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¿Trump? Salgo huyendo pa España

No lo pude remediar. Tras la victoria de Trump, necesitaba un desahogo. Y salir huyendo inmediatamente pa España. Ahí va:

Opinión para La Voz de Almería

EE.UU.

La ira vence a la esperanza

José A. Martínez Soler

Un péndulo fatal ha golpeado a los Estados Unidos de América y, de paso, al mundo entero. La ira de los enfurecidos blancos, racistas y machistas venidos a menos, ha vencido a la esperanza que los negros, latinos, asiáticos, inmigrantes, mujeres, gays, discapacitados y desvalidos habían puesto en Barak Obama y en su candidata demócrata, Hillary Clinton. La avaricia de Trump ha vencido a la compasión de Obama y Clinton. El péndulo que marca los ciclos ha pasado de la distribución a la acumulación. No queríamos verlo.

Con el cartel de Hillary., en nuestra puerta.

Con el cartel de Hillary., en nuestra puerta.

¡Uff! Elecciones apasionantes. Temibles. Sucias. Hasta el último minuto, más de la mitad de los estadounidenses -¡y de medio mundo!- mantuvimos anoche los dedos cruzados temiendo la victoria, que nadie salvo los suyos quería ver, del millonario Donald Trump. El racista, machista, acosador, mentiroso, tramposo, enemigo de las minorías, el bufón Trump, del que nos reíamos, confundiendo deseos con realidad, es hoy el 45 presidente de los Estados Unidos de América. ¡Que dios nos pille confesados!

El problema no es Trump que se ha puesto, con su cirio oportunista, a la cabeza de la procesión de indignados por la pérdida de una América totalmente blanca e inmensamente rica que nunca existió. El problema son esos millones de blancos enfurecidos que han aupado a un idiota narcisista tan siniestro como Trump a la candidatura del partido conservador. Los 15 aspirantes conservadores vencidos por Trump en las primarias habían huido de él como del diablo. Ningún ex presidente le ha votado. Ni siquiera George W. Bush, el que nos metió con mentiras en la guerra de Irak.

Es difícil encontrar un presidente peor en la historia de este país. Lo sabemos antes de que tome el poder en enero. Le hemos conocido bien y no hemos querido ver la realidad. La semana pasada, cuando el jefe republicano del FBI hizo una zancadilla imperdonable a la candidata demócrata, Trump se puso a la par con Hillary Clinton en las encuestas. Tuvieron que salir el mismísimo Obama y su esposa Michelle -¡qué gran presidenta sería esta señora!- al rescate de la primera mujer que podría suceder al primer presidente negro.

¿Tump? ¡Qué horror!

¿Tump? ¡Qué horror!

Finalmente, ayer, las tripas del hombre blanco y su rabia contra las élites gobernantes se impusieron al cerebro y al corazón. Populismo de extrema derecha. ¡Qué horror!

Como corresponsal de prensa y televisión, he cubierto varias elecciones presidenciales norteamericanas en los últimos treinta años. Es la primera vez que asisto a un proceso electoral como observador, desde fuera, lejos de la algarabía de la campaña y la presión de los colegas y de los medios competidores. ¡Qué distintos se ven los toros desde la barrera! Hoy, felizmente jubilado, opinando y no informando, no tengo por qué ser imparcial. Puedo decir lo que pienso.

Esta vez, he seguido los debates presidenciales con familiares y amigos, en bares de Boston, Los Ángeles y Santa Fe. La polarización del electorado nunca fue, a mi juicio, tan extrema. A voces, con amenazas, sin puños a la vista. Solo comparables, quizás, a los debates que siguieron al “espíritu del 68” (Vietnam, hippies, etc.) cuando los viejos se enfrentaron a los jóvenes.

Hasta el grito de Munch...

Hasta el grito de Munch…

Hoy, muchos blancos de la clase media, empobrecidos por la crisis económica y/o fanatizados por su religión, se enfrentan a las minorías que ellos consideran sus enemigos. Los seguidores del racista Trump quieren que les devuelvan su América, según ellos, perdida: blanca, rica, poderosa, cristiana, homogénea. Como si todos ellos, salvo los nativos indígenas, no fueran inmigrantes…

Las teorías conspiratorias más absurdas han abundado en esta campaña. Empezaron por decir que Obama no había nacido en Estados Unidos, que era un musulmán en la intimidad, que tenía poco menos que tratos con el diablo. El Ku Klux Klan quemó una iglesia de negros y pidió el voto para Trump. Que Hillary Clinton era una delincuente, que debía ir al cárcel, que era la causante de las muertes por el atentado de Bengasi en Libia. Sin fundamento, la acusaron de ocultar información oficial y desvelar secretos de Estado. Todo vale.

En fin, las acusaciones más inverosímiles contra Barak Obama y Hillary Clinton han circulado por internet, sin ninguna prueba, animadas por el propio Donald Trump, infatigable activista a través su twitts de madrugada. Sus comentarios sobre hechos inventados (“he oído”, “se dice por ahí”, etc.) le han convertido en un auténtico y peligroso troll que ha infectado las redes sociales y ha enfermado a no pocos norteamericanos que no podían dar crédito a tanta infamia cargada de rencor.

