revuelto. Sentí un poco de nauseas. ¿Miedo? ¿Mareo? ¿Desorientación? ¿Demasiadas curvas, tomadas con exceso de velocidad y viajando, en contra de la costumbre, en el asiento de atrás y con los ojos tapados?

Un giro muy brusco seguido, en el acto, de un frenazo casi en seco, me sobresaltó. Sentí, de pronto, un miedo especial, distinto al que había sentido hasta entonces. ¿Miedo, quizás, al cambio de escenario? No se. ¿Miedo a ser abandonado en algún “zulo” con los ojos vendados?

——–

Me movían como a una marioneta

——

Oí el ruido de las puertas al abrirse y conversaciones lejanas de mis compañeros de viaje con los del coche que debía ir delante (o puede que detrás) de nosotros.

Me sacaron del asiento de atrás de mi coche y sentí frío. Pisé un charco. En aquel sótano o “zulo” había bastante agua por el suelo. Pensé que habíamos entrado en un garaje encharcado. Me movían de un lado para otro como a una marioneta. Al cabo de un rato me metieron en otro coche y seguimos por una carretera que pronto se convirtió en un camino pedregoso de tercera categoría.

Hablaban entre ellos. Y circulaban muy despacio. Llegamos al destino. Me sacaron de nuevo del coche y me fueron empujando para dirigirme por aquel terreno lleno de piedras, charcos y matorrales hasta una valla de piedras, que tuve que saltar con la ayuda de dos secuestradores.

Caminamos durante unos minutos hasta que, en un punto, me ordenaron que me sentara en el suelo. Estaba muy frío, lleno de hojas mojadas y húmedo. Allí empezó el interrogatorio, objeto del secuestro. Pronto se confirmaron mis temores. Sabían que mi pseudónimo, con el que firmé el artículo objeto de aquel secuestro ilegal, era Rafael Idáñez. Lo he usado muchas veces. La entrevista que le hice a Alicia Koplowitz en el primer suplemento dominical de El Sol -creo que es la única que yo conoczco- iba firmada también por Rafael Idáñez. le tengo especial cariño a ese nombre: es el primer nombre de mi padre y su segundo apellido

No quiero entrar en detalles. Sólo los imprescindibles. No me gusta –nunca me ha gustado recordarlo en los últimos 30 años- y no creo que sea necesario para el relato de los hechos. Por otra parte, al cabo de tantos años, me costaría mucho expresar o medir la intensidad del miedo, de la humillación, de la impotencia, del dolor físico, etc., que sentí en aquellas siete u ocho horas de tortura metódica.

Debe ser como los dolores del parto, que las madres olvidan pronto, al recibir el premio de una nueva vida: el bebé. De la misma manera, yo olvidé la medida del dolor en cuanto recibí el premio de una nueva vida: la mía.

Debía doler mucho lo que me hacían para sacarme la información que buscaban pero no puedo precisar, con detalle, ese dolor. ¿Lo he borrado de mi mente?

Estaba muy concentrado en las preguntas que me hacían, en sus reacciones, en sus risas y en sus comentarios más que en los golpes.

Estaba siendo sometido a un interrogatorio en toda regla. Me pareció bastante profesional. Como los de las películas. Había buenos y malos. Mejor dicho, había malos y un solo bueno.

(Creo que hacía de bueno el señor mayor que yo había visto por el retrovisor apuntándome con su pistola. Actuaba como si fuera el jefe de aquel comando).

—–

No le rompáis nada. Sin señales

—–

El presunto jefe daba órdenes como éstas, que me hicieron concebir esperanzas:

– No le rompáis nada. Sin señales. Me habéis oído. Sin señales.

Y seguían preguntándome y golpeándome. Yo debía conocer bien a los torturadores y encontrar las respuestas adecuadas para sobrevivir con el menor daño posible. Nunca tuve mi mente más despierta. Toda mi energía estaba destinada a sobrevivir. Quizás, por eso, se puede aguantar el dolor o enviarlo a un rincón inservible del cerebro.

Hasta ese momento, jamás había pensado seriamente en la muerte como algo próximo e inevitable. Era joven, sano y fuerte. Casi inmortal. ¿Por qué iba a pensar en la muerte?

No tuvieron necesidad de disimular por más tiempo acerca del presunto secuestro con rescate. Todos sabíamos por qué estábamos allí. Ellos comenzaron a desesperarse.

-¿Quién te dio la información para escribir ese artículo que firmaas como Rafael Idáñez sobre los relevos en la Guardia Civil?

– No lo se. Usaron seudónimos (golpes). Quiero decir, nombres falsos (más golpes). Quien me dio todas las pistas dijo que se llamaba José Pérez. (No es el verdadero pseudónimo)

-Sabemos quienes fueron los dos generales que te dieron los datos, pero queremos que nos lo digas tú mismo. Queremos oír los nombres de esos traidores.

–Un tal José Pérez.

Conste que éste no es el seudónimo que usaron mis fuentes de información, pero a ellos les di el que, de verdad, habían usado conmigo. El pseudónimo lo sabemos mi mujer y yo, los secuestradores y la fuente anónima (o fuentes) que nunca llegué a conocer en persona. Por eso, pienso que, de haber conocido la identidad real de mis fuentes, bajo tortura, estoy casi seguro de que les hubiera delatado.

Hicieron bien en no darme sus nombres auténticos aquellos militares que se identificaron por teléfono como demócratas. Nunca se sabe. Un par de meses más tarde, en el Club Siglo XXI, ya casi recuperado de las heridas, se me acercó un general del Ejército de Tierra que se identificó como uno de mis informantes y quiso entablar conversación amistosa sobre el caso.