La Libertad se esconde.

La Libertad se esconde.

El país ha quedado roto prácticamente por la mitad. Las heridas tardarán en cicatrizar. Trump ha captado votos entre los indignados y enfurecidos que han perdido prestigio social y poder adquisitivo. Ha acusado de corruptos a su oponente, a los políticos en general y a los medios de comunicación. Hasta el último día, Trump ha puesto en duda la limpieza del recuento electoral. Ha minado los pilares de la democracia.

Hoy mismo, toda la clase política tendrá que tender puentes entre las dos Américas que se han enfrentado como nunca en las últimas décadas. El rencor ha vencido a la esperanza. Y el rescoldo de odio y avaricia aún perdurará por no sabemos cuanto tiempo. Esperemos que el vengativo Trump no resucite el Comité de Actividades Antiamericanas, la Inquisición del senador McCarthy.

Me ha sorprendido comprobar personalmente la democracia en acción. Algo que, desgraciadamente, no se ve en España. En vísperas de la votación, voluntarios y empresas de marketing han llamado muchas veces por teléfono y han visitado la casa donde hoy vivo en Notinghan, New Hampshire, un Estado que Trump ha ganado por unas docenas de votos. Ayer mismo, tres voluntarios de distintas edades llamaron a nuestra puerta para ofrecer a los eventuales votantes transporte privado hasta el colegio electoral. Ida y vuelta.

Las orillas de las calles y carreteras están plagadas de carteles con los nombres de Trump o Clinton. También los coches. Los conductores suenan el claxon y gritan al cruzarse con alguien de su mismo color político. He visto una gran movilización ciudadana para decidir quien ocupará el sillón más poderoso del mundo. Aquí no hay jornada de reflexión. Eso queda para los ciudadanos de la vieja Europa tratados como menores de edad. A una distancia prudencial, muy cerca de las urnas, los partidarios de cada candidato hacen campaña activa hasta el cierre del colegio electoral.

Ha sido más fácil tener un presidente negro antes que una mujer. Lástima. Los norteamericanos han elegido, a mi juicio, la peor opción. El peor presidente va a suceder a uno de los mejores. Esperemos que la democracia aguante las embestidas de Trump que tiene todo el poder ejecutivo, legislativo y judicial en sus manos. Ya no bromean quienes piden asilo en Canadá. Hitler ganó las elecciones y acabó con la democracia. Que no se repita lo mismo en el país más poderoso del mundo.

Michael Moore nos lo advirtió. No le creímos. El brexit del Medio Oeste contra el libre comercio (más proteccionismo, guerra comercial y, quien sabe, más guerra militar), hombres blancos enfadados y groseros contra una mujer, el poco entusiasmo que despierta Hillary, el voto deprimido de los izquierdistas de Sanders y, además, el voto suicida de los que quieren dar una lección a las élites para que se enteren de que pueden hacerlo. Los pueblos, incluido el norteamericano, también se suicidan y votan contra sus propios intereses. Decía Moore: “Incendio mi casa para que mamá y papá se enteren de lo soy capaz de hacer”.

Los norteamericanos blancos furibundos, racistas y machistas, le han dado un patada a Hillary Clinton en nuestro culo. Espero que la democracia norteamericana aguante los cuatro años del rencoroso Trump, un imbécil ignorante y miserable, sin desmoronarse. Ojalá.

Página de la Voz de Almería 9-11-16

Página de la Voz de Almería 9-11-16

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La bandera que me dio repelús

Mi primera reacción al ver al joven líder socialista arropado por una inmensa bandera de España fue de repelús. Sentí un cierto sobresalto. Casi un escalofrío. Pensé en mi padre, socialista y teniente del Ejército de la II República, que se jugó la vida bajo la bandera tricolor.

Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)
Pedro Sánchez, lider del PSOE. (22-VI-15)

La segunda reacción fue más fría, cínica quizás: !Qué pillo y opotunista este Pedro Sánchez: gira hacia el centro y le quita símbolos (y votos) a la derecha!

Luego, fugazmente, me acordé de Santiago Carrillo con la bandera bicolor. Ya sin la gallina de Franco. Y de aquella noche en casa de Luis Solana, pergeñando un escudo que sustituyera al águila imperial de la ominosa Dictadura.

Nos gustara o no, cuando se aprobó la Constitución de 1978, la bandera  de Carlos III, de la I República y de la Dictadura (sin águila) se convirtió legalmente, por voluntad popular, en la de todos los españoles.

No fue fácil. Hice de tripas corazón, compré un metro de tela bicolor y, el 6 de diciembre de aquel año, armado de valor y con el corazón partido entre el amor y el temor, la clavé en la puerta de mi casa. A la hora del aperitivo llamaron a mi puerta. Eran los vecinos de la parcela de atrás: el coronel Lisarrague (hermano de un profesor de Sociología que tuve en la Facultad) y su esposa.