Le dije que, tras el shock traumático de las torturas, había olvidado los nombres que utilizaban mis informadores y le pregunté cual era el pseudónimo utilizado por él. Me dijo un nombre que no era correcto. Me puse en guardia pero seguí la conversación como si nada. Naturalmente, sin soltar prenda. Estuve muy asustado hasta que salí huyendo de España (y sin mirar hacia atrás).

Al no conseguir las respuestas que esperaban, mis potentes entrevistadores aumentaron la presión. Algunas torturas me parecieron ridículas, aunque muy dolorosas. Me tiraban de las patillas hacia arriba sin llegar a arrancarme el pelo. Me recordaba al hermano prefecto de mi colegio La Salle, pero a lo bestia. Otra me azotaban con ¿una porra? ¿un palo?. Me quitaron los zapatos, pero no los calcetines. La porra es más eficiente cuando golpea la planta de los piés desnudos. Divinos calcetines. Sentí caer el sudor por mi cara. Más tarde comprobé que no era sudor sino sangre.

Desde aquella experiencia no solicitada, no he pasado ni un solo día de mi vida sin pensar en la muerte.

(¿Continuará? No se. Depende de lo que digan mis hijos)

(III)

Mi secuestro (III) hace 30 años

Viene de “Mi secuestro (II) hace 30 años”

http://blogs.20minutos.es/martinezsoler/post/2006/03/12/mi-secuestro-ii-hace-30-anos-

(Al no conseguir las respuestas que esperaban, mis potentes entrevistadores aumentaron la presión. Algunas torturas me parecieron ridículas, aunque muy dolorosas. Me tiraban de las patillas hacia arriba sin llegar a arrancarme el pelo. Me recordaba al hermano prefecto de mi colegio La Salle, pero a lo bestia. Otras, me azotaban con ¿una porra? ¿un palo?. Me quitaron los zapatos, pero no los calcetines. La porra es más eficiente cuando golpea la planta de los pies desnudos. Divinos calcetines. Sentí caer el sudor por mi cara. Más tarde comprobé que no era sudor sino sangre.

Desde aquella experiencia no solicitada, no he pasado ni un solo día de mi vida sin pensar en la muerte.)

(¿Continuará? No se. Depende de lo que digan mis hijos)

—–

Mis hijos y varios amigos me han pedido que cierre ya, de una vez, el último capítulo de aquel secuestro, casi como ejercicio de terapia, y que cuente otras historias de “abuelo cebolleta”. La verdad es que llevan algo de razón. Después de haber escrito sobre el caso, por primera vez en 30 años, y aunque fuera pasando como sobre ascuas, tengo la extraña sensación de haber espantado algunos fantasmas del pasado. Y sin recurrir al siquiatra. Bueno, mejor dicho, utilizando a mis lectores como eventuales siquiatras.

Gracias a todos por estar ahí y por animarme a contarlo.

Sigo y concluyo la historia, que hoy es domingo y está lloviendo.

————

Los secuestradores me pidieron que hablara de todos los militares, guardias civiles o policías de cierto rango que yo hubiera conocido a lo largo de toda mi vida. Así lo hice, pero advirtiéndoles de que ninguno de ellos tenía relación con el artículo sobre traslados de altos mando en la Guardia Civil, que yo había firmado en “Doblón” con el nombre de Rafael Idáñez.

Después de registrar todos mis bolsillos, me preguntaron por mi relación con personas que, efectivamente, yo conocía. Tardé varios nombres en darme cuenta de que lo hacían casi en orden alfabético, según los iban identificando en mi abultada agenda.

Pese a no ver ni gota –aún tenía el esparadrapo cubriendo mis ojos- y estar completamente desorientado, sentado en aquel campo húmedo y frío, me pareció notar algunos sonidos, palabras sueltas e interjecciones de sorpresa del que hurgaba en mi agenda de teléfonos y citas.

Encontró allí algunos nombres de altos cargos, claramente franquistas o fácilmente identificables con la derecha española de toda la vida.

Naturalmente, también había otros nombres que pronto adiviné, por los golpes que me provocaban, que no eran del agrado de los secuestradores. Y no pocos desconocidos.

-¡Mira con quién se junta este cabrón!

, se decían entre ellos.

No voy a mencionar esos nombres ahora. En la agenda de un periodista suele y debe haber de todo, y yo había acumulado muchos contactos en los ocho o nueve años que llevaba ejerciendo la profesión.

Parecían no tener prisa alguna. El interrogatorio iba recorriendo toda mi vida periodística, casi por el orden alfabético de mis fuentes de información. (Hispania Press, semanario “Don Quijote”, Televisión Escolar, programa “España, Siglo XX” de Televisión Española, diario Nivel, diario Arriba, semanario Cambio 16, proyecto diario El País, semanario Doblón, etc.).

Había empezado mi carrera periodística muy joven y casi por error –para ganar algo y mantenerme como estudiante de Arquitectura- como redactor de la Agencia Hispania Press. Allí cubría sucesos, tribunales, policía, artistas (pasé un par de meses informando de “la noche de Madrid” para diarios de provincias), y asuntos económicos y políticos. Tenía anotados muchos teléfonos y direcciones, tanto de gente famosa como de absolutos desconocidos.

Les hizo cierta gracia que yo tuviera relación con Lola Flores, por ejemplo, pero les inquietó mucho más comprobar que yo tenía anotados todos los datos de contacto con el señor Comín Colomer (creo que se llamaba don Eduardo), así como de varios generales, poco sospechosos de antifranquistas, a quienes conocía a través del Club Siglo XXI.

Ellos conocían bien al entonces historiador Comín Colomer ya que, durante mucho tiempo, fue profesor y director de la Escuela de Policía de la Dictadura.

Alguno de los que me golpeaban podría haber sido alumno suyo. Les conté mi relación profesional con él, cuando investigaba, en su inmensa biblioteca particular (en los sótanos de una travesía de la calle Mayor) temas históricos relacionados con los pre-guiones que yo escribía para la serie de TVE “España, siglo XX” y que firmaba José María Pemán. (No lo pongo en mi currículum, pero durante mucho tiempo fui el “negro” de Pemán, en sentido literario, claro)

Les molestó mucho, y no se por qué, ver entre mis notas el nombre de Luis González Seara –quien luego sería ministro con Adolfo Suárez. Pero me gané más patadas y golpes debido a una anotación que llevaba en una hoja suelta y que decía algo así como “recoger artículo mujer de Simón Sánchez Montero en lavandería de Los Nardos.

-¿O sea, que no eres comunista, verdad? ¿Y qué hace aquí el (improperio de libre elección…) de Sánchez Montero en el bolsillo de tu chaqueta?

Respondí:

-Su esposa trabaja en esa clínica y debo recoger allí el artículo de un colaborador de la revista.

Al cabo de varias horas de marearme con preguntas absurdas sobre todos mis conocidos y de molerme a palos, con cierto cuidado –eso sí- para no romperme huesos, comenzaron a presionarme mucho más en torno a mi relación con dos generales concretos de la Guardia Civil.

Uno lo recuerdo muy bien: el general Saenz de Santamaría, del Estado Mayor de la Guardia Civil. Era un hombre bajito, con bigote, fuerte, aunque algo rechoncho, y con gafas oscuras, que ya era conocido públicamente cuando estuvo a las órdenes del teniente general Vega, el anterior director general de la Guardia Civil, que fue sustituido en este cargo por el teniente general Campano.

Tal sustitución, realizada en el último Consejo de Ministros presidido por Franco, antes de caer el dictador fatalmente enfermo, nos dio la primera clave para investigar los cambios de destino de altos mandos en la Benemérita, que se producirían a partir de entonces, y especialmente tras la muerte de Franco, y que mis informadores anónimos me iban confirmando por teléfono. Años más tarde, cuando conocí el papel tan importante que había jugado el general Saenz de Santamaría para abortar el golpe de Estado del 23-F sentí una fuerte emoción.

-“No iban mal encaminados; por algo le perseguían aquellos terroristas franquistas”, pensé yo.

El otro general, por el que me preguntaban también insistentemente los secuestradores, tenía un nombre muy común y era para mi un completo desconocido. Ni siquiera recuerdo ahora su nombre (¿Gutierrez?, ¿Rodríguez?, ¿González? No se) y eso que debía tenerlo grabado con sangre. Pero lo he borrado de mi memoria. (Mi mujer cree que se llamaba Prieto).

Les dije una y mil veces que jamás había hablado conscientemente con esos dos generales y que sólo conocía al general Saenz de Santamaría por las fotos de los periódicos.

Tuve la impresión entonces, por el ir y venir de los miembros del comando y por las conversaciones que mantenían en voz baja lejos de mí, de que quizás habían fracasado con mi secuestro.

A esas alturas, después de varias horas de torturas minuciosas y metódicas, con las humillaciones de rigor que no vienen al caso, empezaron a convencerse de que yo no podía confirmarles los nombres de mis informadores, que ellos llamaban “traidores a la Guardia Civil y a la patria”, sencillamente porque no lo sabía.

No guardaba silencio por heroísmo de ningún tipo sino porque no tenía ni idea de quien me había ido dando las pistas de los boletines del Ejército (con fechas y páginas) para poder publicar el artículo basado en fuentes oficiales.

Llegué a sospechar que algunos oficiales de la UMD (Unión Militar Democrática, o algo así) que me conocían indirectamente –yo filtré la noticia de sus primeras detenciones a la prensa extranjera- habían dado mi nombre a mis fuentes anónimas diciéndoles que yo era alguien “de confianza”. Pero nunca conocí a esas fuentes. Quizás, por eso y sólo por eso, nunca las delaté.

Por un momento, pensé que mis captores se habían ido y que me dejaban allí tirado, en medio del monte o del campo, con las muñecas esposadas y los ojos tapados por el vendaje. Comencé a removerme por el suelo frío, húmedo, casi helado, para cambiar de postura. Me dolía todo el cuerpo pero no podía permitirme el lujo de pensar en el dolor. Debía concentrar todas mis energías en sobrevivir.

Cuando uno de ellos les dijo a los demás que no me rompieran ningún hueso, me dio un vuelco el corazón.

-“Si no me quieren romper los huesos”, pensaba yo desesperadamente, “es porque piensan dejarme vivo y sin señales graves”.

Aún estaban allí. No me habían dejado solo. Les oía cuchichear a lo lejos. Seguían allí pero no podía entender lo que decían. Pronto supe de qué se trataba.

Se acercaron, me tumbaron boca abajo y me quitaron las esposas.

¡Qué alivio tan grande! Algo nuevo me quemaba la cara, en la parte no protegida por el esparadrapo que me cubría los ojos, y me producía una sensación rara –incluso agradable. ¡Nieve! También la toqué con mis manos.