-“¿Qué hace usted con mi bandera en su puerta?”, me dijo el viejo coronel, sin ocultar cierto brillo cómplice en sus ojos.

Le repliqué, entre sonrisas:

-Hasta ayer ésta era su bandera y no la mía. Pero desde hoy es también la mía. Y deberíamos celebrarlo… mi coronel”.

Pasaron a casa y, no sin emoción, tomamos juntos el aperitivo con nuestro primer brindis de la concordia.

A partir de entonces, hice esfuerzos para perderle el miedo a la bandera bicolor. Había sido la del enemigo durante los años de lucha antifranquista. Y aún era paseada por las calles de Madrid, con brabuconería -gallina incluida-, por los nostálgicos de la Dictadura.

Al año siguiente, al cruzar por Isaac Peral, en la Plaza de Cristo Rey, me vi sorprendido por una manifestación, pequeña pero ruidosa, de franquistas armados de banderas bicolores, aguilucho negro incluido. Otra vez volví a tener miedo antes semejantes símbolos. Miedo y rabia.

Trabajaba yo entonces a las órdenes de Fernando Abril Martorell, vicepresidente económico del Gobierno de Adolfo Suárez. Al despachar con él, le conté mi reacción ante el uso y abuso callejero de la bandera franquista, que ya era anticonstitucional. Le insistí en el daño que eso producía a la ansiada concordia en torno a un símbolo que debería ser querido y no temido por todos los españoles.

No dijo ni pío. Siguió fumando y paseando a grandes zancadas por aquel despacho de Castellana, 3, que había sido del almirante Carrero Blanco. (“Y de don Manuel Azaña”, solía añadir Abril Martorell, coautor de la Constitución del 78, maestro y amigo).

Unas semanas más tarde, en otra hora de despacho, el vicepresidente me entregó un ejemplar abierto del Boletín Oficial del Estado. Con el índice me señalaba un párrafo. Apuntaba nada menos que a un artículo por el que quedaba prohibido el uso público de símbolos anticonstitucionales, etc.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Con la camiseta repúblicana del Mundial.

Fue un nuevo pequeño paso en la transición desde la guerra civil (que, para mi, habia terminado con la muerte del dictador en noviembre de 1975 precedida, dos meses antes, por sus últimos fusilamientos) hacia la paz y la concordia constitucional nacida el 6 de diciembre de 1978. (Pese a lo que dicen algunos libros de historia, la guerra civil no acabó en 1939 sino en 1975. En 1939 no empezó la paz sino la victoria, simbolizada por la bandera bicolor con el aguila imperial y por la de Falange.)

Debo reconocer que aún me impresionan las banderas bicolores, aunque, al segundo, digo para mi que ya no hay nada que temer. Que esos colores ya no son, de hace 37 años, los del enemigo sino los míos, los nuestros, los de todos. Afortunadamente, mis tres hijos han crecido viendo dos banderas juntas en casa: la de España y la de Estados Unidos. Con naturalidad, representando a sus dos culturas.

A mi me gusta más escribir con las plumas que me prohiben...

A mi me gusta escribir con las plumas que me prohiben…

Pero sin olvidar los ideales y la historia familiar republicana. En lugar de honor, tenemos la tricolor, también constitucional, aprobada por los españoles en 1931. Lindos colores. En el salon y el jardín. Y en nuestro corazón.

Mis ideales son republicanos. Respeto la bandera bicolor actual, la que luce sin complejos Pedro Sánchez, porque es la que ha sido aceptada por los españoles y, por tanto, también es la mía y la de Rafa Nadal y la selección española de fútbol y baloncesto…

Pero los sueños son libres. Algún día, los españoles podremos decidir recuperar legal y pacíficamente la bandera tricolor que representará los ideales de la III República.

Desde muy niño, mi padre me la cantaba así: “…bandera republicana…llevas sangre, llevas oro, y, por tus penas, morada…”.

Lindos colores "14 de abril".

Lindos colores “14 de abril”.

Amén.

 

  

 

 

 

No matarían ni una mosca… ¿en Cataluña?

Acabo de leer, no sin dolor, un libro que me ha puesto los pelos de punta y que recomiendo vivamente sobre todo a mis amigos catalanes y no catalanes: No matarían ni una mosca. Criminales de guerra en el banquillo” de Slavenka Drakulic.

Portada del libro "No matarían ni una mosca"

Portada del libro “No matarían ni una mosca”

Durante su lectura, mi cerebro ha sido un hervidero de estampas terroríficas de las matanzas en la antigua Yugoslavia (1991-95) y de una pesadilla atroz sobre el futuro de los jóvenes envenenados por el nacionalismo excluyente en Cataluña. No, no estoy loco…

Como director del telediario de TVE, me tocó entonces recibir y seleccionar imágenes horribles de los crímenes más inimaginables cometidos entre vecinos (antes amigos) de la civilizada Sarajevo, ciudad tan olímpica como Barcelona. (El gobierno bosnio calculó, por ejemplo, más de 60.000 mujeres violadas).

Entre el 13 y el 19 de julio de 1995, los asesinatos masivos de casi 8.000 civiles (hombres, mujeres, ancianos y niños) en Srebrenica, ciudad presuntamente protegida por cascos azules de la ONU, elevó el listón de la crueldad nacionalista y de la limpieza ética a niveles inéditos en Europa desde los crímenes de la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin.

La guerra de Bosnia, Serbia y Croacia concluyó en el otoño-invierno de 1995, tras los Acuerdos de Dayton (Ohio, EE.UU.) dejando más de 200.000 muertos y dos millones de desplazados. Como corresponsal de TVE en Estados Unidos en aquel tiempo, envié docenas de crónicas sobre las negociaciones de paz en la base aérea de Dayton, con los aviones de los tres belicosos líderes como telón de fondo y las manifestaciones permanentes de feroces inmigrantes de las tres naciones emergentes en la puerta de la base, vigilados por la policía norteamericana.

¿Cómo pudo pasar aquello hace apenas 19 años? Y, lo que es peor, ¿puede volver a repetirse en cualquier tiempo y lugar por gente normal y corriente, como nosotros, y no por monstruos?

Si la pregunta es inquietante, lo es más aún la respuesta que la autora pone, al comienzo del libro, en boca de la gran Hannah Arendt (“Ensayos de comprensión, 1930-1954”), que zarandeó a medio mundo con su teoría sobre “la banalidad del mal”, tras cubrir el juicio del criminal nazi Eichmann:

“Cuando su trabajo le lleva a asesinar a alguien, no se considera un asesino, ya que no lo hace por inclinación personal, sino a título profesional. Por pura pasión, él no mataría ni una mosca”.

Como el herpes, el nacionalismo es para toda la vida, lo llevamos todos dentro, en mayor o menor medida, y nos ataca cuando nuestro organismo está más débil. En su introducción, Slavenska Drakulic se plantea preguntas muy pertinentes y que no debemos olvidar al enfrentarnos al virus de cualquier nacionalismo excluyente:

“Es posible que la guerra se colara en nuestras vidas, lenta y furtivamente, como un ladrón?

¿Por qué no la vimos venir?

¿Por qué no hicimos algo para evitarla?

¿Por qué fuimos tan arrogantes como para pensar que algo así no podía pasarnos a nosotros?

¿Éramos realmente prisioneros de un cuento de hadas?”

La lectura de este reportaje sobre los criminales de guerra ante el Tribunal de La Haya te desasosiega, te quita el aliento. La autora es croata, hace autocrítica y su vida es la vida de muchos otros compatriotas, normales y corrientes, de la antigua “feliz” Yugoslavia que se vieron arrastrados y/o atraídos a huir, a no querer saber o a cometer los actos más crueles.

Además, está muy bien escrito. Me recordaba, en ocasiones, a la gran obra “Si esto es un hombre” en la que Primo Levi nos describe la vida en un campo de concentración nazi como si nada, con la asepsia desesperante de un químico.

Carme Chacón, el tte. general Casinello y un servidor en la ADVT (Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición)

Carme Chacón, el tte. general Andrés Casinello y un servidor, ayer, 11 de febrero de 2015, en la ADVT (Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición).

Compartiendo mesa y mantel con Carme Chacón y con viejos roqueros de la ADVT (Asociación para la Defensa de los Valores de la Transición), ayer mismo, la socialista catalana y ex ministra de Defensa nos recordó el titulo, tan actual y oportuno, de Chaves Nogales: “¿Qué pasa en Cataluña?”.

No hace tanto tiempo, en la cena de Navidad de hace un par de meses, hubo madres catalanas que, ante el incremento preocupante de los brotes de intolerancia, pidieron, por favor, no hablar de política en la mesa familiar.

¿Cuándo comenzaron a guardar silencio en las cenas familiares de Serbia, Bosnia o Croacia?

¿Cuándo empezamos nosotros con la terapia de afectos mutuos entres los catalanes y el resto de los españoles para reducir la creciente y peligrosa brecha que nos separa?

¿Es quizás demasiado tarde para extirpar el veneno del nacionalismo excluyente inoculado en tantos jóvenes de Cataluña y del resto de España?

Por algo habrá que empezar… Digo yo.

 

 

 

Espartaco y las torturas de la CIA

Por razones que no vienen al caso, no me gusta hablar (ni siquiera oír hablar) de las torturas como práctica para obtener información.

Portada de El Pais de hoy (10-12-14)

Portada de El Pais de hoy (10-12-14)

Esta mañana, sin embargo, no pude evitar escuchar en mi radio las noticias sobre la crueldad y la ineficacia de las torturas practicadas por la CIA, desde 2001 a 2008, a sospechosos de pertenecer a Al Qaeda. A sabiendas de su inutilidad, el presidente Bush II las autorizó hace 13 años y un informe del Senado reconoció ayer que no sirvieron para nada.