Me sirvió de orientación. Y eso es mucho más importante de lo que uno puede imaginarse. Al menos, sabía que estaba en lo alto de una montaña, con nieve, y que yo identifiqué –no se por qué, quizás porque solía verla desde Las Matas– como la Sierra de Navacerrada.

-“Si miras hacia atrás, te pego un tiro”, dijo de pronto uno de ellos, apretando el cañón de su arma contra mi espalda.

¿Mirar? ¿Con los ojos vendados?

Fue muy rápido. Inmediatamente, otro de ellos dio un fuerte tirón del esparadrapo que rodeaba mi cabeza y me tapaba los ojos. Debieron arrancarme algunos pelos del cogote y parte de la piel quemada de la cara.

Esa punzada repentina de dolor físico no fue nada puesto que, al instante, pude ver algo de luz. No me atrevía a abrir los ojos de golpe. De hecho, no podía levantar uno de los párpados (creo que era el izquierdo). Ya no se cual de ellos estaba peor. Con el ojo derecho entornado pude ver la luz. La luz… y un pistolón enorme apuntando a mi cara, a dos palmos de mi frente.

Abrí, poco a poco, los ojos. Únicamente pude ver al hombre que empuñaba el arma. Tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas oscuro. Me recordaba un poco a los terroristas de ETA cuando hacen conferencias de prensa clandestinas. Yo miraba directamente a sus ojos (¿verdes? ¿casi marrones?), tratando de leer en ellos mi futuro inmediato, y, de refilón, también miraba al pequeño agujero negro del cañón largísimo de aquella pistola inmensa, mucho más grande que las que salen en las películas. Tras él había un enorme valle arbolado, un paisaje idílico, digno de una égloga de Garcilaso.

-“¡Qué raro!”, pensé. “Estoy demasiado tranquilo para lo que me espera”.

Instintivamente, con mis manos libres -y ya sin el vendaje sobre los ojos- traté de secarme lo que yo creía que era sudor y me limpié la cara. Mis manos quedaron empapadas de sangre.

-¿De donde sale tanta sangre?, me pregunté

.

Entonces reconocí visualmente el color rojo vivo y el sabor caliente, ligeramente salado, de mi propia sangre. Brotaba de mi boca y, en lugar de escupirla, me la había estado tragando como si se tratara de saliva caliente.

-“Si me va a matar de un tiro, ¿por qué se cubre la cara con ese pasamontañas? Se cubre porque no quiere que le reconozca y le denuncie”.

Durante unos segundos tuve la convicción de que saldría vivo de allí. Unos breves segundos.

El que me apuntaba a la cara habló:

-“Comprenderás que no podemos marcharnos con las manos vacías y dejarte aquí vivo con todas esas marcas en la cara y en el cuerpo. Ahora llega tu hora. Tú decides. No podemos perder más tiempo. Es tu última oportunidad. Voy a contar hasta tres. A la de tres, disparo, a menos que antes me digas los nombres que estamos buscando. Si colaboras con nosotros, no te pasará nada. Te dejaremos libre y podrás volver a tu casa. Tu coche está aparcado en el Alto de los Leones. Si no colaboras, te pudrirás en esta montaña. No te encontrarán ni los buitres. ¿Entendido?

Mirando fijamente a sus ojos, muy próximos a los míos, y oliendo su respiración y su rabia, empecé a repetir, a farfullar, cagado de miedo, mi respuesta de siempre:

“No tengo nombres… Si lo supiera…”

Me cortó en seco, casi gritando:

-“¡Uno!”

Silencio. Ahora lo recuerdo como un fusilamiento, un asesinato, a sangre fría y a bocajarro, como algo de película que nunca me pudo haber ocurrido a mi. Pero allí estaba, sin respuesta a su pregunta. Nada podía hacer.

-“Dos”

Movió la pistola varias veces de un lado a otro, indicando a los demás que estaban detrás de mí que se apartaran. No tenían por qué mancharse con mi sangre si finalmente apretaba el gatillo. Todo encajaba y parecía verosímil. Luego pensé que debían haberlo hecho muchas veces con otros que nunca lo han contado o que no vivieron para contarlo.

Eran profesionales. Detrás de mi hubo ruidos de hojas secas, medio podridas, y de gente que se retiraba de mis espaldas.

Me quedaba poco tiempo. Apenas unos segundos. Pensé –creedme- que era el final. Muchos amigos me han preguntado después en qué se piensa cuando crees que vas a morir. Tardé en responder. Me avergonzaba decir la verdad pero finalmente acabé contándolo.

Hacía apenas unas semanas que mi mujer y yo habíamos firmado ante notario –Alberto Ballarín Marcial– la escritura de compra de dos parcelas en Villanueva de la Cañada y, naturalmente, las letras correspondientes para pagarlas en no se cuantos años.

La casa de Las Matas era muy pequeña, vieja y fría y, si queríamos tener hijos, necesitaríamos una casa más grande y construida por nosotros mismos, como así fue, desde los cimientos hasta el techo. Ya habíamos echado un ojo a las ventanas y puertas. Vendrían de Almería, de una casa antigua, de más de 300 años, que iban a destruir en la Glorieta de San Pedro.

Desde que publiqué el artículo sobre los relevos de altos cargos en la Guardia Civil hasta que me secuestraron, habíamos visitado y pisado casi diariamente cada palmo de ese trozo de terreno, que ya nos pertenecía, y donde proyectábamos construir la casa en la que ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. Aquella parcela era un sueño.

Nuestros pensamientos –cuando quieren- se concentran y van a más velocidad que la luz. No pensé en mi familia ni en mis amigos ni la eventualidad de que hubiera otra vida después de ésta. Ni siquiera pensé en mi mujer –que no sabría nada de lo que me estaba ocurriendo en ese momento. Ni en los hijos que me iba a perder…

-“Qué forma más tonta de morir!”, pensé después de oír el aviso del “¡dos!”. “Morir, justo ahora que ya tengo una parcela”.

-“¡Y tres!”

Estúpidamente, hice un esfuerzo por no cerrar los ojos y seguí mirándole muy fijamente. Quería adivinar mi futuro (¡y el de mi parcela!) como si su iris fuera mi bola de cristal.

No hubo disparo. Se levantó mascullando algo asó como “cabrón, etc.” y se retiró de mi vista, mientras los de atrás me machacaban la espalda, el culo y los costados a patadas y con algo contundente –quizás con la culata de la metralleta, que pude ver cuando me cogieron, o la porra que usaron en los pies.

En ese momento, me hicieron el único daño que tuve en los huesos. Dos fisuras y una fractura. Pero ¿quién puede perder un solo segundo pensando en los huesos rotos o en las patadas o puñetazos cuando acabas de resucitar con todo tu cuerpo entero? ¿Qué más pueden hacerme si el fusilamiento ha sido en falso, una pura simulación?

Han consumido –pensé- el último recurso de cualquier torturador profesional. ¿El último?

Sentí –lo reconozco- una inmensa alegría interior, casi mística. Boca abajo, con mi cara pegada al suelo mojado y con mis manos cubriéndome la cabeza de los golpes… Así debía ser el éxtasis, la visión beatífica, el orgasmo de los santos cuando sacan su espíritu fuera del cuerpo y se pierden como San Juan de la Cruz… en esa noche oscura y gozosa.

Cada vez que recuerdo los versos –tan poderosos y profundos- del místico de Fontiveros celebro aquel momento de resurrección y de fuerte apego a la vida.

“En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada,

¡oh, dichosa ventura!

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada”.

Casi podía verme desde fuera de mí, desde arriba. Ahí olvidé la parcela y, por primera vez, desde que empezó aquella ejecución teatral, pensé en mi chica y en el futuro que nos esperaba. Desapareció la parcela de mi mente y apareció ella.

Bocabajo, la nieve aliviaba las quemaduras de mi cara.

Una tarde maravillosa la del 2 de marzo de 1976.

Sentí, quizás por primera vez con tanta potencia, la dulzura de vivir…

Pero ellos no se dieron por vencidos.

(No pude terminarlo en el Talgo. Se acabó la batería. Pero continuará. Lo prometo. Solo me falta el final)

 

(y IV)

Viene de “Mi secuestro (III) hace 30 años”

(Cada vez que recuerdo los versos –tan poderosos y profundos- del místico de Fontiveros celebro aquel momento de resurrección y de fuerte apego a la vida.

“En una noche oscura,

con ansias, en amores inflamada

¡oh, dichosa ventura!

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada”.

Casi podía verme desde fuera de mí, desde arriba. Ahí olvidé la parcela y, por primera vez, desde que empezó aquella ejecución teatral, pensé en mi chica y en el futuro que nos esperaba. Desapareció la parcela de mi mente y apareció ella.

Bocabajo, la nieve aliviaba las quemaduras de mi cara.

Una tarde maravillosa la del 2 de marzo de 1976.

Sentí, quizás por primera vez con tanta potencia, la dulzura de vivir…

Pero ellos no se dieron por vencidos.)

(Continuará. Lo prometo)

——————————–

Magnífica semana de primavera, pese al catarro que me ha dejado un pegote de hormigón en las fosas nasales y me ha alejado durante unos días de este blog.

El “alto el fuego permanente”, anunciado por los terroristas de ETA, ha rebajado muchos puntos el ICOA (Indice de Crispación y Odio Ambiental)

Estoy convencido de que el diálogo entre Zapatero y Rajoy, previsto para hoy martes, volverá a rebajar ese Indice tan siniestro, y aún tan español.

Claro que también provocará la rabia de algunos salvapatrias de la extrema derecha, de algunas víctimas que tienen aún el dolor a flor de piel y seguramente tambien de algunos disidentes extremistas de ETA.

Ambos extremos seguirán metiendo palos en las ruedas de este largo y difícil proceso de paz para que no se les acabe el “chollo” del terror.

He oído, con emoción, que varios demócratas vascos, concejales y otros cargos políticos amenazados por ETA, han renunciado a sus habituales escoltas y que, por primera vez en años, han salido ¡solos! a la calle.

Después de mi secuestro, hace 30 años, pasé varios meses, hasta el verano, bajo la protección permanente –es decir, durante las 24 horas del día- de escoltas armados de la Guardia Civil y de la Brigada Antiterrorista de la Policía.

Fue una experiencia inolvidable y enriquecedora, tanto por la convivencia tan íntima y positiva con los escoltas, que se juegan su vida por ti, como por el pesar que te causa la pérdida de libertad, impuesta necesariamente por la vigilancia permanente. Los escoltas te protegen, pero también te recuerdan que la muerte puede encontrarte al doblar la esquina.

Pero me estoy adelantando un poco en el relato de los hechos. Los escoltas vinieron a protegerme un par de semanas después de mi liberación, cerca del Alto de los Leones, en la Sierra de Guadarrama.