Es una pena que la democracia más vieja (y aparentemente más sólida) del mundo caiga tan bajo con tan mala práctica. Y una lástima también que Barak Obama, el primer presidente negro de los Estados Unidos, en quien los demócratas de medio mundo habíamos puestos tantas esperanzas, no haya sido capaz de cerrar la infamia de Guantánamo. Obama parece secuestrado por el miedo a caer mal a la élite “wasp” (White, Anglo-Saxon, Protestant) de Harvard a la que tanto se esfuerza en pertenecer y seducir.

A la vez, hoy acabé de leer “Yo soy Espartaco” de Kirk Douglas (97 años), un libro sobre cómo hizo la película de aquel legendario libertador de esclavos, que pudo poner de rodillas al Imperio Romano.

Portafa de "Yo soy Espartaco, de Kirk Douglas (Edi. Capitán Swing)

Portafa de “Yo soy Espartaco”, de Kirk Douglas (Edi. Capitán Swing)

Admiro a Kirk Douglas desde mi adolescencia. Al concluir la lectura de su libro, le admiro más aún y echo de menos a los “espartacos” que conocí en Estados Unidos en la lucha por los derechos civiles de los negros y contra la guerra de Vietnam.

Con todas sus contradicciones, me gusta su país, en el que viví varios años (en los 70, en los 80 y en los 90). Pero hay días –como el de hoy- en que los gobernantes de Estados Unidos ponen a prueba nuestro afecto por su hermoso país. Al menos, aunque tarde, el Senado ha descubierto la brutalidad y la ineficacia de las torturas de la CIA y lo ha denunciado publicamente.

Las noticias sobre la guerra sucia y las torturas de la CIA del presidente Bush II , contra presuntos terroristas islamistas, me violentan. En cambio, la lectura del libro de Kirk Douglas sobre su lucha contra las listas negras (la guerra sucia del senador McCarthy contra presuntos comunistas) me sosiega. Fernando Savater, cuyos silencios -con la que está cayendo- son muy sonoros, nos recomendó este libro. Y se lo agradezco.

Cartél de Espartaco, donde aparece el perseguido Dalton Trumbo como guionista. Fue el fin de la listas negras de la "inquisición" norteamericana

Cartél de Espartaco, donde aparece el perseguido Dalton Trumbo como guionista. Fue el fin de la listas negras de la “inquisición” norteamericana

En la introducción a su libro, el grandísimo actor que encarnó a Espartaco escribe:

“Hoy día todavía hay quien sigue tratando de justificar las listas negras. Dicen que eran necesarias para proteger a Estados Unidos. Dicen que las únicas personas que resultaron perjudicadas fueron nuestros enemigos. Mienten. Hombres, mujeres y niños inocentes vieron arruinada su vida debido a esta catástrofe nacional. Lo sé. Estuve allí. Vi como sucedía”. 

“El primer presidente estadounidense por quien voté -escribe Douglas- fue Franklin Roosevelt. Él dijo: “De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo”.

El nonagenario Kirk Douglas me reconcilia con la condición humana y con la buena gente de su país. Ojalá muchos norteamericanos, incluido Obama, pudieran gritar, como hizo él: “Yo soy Espartaco”. La cárcel de esclavos de Guantánamo -vergüenza de la democracia de EE.UU.- estaría cerrada.

Y otro gallo cantaría.

PS. El libro me provocó también un ataque de nostalgia. Mi profesor Samuel Beer, en la Universidad de Harvard, nos preguntó en clase quien había escrito, por primera vez, la famosa frase “De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo”.

Varios alumnos respondieron al instante, sin dudarlo: 

-“Fue el presidente Roosevelt”.

El profesor Beer, un socarrón y enigmático octogenario, lo negó con la cabeza y guardó unos segundos de silencio.

Y replicó:

“No fue el presidente Roosevelt, aunque todo el país lo piense. Y lo se muy bien. Fui yo quien introdujo esa frase en un discurso de Franklin Roosevelt, a cuyo servicio estaba entonces en la Casa Blanca.” 

El Roto pone hoy el dedo en la llaga:

El Roto en El Pais. 12-12-14

El Roto en El Pais. 12-12-14

 

 

 

 

 

 

 

EE.UU. e Israel, pueblo elegido y tierra prometida. Una mirada perturbadora

Sin repasar las primeras películas del Oeste (rostros pálidos, buenos; pieles rojas, malos), apenas podremos comprender lo que pasa por la cabeza de los colonos israelíes y otros expansionistas judíos que matan sin piedad a cientos, miles, de niños palestinos.

Y aplauden, con sillas en primera fila de su “frontera móvil”, los actuales bombardeos siniestros sobre Gaza.

Tampoco podremos comprender del todo lo que pasa por la cabeza de los gazatíes que, en 2001, celebraron por sus calles el hundimiento de las Torres Gemelas de Nueva York causado por terroristas islamistas de Al Qaeda.