——-

La semana pasada escribí sobre el fusilamiento simulado y la inmensa alegría de vivir que sentí al comprobar que, con esta argucia, los torturadores habían gastado su último cartucho para sacarme los nombres de mis fuentes de información (que yo nunca supe).

Tendido en el suelo bocabajo, entre nieve enrojecida por la sangre, rocas heladas y hojarasca mojada, con la cara ardiendo y recibiendo algunas patadas y golpes, comencé a relajarme.

-“Ya ha pasado lo peor”

, pensé, aliviado aunque atento para no perder el control de mis nervios.

Algunos se marcharon y uno de ellos –el del pasamontañas- me sentó sobre una roca y me limpió la sangre de la cara y de las manos con un trapo, que tiró al suelo con menos miramientos que la Verónica.

El sol ya no estaba en lo alto, sino que daba muestras de querer esconderse a mis espaldas, noté más frío que antes y mis captores daban nuevas señales de impaciencia. Por primera vez, me percaté del ruido no muy lejano de unos motores que adjudiqué a motos potentes más que a coches. O hacían motocros por aquellos montes o estábamos cerca de una carretera.

Con un golpe seco, colocaron sobre mis rodillas una carpeta negra de pastas rígidas y, sobre ella, varios folios, sin membrete, entre los que iban intercalados los papeles para hacer copias de carbón.

Me pareció que se trataba de original y tres copias. Me dieron un bolígrafo y me pidieron que escribiera, apretando con fuerza para que las copias fueran legibles, lo que me querían dictar.

Y así empecé a escribir, con el pulso tembloroso, mi nombre, mayor de edad, DNI, domicilio, etc… hasta que el que tenía enfrente me dio un golpe y me arrancó los folios de un tirón.

-“La estás cagando. Eres periodista y sabes escribir perfectamente. Empieza de nuevo y con muy buena letra, como si lo estuvieras escribiendo tranquilamente en un despacho. No te queda mucho tiempo si no haces lo que te decimos. No te pases de listo.”

Efectivamente, otra vez me dieron original y tres copias con el papel carbón intercalado.

Volví a escribir, y esta vez, con una letra tan perfecta, tan clarísima que no parecía la mía. Di un salto atrás en el tiempo y recuperé mi letra infantil del colegio, la que utilizaba seguramente para los dictados del hermano Amado de María, aquel fraile de La Salle que me enseñó a amar la poesía.

En el encabezamiento puse de nuevo, como en una instancia oficial, mi nombre, apellidos, DNI, domicilio, etc. Luego me dijeron que pusiera EXPONE o DECLARO (¿o, quizás, fue CERTIFICA?). Creo que copié esas palabras pero no recuerdo en qué orden.

Y en la exposición yo escribía, al dictado bastante convincente de una metralleta clavada en mi espalda, todo lo que me iban diciendo.

Se trataba de construir un documento que pudiera tener valor oficial, firmado por mí como autor de artículo “De Vega a Campano”, en el que yo denunciaba al general Saenz de Santamaría y al otro general, cuyo nombre no recuerdo, como fuentes directas de la información que yo había publicado con el seudónimo Rafael Idáñez en el semanario Doblón que yo dirigía.

Me hicieron escribir algunos detalles –totalmente falsos- que daban verosimilitud a mi exposición. Y, al final, me dictaron la despedida oficial, de rigor en aquellos tiempos:

–“Y para que conste y surta los efectos oportunos, firmo la presente en… ”

Silencio de nuevo. ¿Estaban improvisando? Una de las voces que hablaba a mis espaldas intervino, con cierto tono de mando:

-“Guadalajara, a cuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Escribe eso y luego lo firmas, debajo, con la misma firma que tienes en el DNI. ¿Te enteras?”

Así lo hice. Y, al instante, recogieron mi declaración firmada y pasaron a la última etapa del secuestro: las condiciones de la liberación.

Otra vez, pegaron el esparadrapo sobre mis ojos y, en lugar de utilizar de nuevo las esposas, ya ensangrentadas, me ataron las muñecas juntas por delante con el mismo rollo de cinta, dándole varias vueltas.

Ya tenían algo de mí. Y querían poder usar legalmente ese documento contra aquellos dos generales, sin que yo negara la autenticidad de mi firma ni renegara de mi declaración. Para ello, tenían que asegurarse de que yo no iba a dejarles en mal lugar.

Iniciaron una ronda alrededor de mi, de nuevo cegado por la cinta adhesiva. Hablaban uno detrás de otro, desde distintas posiciones, y yo movía la cabeza de un lado a otro, para atenderles y responderles, guiado por mi oído. Me sentía un poco mareado y agotado, como debe sentirse el toro, arrinconado en tablas, en sus momentos finales, cuando sólo le falta el descabello.

Estaba al límite de mis fuerzas. Creo que cometí un error al relajarme, después del simulacro de fusilamiento. Y ahora necesitaba recuperar la concentración y la sangre fría para no caer en sus provocaciones finales.

-“Sabemos muy bien donde trabaja tu mujer (en la calle Jorge Juan, redactora jefa de la revista Ciudadano, tiene un dos caballos). Si cuentas algo de todo esto, tu y tu mujer lo pagaréis muy caro”.

-“Si alguien te pregunta, dices que has tenido un accidente. ¿Está claro?”

Uno de ellos permanecía detrás de mí y apoyaba el cañón de su arma sobre mi espalda. Nunca supe si era el de la pistola o uno de los de metralleta, ya que solo sentía la presión de un objeto metálico redondo entre las costillas y volvía a estar ciego.

Apretando el cañón a gran presión, aunque cuidándose de no romperme ningún hueso, me dijo, casi escupiendo sobre mi cogote, que mi mujer (“la yanqui”) y yo teníamos que salir de España en tres días, a contar desde mañana. Y no volver nunca más.

Ahora van a pensar que soy un loco inconsciente o un temerario. Yo también lo he pensado muchas veces y aún no acierto a explicarme por qué, de pronto, cuando el desenlace del secuestro iba saliendo bastante bien, yo me armé de un valor insensato y salí por peteneras. Quizás por agotamiento, o por soberbia, le respondí, sin pensarlo dos veces, al instante:

-“Eso no. Si, por esto, tengo que vivir fuera de España, prefiero que me maten aquí mismo y no dentro de cuatro días. Yo soy español y quiero vivir y morir en España. Me pueden pedir lo que quieran, pero no me pidan que abandone mi país.”

Como si la mano de un ángel hubiera sostenido el arma que me presionaba en la espalda, la presión se aflojó automáticamente, a medida que yo iba pronunciando aquellas palabras que resultaron tener un efecto patriótico balsámico sobre aquella bestia fascista. El cañón del arma desapareció de mis costillas.

Se hizo un largo silencio. Supuse que se miraban, atónitos, entre ellos.

Otro dijo:

-“Ya vale. Puedes quedarte en España si no dices nada de todo esto, para que podamos utilizar esta declaración, que has hecho voluntariamente. ¿Queda claro? Y vas a contar hasta 500 antes de moverte y de quitarte la cinta de los ojos y de las muñecas. Tu coche está en el Alto de los Leones. Cuenta hasta 500”.

En ese momento, me levantaron entre dos y me llevaron andando unos metros. Casi no podía sostenerme sólo en pie y no a causa de los golpes sino, seguramente, por la mala postura que había tenido durante tantas horas sentado en el suelo.

Me dejaron de pie, apoyado en el tronco de un árbol y comenzaron a caminar. Oía sus palabras y sus pasos desvanecerse a lo lejos cuando ya llevaba contados más de cien números. Antes de contar el número doscientos ya no sentía ningún rastro de ser humano por allí cerca. Entonces me llevé las manos atadas a la cara para arrancarme el esparadrapo y recuperar la vista.

Una voz, bien conocida, me frenó en seco. Pertenecía, sin duda, al de la cara quemada:

-“No te muevas. Te hemos dicho que cuentes hasta 500. Espero que ahora sepas lo que es obedecer órdenes. Vas a ver lo que quema este spray y así pagarás lo que me has hecho esta mañana”.

Dicho y hecho. Se puso frente a mí y me vació el bote en la cara y por el pecho. La barba y el esparadrapo sirvieron de escudo y salvaron una parte de mi cara. El spray atravesó la camisa y dibujó un triángulo quemado sobre mi pecho, marcando la parte no protegida por el chaleco.

Y se fue, dejándome aquellas señales de monstruo, en contra las órdenes del jefe del comando. Esta vez sí conté hasta 500. Me quité la cinta de los ojos y mordí el esparadrapo de las muñecas, hilo a hilo, hasta que lo deshice. Estaba molido a palos, pero más vivo que nunca.

Me lavé con agua nieve y busqué la salida de aquel monte bajo de robles. Salté un muro de piedras y encontré algo que parecía una vereda que bajaba hacia el valle. No recuerdo el dolor.

Iba dando saltos de alegría, con una excitación indescriptible y mirando a todos lados con una curiosidad desmedida: como si nunca hubiera visto un monte de robles surcado por arroyuelos de agua nieve.

Pronto encontré casas, allá abajo, a ambos lados de una carretera. Hacía frío de atardecer invernal y el pueblo estaba prácticamente desierto. Sólo había dos jóvenes de mi edad (de la de entonces), cada uno a un lado de la carretera, sosteniendo una bolsa de deportes con picos pronunciados impropios de una raqueta de tenis. No quise acercarme a ellos.

¿Llevaban metralletas en esas bolsas? ¿Acaso me estaba volviendo paranoico? ¿Quedaron de retén para seguir mis pasos?

Fui directamente a la farmacia y pedí algo para las quemaduras de la cara. La nieve no era alivio suficiente. La dependienta me preguntó y le dije que me había estallado el carburador en la cara. Nunca entendí de motores de coches, pero creo que ella tampoco. Me dio una crema contra la inflamación creciente y me limpió las heridas. Pude abrir un poco más los ojos.

De la farmacia pasé al bar de al lado, donde pedí una copa de brandy. No pude probarlo. Tenía las encías y todo el interior de la boca llena de llagas. Pedí Anís del Mono, dulce, y lo tomé a sorbitos para cerrar las heridas internas, que no sangraban desde que comencé a bajar de la montaña.

Busqué un teléfono y llamé a Ana, mi mujer, a la revista Ciudadano. Me notó algo raro, quizás por la forma de hablar con la boca un poco torcida. Le dije que había sufrido un accidente, nada grave, que yo estaba perfectamente y que tenía que venir a recogerme con su coche. Me preguntó donde estaba y ahí me pilló. No me había preparado y no sabía donde estaba.

-“Un momento”, le dije. Y pregunté al camarero cómo se llamaba este pueblo.

-“San Rafael”, me contestó.