Fosa común con los cadaveres de indios sioux trasa la masacre de Wounded Knee (1890) en Dakota del Sur.

Fosa común con los cadaveres de indios sioux tras la masacre de Wounded Knee (1890) en Dakota del Sur.

custer y caballo loco¡Qué gritos de alegría no darían los colonos pioneros del Oeste norteamericanos tras la masacre de indios en Wounded Knee o qué fiesta no celebrarían los sioux que acabaron con el general Custer! —

Cobertura mediática de las matanzas de palestinos en Gaza.

Cobertura mediática de las matanzas de palestinos en Gaza.

Llevo días, semanas, pensando que si no escribo algo contra los crímenes cometidos por Israel en Gaza para qué quiero, a mi edad, tener un blog de desahogo personal. No voy a callarme precisamente ahora que, jubilado, casi puedo decir lo que pienso.

Si digo que tengo amigos judíos, musulmanes o gitanos, a los que quiero de corazón, algunos sospecharán que lo digo para encubrir que soy antisemita, antimusulmán o antigitano.  De la misma forma, si digo que mi país favorito, después de España, es Estados Unidos, me tomarán por antiyanqui.  Sin embargo, no soy antijudío ni antimusulmán ni antigitano ni, por supuesto, antiyanqui. Todo lo contrario.

Como Woody Allen, soy projudío y antisionista. También soy promusulmán y antiyihadista. Aunque les tachen de traidores, tengo la impresión de que solo los judíos antisionistas (como Hobsbawm) pueden criticar los crímenes de Israel. Pues yo voy a hacerlo libremente porque me siento medio judío (¿Soler?) y antisionista.   Y enamorado de los Estados Unidos.

Las imágenes de niños palestinos masacrados, con tan flagrante desporporción, por las bombas israelíes, y que nos muestran la televisión y las redes sociales, son terroríficas, truculentas y desgarradoras. Mi primera reacción ha sido, como otras veces, refugiarme en la lectura de análisis sobre el conflicto palestino-israelí, en busca de alguna luz.

Un libro clarificador sobre los colonos: "Los señores de la tierra".

Un libro clarificador sobre los colonos: “Los señores de la tierra”.

El origen y desarrollo del conflicto es complejo y tiene mil caras, como la propia realidad cervantina. ¿Son gigantes o molinos?  Ya se que la realidad es poliédrica. Pero hoy me voy a fijar en una de sus caras: la que me resulta más perturbadora.

Según se mire este crimen contra la Humanidad, sobre todo si rascamos en nuestra piel, como hizo Lawrence de Arabia, ninguno de nosotros es inocente.

Sin pretensiones científicas, pretendo establecer una relación de semejanza entre la creación de Estados Unidos e Israel para tratar de describir, explicar y, si fuera posible, predecir lo relativo a un aspecto -solo uno- de este complejo asunto: el “pueblo elegido”, la “tierra prometida”, los pioneros de la “frontera móvil” (go West) y la doctrina del “destino manifiesto” de ambas naciones.

Según la BBC, el gobierno de EE.UU. sabe que “una parte importante de la población simpatiza con Israel. Una encuesta de esta semana, realizada por el Centro de Investigación Pew, reveló que el 40% de los estadounidenses considera que Hamas es el culpable de la violencia actual en Gaza, mientras el 19% cree que es Israel. Además, el 25% opina que Israel se ha excedido en su respuesta al conflicto, mientras el 35% asegura que ha sido adecuada.”

Cartle de la pelicula del Oeste"Murieron con las botas puestas"

Cartel de la pelicula del Oeste”Murieron con las botas puestas”

¿Por qué piensa así una parte tan importante, aunque decreciente, de los estadounidenses?. Muchos se han identificado con Israel a través de la leyenda “heróica” de la conquista del Oeste por sus antepasados. Como consecuencia de ello, y por otras razones estratégicas y económicas,  EE.UU. apoya incondicionalmente con armas y dólares al gobierno de Israel.

Permitidme que me remonte a mediados del siglo XIX.  Las tesis de los sionistas, pioneros judíos, colonos y fanáticos religiosos partidarios de la guerra parecen seguir anclados en el siglo XIX. No se han enterado de que el mundo ha cambiado. Curiosamente, en 1948 nace el nuevo Estado de Israel justo un año después del fin del colonialismo británico en India. Van con el paso cambiado.

A mediados del siglo XX, la Humanidad ha hecho algunos progresos para acabar con el colonialismo y combatir el racismo, el machismo y la xenofobia. Los ejemplos de Gandi, Martin Luther King y Nelson Mandela, así como los movimientos de liberación anticolonial, los derechos humanos y el Tribunal Penal Internacional, que juzga los crímenes contra la Humanidad, son ya un legado (¿irreversible?) del siglo XX.  Además, las ONG nos muestran a los “nativos” como personas y no como “salvajes”. 

Con la mentalidad imperialista y expansionista, propia del siglo XIX,  los colonos israelíes siguen ocupando ilegalmente las tierras de los nativos palestinos, como si aún vivieran en aquella era colonial cuando los europeos masacraban sin piedad a negros, indios o asiáticos.

Israel se van quedando con toda Palestina... Los palestinos, a las revervas de Gaza y Cisjordania.

Israel se van quedando con toda Palestina… Los palestinos (en verde), quedan confinados en las “reservas” de Gaza y Cisjordania.

 

Destino manifiesto de EE.UU. John Gast, 1872

Destino manifiesto de EE.UU. John Gast, 1872

El periodista John O´Sullivan publicó en Democratic Review de Nueva York (1845) un artículo sobre el “destino manifiesto” de Estados Unidos como pueblo elegido por Dios para extenderse  “….por todo el continente que nos ha sido asignado por la Divina Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.” 

Recuerdo lecturas de sionistas del siglo XX  que trataban de colonizar Palestina y establecer allí el Estado de Israel como progresistas, socialistas y laicos, llevando los ideales democráticos modernos de Occidente a las “tribus” medievales (¿bárbaras?, ¿salvajes?) del mundo árabe.

La mala conciencia de los europeos por el Holocausto judío de los nazis (de los españoles no diré nada, pues ahí está la Inquisición) permitió el nacimiento en 1948 del nuevo Estado de Israel en tierras palestinas. Y tuvo la bendición de la ONU y la simpatía de muchos europeos y de casi todos los norteamericanos. soldier-blue-online-free-putlockerA mi me gustaban entonces (amigo Abraham, amigo Maimónides) las historias de los kibutz y de la convivencia casi pacífica entre palestinos y judíos.

Estados Unidos (la verdadera tierra de promisión para este pueblo elegido, según el genial Manuel Vicent) apenas ayudó al incipiente Estado de Israel. Hasta que, a principios de los 70, las siete hermanas petroleras vieron las orejas al lobo, estalló la guerra de los seis dias y la subida brusca del precio petróleo (y de otras materias primas) sumió a Occidente en la primera gran crisis económica desde que acabó la II Guerra Mundial.

pequeño gran hombre 1970A partir de ahí, creció el apoyo masivo de EE.UU. a Israel. En esas fechas, creció también el movimiento contra la invasión norteamericana de Vietnam (“haz el amor, no la guerra”). En 1970 se filmaron dos películas pioneras revisionistas de la leyenda del Wild West (Oeste Salvaje): Soldado azul y Pequeño gran hombre. En ellas, los indios parecían seres humanos e, incluso, víctimas de genocidio. No eran exclusivamente tribus salvajes que cortaban cabelleras a los colonos del Oeste y quemaban sus cosechas.  ¡Qué lejos queda todo aquello! 

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Hace unos días, Peter Beinart publicó un artículo en el diario israelí Haaretz (31 de julio 2014) en el que dice que “Israel está perdiendo el apoyo de quienes apoyaron a Obama (jóvenes, minorías y progresistas e, incluso, jóvenes judíos que antes eran progresistas excepto en el tema de Israel)”.  “A medida que América se va haciendo menos nacionalista, menos belicista y menos religiosa, tendrá menos empatía con un Israel que se define exactamente por estas características”.

John Stewart, productor y presetador de TV de origen judío.

John Stewart, productor y presetador de TV.

Algunos artículos de Beinart han conmocionado a buena parte de la comunidad judía más progresista/humanista de los Estados Unidos. Básicamente dice que ser judío no significa apoyar incondicionalmente a Israel y que si hay que elegir entre ser progresista/humanista y ser judío, muchos elegirán lo primero. Según él, “ya mismo, Israel ha perdido a John Stewart, el portavoz mas influyente de los jóvenes progresistas normeamericanos”.  John Stewart es productor de TV de origen judío y presentador de un programa satírico de noticias (The Daily Show) de gran éxito en Estados Unidos

Manifestación pro Palestina ante la Casa Blanca.

Manifestación pro Palestina ante la Casa Blanca.

Israel incumple hoy sistemáticamente todas las resoluciones condenatorias de la ONU, el articulo 49 de la Convención de Ginebra y los acuerdos de paz. Lo mismo hizo Estados Unidos: incumplió en el siglo XIX, uno tras otro, todos los tratrados de paz con las tribus indias que los colonos y el Ejército iban sistemáticamente diezmando y confinando en reservas. (Hoy son practicamente reductos para aficionados al casino).

Los colonos que, apoyados por uno de los ejércitos más potentes del mundo, avanzan desde Israel hacia el Oeste palestino (rifles, misiles y tanques contra piedras y cohetes primitivos) se sorprenden de las manifestaciones críticas en Europa y EE.UU. (incluso dentro de Israel)  contra lo que ellos consideran su “derecho a defenderse”. No hacen algo distinto de lo que hicieron (un siglo antes) los británicos en India (antes de Gandi), o los norteamericanos con los indios  o los holandeses en Suráfrica (antes de Nelson Mandela) o, desde el siglo XVI, los españoles en América (antes del padre Bartolomé de las Casas) …

Los colonos judíos dicen que “se defienden” de los ataques de las tribus nativas. Eso mismo hacían los cowboys y granjeros del Oeste americano (europeos que huían del hambre o la persecución religiosa) contra los indios salvajes.