Mi mujer me preguntó entonces si había que llegar hasta allí por el túnel de Guadarrama o por el puerto. Yo no lo sabía. Eso le extrañó tanto que me preguntó, alterada, qué estaba ocurriendo.

-“¿Cómo es posible que no sepas cómo se llega hasta allí?”.

El camarero me ayudó.

-“Sí, por el túnel. Yo vine por otro lado. Y no preguntes más. Ven a recogerme sin decir absolutamente nada de todo esto a nadie. Por favor. No digas nada a nadie. ¿Está claro? Estaré en la carretera que cruza el pueblo, junto a la farmacia”.

Mientras esperaba allí, más de una hora, empezó a oscurecer. Los jóvenes de las bolsas de deportes seguían cada uno en su sitio. Adiviné, a lo lejos, el dos caballos de Ana y le hice señales, pero ella pasó de largo. No me había reconocido. Volvió a pasar por la farmacia y me recogió muy asustada. Le dije:

-“No hagas gestos extraños. Disimula como si nada. Me han secuestrado esta mañana y me han interrogado durante todo el día. Aún quedan dos de ellos mirándonos. Arranca el coche y vamos hacia el Alto de los Leones antes de que sea completamente de noche.”

Allí estaba mi coche con las llaves puestas. Ella insistió en dejarlo aparcado, para llevarme directamente al hospital, pero yo quise conducirlo, con un ojo y medio abiertos, muy despacio, seguido por su coche. Así lo hicimos y tardamos más de dos horas para llegar a Madrid, al domicilio del dueño de la revista, el doctor Julio García Peri, editor también del diario gratuito “Noticias Médicas”, en La Moraleja.

Mi editor se sobresaltó. En la redacción estuvieron todo el día muy inquietos sin saber nada de mi paradero. Ernesto Garrido, el redactor que firmaba el reportaje “Cómo es la Guardia Civil”, junto al mío “De Vega a Campano”, no había dormido en su casa del barrio del Pilar. Unos vecinos le dijeron que unos desconocidos había ido a buscarle muy pronto por la mañana.

Nadie sabía lo que pasaba.

Le hice un resumen muy rápido al doctor García Peri –un hombre cabal a quien yo apreciaba mucho y en quien confiaba con los ojos cerrados- y decidió llevarme inmediatamente al hospital de quemados de la calle Lisboa.

Llamó a un cirujano colega suyo (un tal doctor de la Fuente), abrió el cajón de su mesa, sacó un revólver y se lo guardó en un bolsillo del chaquetón.

Debo reconocer que me impresionaron su resolución y entereza tanto cómo su revólver. Salí de su garaje tumbado en el suelo de un gran Mercedes, para que nadie me viera.

En el Hospital me curaron las heridas de la cara, de la boca y de todo el cuerpo. En el quirófano, el doctor de la Fuente bromeó:

-“Has tenido suerte, joven. En Hollywood, muchas actrices pagarían por lo que tú tienes. Vas a cambiar varias veces las costras de la cara. Se te caerán como si fuera lepra, pero, al final, te quedará la piel tan fina como la de un bebé”.

Al regresar a casa del editor, encontramos allí al juez Clemente Auger –que más tarde sería presidente de la Audiencia Nacional. Le conté todo y me dijo que, al día siguiente, antes del cuatro de marzo, debía denunciar ante el juez de Guardia que me habían obligado con amenazas a firmar un documento, cuyo contenido no recordaba, fechado en Guadalajara a cuatro de marzo.

Teníamos que anular los eventuales efectos de aquel documento contra los dos generales demócratas de la Guardia Civil.

Dormí como un bendito y fui al Juzgado de Guardia acompañado por mi mujer y por el fiscal Jesús Vicente Chamorro, un viejo amigo que, en la democracia, llegaría a ser fiscal del Supremo.

Nos recibió el juez de Guardia, Jaime Mariscal de Gante, ex director general de Prensa de la Dictadura, quien me conocía perfectamente pero que, en aquel estado, no pudo reconocerme hasta que le dije mi nombre.

Con mi breve declaración judicial, el documento contra los generales moderados creo que quedó desactivado e inservible.

Al día siguiente, aún bajo los efectos tremendos de la matanza de obreros a la salida de una Iglesia de Vitoria, visitamos al jefe superior de Policía; teniente coronel Quintero, y al director general de Seguridad, general Castro Sanmartín –ambos a las órdenes del ministro Fraga Iribarne-, a quienes contamos la misma versión escueta, y con problemas de memoria causados por el trauma sufrido, que le habíamos dado al juez de Guardia.

Previamente, un general de Inteligencia de Franco, tío de un amigo nuestro en quien confiabamos, me recomendó personalmente, al oír toda la historia, que no dijera nada de nada a los cargos oficiales. Solo la versión que dimos al juez. Y así fue hasta ahora, al cabo de 30 años.

El general Castro nos recomendó salir de la península, a Canarias, por ejemplo, pues no podían garantizar nuestra seguridad, frente a las amenazas de esos grupos armados incontrolados. Decidimos refugiarnos, durante un par de semanas, en el Parador Antonio Machado de Soria. Y fue un acierto. Nunca olvidaré aquellos días de convalecencia junto a los álamos de amor, en la ribera…

¡Ay, Soria! De allí me traje un pino, guardado en el bolsillo de mi chaqueta.

Lo planté en nuestra parcela.

Hoy tiene ya 30 años, y está tan hermoso como la Democracia.

FIN

(Al fin lo terminé. ¡No puedo creerlo!)