Si los indios cortaban la cabellera a un blanco, los colonos y el Ejército mataban a toda una tribu. Para ello, también pactaban con otras tribus vecinas y/o enemigas (¿Arabia Saudita, Egipto...?).

Yihadista muestra las cabezas de sus víctimas.

Yihadista muestra las cabezas de sus víctimas.

Desde luego, las imágenes tremendas de los yihadistas de Al Qaeda, degollando a occidentales o disidentes nativos con sus alfanjes medievales, ante las cámaras, no ayudan precisamente a la causa palestina. Los yihadistas siguen en la Edad Media.

Mal que les pese a los colonos extremistas judíos, tampoco estamos en el siglo XIX. Las ONG, que conviven con los indígenas, denuncian hoy los abusos y crímenes en TV y redes sociales como antes hacían, tímidamente y sin medios, los misioneros europeos en el Tercer Mundo.

Rabin y Arafat firman la paz en presencia de Clinton.

Rabin y Arafat firman la paz en la Casa Blanca en presencia de Clinton.

Como corresponsal de TVE, en agosto de 1995, tuve el privilegio de cubrir la firma del Acuerdo de Paz entre Isaac Rabin y Yaser Arafat en la Casa Blaca, en presencia del presidente Bill Clinton. Aún lo recuerdo con emoción.

El mundo entero lo celebró como una oportunidad extraordinaria para la paz, después de 40 años de guerra entre judios y palestinos y siglos de enemistad, de dimensiones bíblicas, entre hebreos y filisteos. (En árabe no existe el sonido de la “P“. Unas veces se sustituye por el de la “B” -Babá en lugar de Papá- y otras por el de la F -Filistina por Palestina.)

Bill Clinto llora la muerte de Rabin

Bill Clinto llora la muerte de Rabin

Apenas dos meses después (4-XI-95), un fanático extremista judío asesinó a Isaac Rabin. YaserArafat murió más tarde envenado, según su viuda, por polonio radiactivo.  

Y la guerra -tan desigual y tan escandalosamente desproporcionada como fue la de los colonos contra los indios- siguió su curso…

Con el paso de siglos y milenios, el gigante Goliat es hoy el poderoso Ejército de Israel y los pequeños David, con sus impotentes tirachinas de corto alcance, mueren masacrados en las escuelas que la ONU mantiene en Gaza.  Por cada bombardeo israelí brotan nuevos yihadistas, llenos de odio y deseos de venganza contra los “cruzados” de Israel, y, por extensión, contra Occidente. Aún hay fanáticos islamistas anclados en las Cruzadas de los siglos XI y XII y otros nostálgicos que reclaman la reconquista de Al Andalus.

Francia y Alemania pasaron de ser enemigos milenarios, con millones de muertos a cuestas, a ser socios pacíficos en la Unión Europea. Sueño con un Mercado Común en Oriente Medio que de paso, algún día, a una paz duradera entre Israel y Palestina y, quizás, a la Unión Arabe-Israelí en Oriente Medio.

Estado de un barrio de Gaza por donde pasaron las bombas de los colonialistas israelíes.

Estado de un barrio de Gaza por donde pasaron las bombas de los colonialistas israelíes.

Aunque Obama no ha cambiado la posición de EE.UU sobre Israel, sus votantes sí lo han hecho durante esta guerra. Según Peter Beinart, la mayoría de los norteamericanos defiende a Israel y culpa a Hamas, pero entre los grupos demográficos que apoyaron a Obama es al revés:

1) Los mayores de 60 años apoyan a Israel con un margen de 24 puntos. Los menores de 30 años se oponen con un margen de 26 puntos.

2) Los grupos étnicos y minorías se oponen a Israel con un margen de 24 puntos, mientras que los blancos  apoyan a Israel con  un margen de 16 puntos.

3) Progresistas. Según el Centro de Investigación Pew, un 54 % de los conservadores acusan a Hamas de esta guerra y apoyan a Israel. Entre los progresistas hay empate.

Por eso mismo digo, sin pecar de optimisa, que la evolución imparable de los jóvenes progresistas de los Estados Unidos, incluidos los judíos humanistas/progresistas que cita Peter Beinart en el diario Haaratz, hará posible ese sueño.

Shalom/Salam

¡Ojalá!

La guerra es bárbara.

P.S. Acabo de leer una entrevista extraordinaria con Eva Illouz, profesora de sociología en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Recomiendo mucho su lectura.

También recomiendo la lectura de este artículo del NYT de un ex ministro palestino. Muy bueno. Pide el fin al colonialismo (de los poquísimos que quedan) y describe cómo el colonialismo convierte a los colonialistas en racistas y exterminadores de los subyugados incómodos.

Y otro artículo espléndido es el del escritor israelí Etgar Keret: “Pedir acuerdos no es sabotear la victoria”.